Mi regreso a Ana María Matute

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Lucy Gómez.

Siempre he creído que la vida de la misma forma que nos quita, también nos regala a cada uno aquello que necesitamos, incluso en los momentos precisos; o vayamos a saber si es que hasta atraemos lo que nos pertenece; hay quien así lo afirma.

También sé que es fácil, dado este ritmo ajetreado del día a día, pasar de puntillas por las cosas importantes que tenemos al alcance porque sencillamente y como siempre digo: “no nos da la vida para más”.

Atendiendo a que es una expresión muy socorrida y que se ajusta a lo cotidiano, también reparo en que hemos de aprender a exprimir y gestionar el tiempo con disciplina, pero insisto; para ello tiene que haberlo.

Afortunadamente, hay cosas que aguardan, que esperan. Lo bueno permanece y cabe muy bien decir en este caso, que lo que escrito está, escrito queda. 

En estos días ha llegado a mis manos a través del amigo Natalio Duque, la obra y vida de Ana María Matute ( Barcelona, 1925), alguien a quien descubrí allá por los años setenta desde el buen conocimiento de mi profesor de literatura, D. Diego González. Sin embargo ha sido ahora después de más de cuarenta años y posponiendo retomarla, cuando ha aparecido, para bien mío, cuando ha surgido está maravillosa oportunidad.

De ella sabía casi lo esencial, aunque lo esencial de ella es mucho, y sentía que esa escasa incursión en su obra había creado en mí una asignatura pendiente.

El haber conocido más de su vida y más de su obra me ha hecho admirarla tanto como para que hoy sea la protagonista de este contenido que les hago llegar.

525 páginas que me voy devorando y me ayudan a ir apagando las incógnitas que tocan mis adentros. La destiendo de esa zona de mi memoria en donde permanecía colgada por pinzas. Hay tan buen gusto en la portada y maquetación de este libro que me acompaña, que como no podía ser menos, roza la exquisitez... Espero no exagerar. Completa la belleza de todo cuanto contiene escrito e ilustrado; en eso también entra el propio rostro de la escritora, a través de las diferentes fotografías de la gran Ana María Matute quien denota en su semblante la confianza, ilusión y seguridad de una mujer que no lo tuvo nada fácil pero nunca dejó de vislumbrar la belleza, poniendo color y luz donde se le ocultaba. Una mirada que describe a una increíble mujer que supo desafiar las adversidades desde sus  propias tinieblas. Hubo una habitación sin luz destinada a los castigos que le imponía su madre, hubo otra negrura; la de la guerra civil española que le tocó vivir, la de la injusta mentalidad de una época que la apartaba de ser contemplada y valorada desde su condición de buena escritora; la de pertenecer a una familia adinerada pero de la que recibía poco amor y atención. De todas esas negruras de la vida, lograba salir con su imaginación, con sus historias, con aquellos cuentos que iban creciendo en su interior para dar forma a la escritora que luego se hizo.

Siempre he sentido a través de mis propias experiencias que el arte es un chaleco salvavidas del que nunca me separaría. No borra el dolor, no exime de la tragedia, pero alimenta el alma para beber de la esperanza, de la confianza, del amor, de la empatía. La transparencia que me conduce a creer en todo ello también lo representa la vida y obra de Ana María Matute. Ese templo lleno de espacios grandiosos hasta en pequeños cuentos, que nos hacen preguntarnos, como una niña de cinco años podía tener aquellas cualidades para lograr expresarse así, ese encuentro con su capacidad, con su supervivencia emocional. Descubrirla libre, auténtica, fascinada en sus propias historias, es emocionante. Esa fuerza para afrontar la falta de afecto más imprescindible para cualquier niña, la de su madre, ese quererse sin quererse más que lo preciso, ese propósito de conseguir ser auténtica así como se sentía, atribuye a ella todas las cualidades que hacen grande a Ana María Matute. Gracias a quienes han dado vida a esta obra, desde los descendientes de la escritora, a editorial Planeta, a Jorge de Cascante y de nuevo a quien la hizo llegar a mis manos. Mi querido Natalio Duque... Mil gracias.

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