‘El poder de la aguja’: antecedentes del 8M en Santa Cruz de La Palma: el sector de las bordadoras en los siglos XVI-XX
La historiografía se ha mostrado unánime a la hora de situar en 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague, la proclamación del Día Internacional de la Mujer Trabajadora a propuesta de la maestra, periodista y activista sajona Clara Zetkin (Wiederau, 5 de julio de 1857-Moscú, 20 de junio de 1933), en calidad de representante del Partido Socialista Alemán. Detrás de esta declaración, que fue respaldada por las más de cien asistentes, se encontraba la manifiesta reivindicación del derecho femenino al voto, aunque el contexto se circunscribía también a la amplia lucha por la igualdad de derechos generales de la mujer.
Como respuesta, las primeras conmemoraciones celebradas el 19 de marzo de 1911 en Suiza, Dinamarca, Austria y Alemania contaron con un programa de mítines que abordó, entre otras cuestiones, la exigencia del sufragio, la ocupación de cargos de responsabilidad, la adecuada formación profesional y el trabajo público femeninos.
Partiendo de este ambiente de globalización europea del derecho de la mujer a principios del siglo XX, en Santa Cruz de La Palma, la historia de la reclamación del reconocimiento de la igualdad intrínseca entre hombres y mujeres tuvo en el ámbito de las trabajadoras del bordado, de gran arraigo en la isla desde el siglo XVI, uno de sus principales focos de difusión y desarrollo.
Precisamente hacia 1568, fecha en torno a la cual suelen datarse los capítulos que Gaspar de Frutuoso dedicó a Canarias en su libro Saudades da Terra, nuestro clérigo viajero azoriano revela la importancia socio-económica del bordado para las palmeras, lo que permitirá a mujeres de clase media-alta disponer de cierta independencia monetaria. Prueba de ello fue su materialización en la posesión y ostentación de joyas, adquiridas con su sustento, como instrumento de poder: «sólo en hacer camisas, despuntar jubones, bordar almohadas y hacer obras de red muy costosas, ganan todos sus gastos y así andan tan llenas de oro». Esta exhibición, aunque desprovista —que sepamos— de un discurso paralelo de reivindicación de derechos (cosa bastante improbable), constituye una de las primeras referencias a lo que podríamos denominar autoafirmación e incluso (me atrevería a decir) merece analizarse como un antecedente a lo que (salvando las distancias culturales que desde el punto de vista de las mentalidades nos separan del siglo XVI) hoy en día llamamos empoderamiento, es decir, la ‘acción de hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido’.
El siglo XVIII nos brinda la que cabe considerar —a juzgar por las noticias que conocemos— una de las más antiguas reclamaciones al derecho salarial, ahora sí, de boca de la propia protagonista. Se trata de la protesta que, en su testamento de 1774, otorgado ante el escribano público Bernardo José Romero, enuncia Agustina María Márquez de Aguiar (publicitada por Jaime Pérez García en La calle Trasera de Santa Cruz de La Palma [2000]). Hija de Lucas Márquez, soldado de los Doce de Su Majestad, y de María Lorenzo de Aguiar, en 1739 Agustina Márquez había contraído matrimonio con Juan Pérez de Acosta, que fallecería en América dejándola viuda y sin descendencia. Según su relato, siendo mayordomo de la iglesia parroquial de El Salvador su hermano Manuel José Márquez, había realizado varios trabajos de costura para el servicio eclesiástico «y nada le pagó ni satisfizo por dichos trabajos». Su testimonio encierra un valor doble. En primer lugar, porque se trata, en sentido estricto, de una reivindicación fundamental del derecho laboral, no porque se cuestione su facultad para llevar a cabo el trabajo (en este caso, de honda raigambre femenina), sino por razón de justicia en la resolución de la ecuación faena realizada = faena remunerada. Y, en segundo lugar, porque la ruptura del pacto contractual (más allá de su formalidad legal mediante la firma del correspondiente documento, que no parece haber existido) se establece en el contexto de la íntima relación de parentesco existente entre empleador y empleada, hecho que agrava la posición de poder del primero sobre la segunda por su condición de género. La ostensible superioridad del varón-hermano recrudece las circunstancias de este caso, que demuestra llanamente (más allá de la distancia temporal que nos separa de él) la creencia de auto-inmunidad de quien encarga una obra y no la retribuye.
Tanto el relato de Frutuoso, que ahonda en el éxito y en la abundancia derivados de las labores de aguja de las palmeras del siglo XVI, como este otro testimonio en primera persona del siglo XVIII, que denuncia reiterados impagos, constatan la relevancia que la práctica del bordado y el ejercicio de la costura tuvieron para la economía diaria de muchas mujeres.
Más tarde, ya avanzado el siglo XIX, tropezamos con una de las primeras pretensiones de crear una asociación que, con el nombre de La Bordadora, protegiese «la industria de bordados» de La Palma como consecuencia de la paralización de las exportaciones a Cuba. Fue publicada como informe breve con el título «La Bordadora» fuera de la sección «Noticias locales», en El País de Santa Cruz de La Palma, en su edición del 8 de agosto de 1898, lo que permite a la redacción del periódico aportar una mayor extensión expositiva y darle notoriedad con un título propio y destacado. En el artículo se reconocen varios asuntos de especial interés. En primer lugar, las obras se califican como «acreditados, difíciles y originales trabajos» y se afirma con rotundidad que «los bordados palmeros no sólo tienen fama en la isla de Cuba. A España y al extranjero se han enviado muestras por varios comerciantes de esta ciudad y han tenido muchísima estimación». En segundo término, se pone de relieve que las producciones de «este género» eran vendidas por «nuestras paisanas», «aseguraban el sostenimiento de muchas familias que se dedicaban exclusivamente al referido trabajo» y, además, se subraya que, por ese entonces y como secuela de la guerra de independencia cubana, muchas bordadoras se hallaban «sin recursos con que poder sobrellevar su manutención». Asimismo, se hace constar que «los iniciadores de tan laudable proyecto cuentan con los medios necesarios para dar ocupación a todas las bordadoras de la isla, contando, además, con poder exportar los trabajos con algún resultado». Es una pena que ni El País ni ningún otro medio den cuenta del avance de la propuesta, salvo que próximamente habría de celebrarse una primera reunión organizativa. No obstante, todo parece indicar que la futura asociación estaría conformada por varios comerciantes textiles y por empresarios facultados en el ramo de la exportación.
En las primeras décadas del novecientos Santa Cruz de La Palma asiste a la consolidación de las empresas extranjeras productoras-exportadoras de bordados, como Embroidery Cª, domiciliada en el número 2 de la calle San Telmo, la Casa Americana o Paragon Art Line Company, establecida primeramente en la calle Pérez Volcán, número 12 del orden actual, la Casa Inglesa de Bordados o Leackoc y Cía.; a ellas se añaden las iniciativas propiamente isleñas, algunos de cuyos gestores-dueños estuvieron anteriormente vinculados a estas firmas para luego independizarse, así como el nutrido conjunto de bordadoras que recibían encargos de estas y de otras entidades con destino al mercado exterior.
Precisamente en este momento de auténtica madurez del comercio del bordado en La Palma, el periódico La Lucha dedica el editorial de su edición de 2 de noviembre de 1927 a denunciar las cantidades ínfimas percibidas por las bordadoras jóvenes, muchas de ellas, residentes en los pueblos del interior, por sus trabajos para estas casas exportadoras. Bajo el explícito título de «La explotación de la aguja: en defensa de la mujer», el texto parte de la evidencia generalizada de «la avaricia y rapacidad de los hombres» en las explotaciones mineras de metales y piedras preciosas, para llegar a «ese comercio solapado, hipócrita, moderno que se llama la explotación de la aguja». El desencadenante de esta cruda exposición fue el descubrimiento de que, en Fuencaliente, el bordado de doce iniciales en pañuelos de bolsillo era pagado por «las casas exportadoras aquí establecidas» a dos pesetas. Tan alarmante noticia dio pie a una investigación más detenida que confirmó «las diferentes cantidades que se pagan por los señores exportadores a nuestra laboriosa juventud, tan sufrida y callada, que, a pesar de trabajar diariamente de ocho a diez horas, no puede materialmente mantenerse con el exiguo jornal que gana». A partir de la exposición del hecho y de su denuncia ética, el editorial concluye que «para acabar con estos males» se imponía «la sindicación de las bordadoras palmeras». Así, «unidas todas en una justa humana aspiración, amparadas por las leyes y con el apoyo moral del país, podrán fácilmente conseguir de las casas exportadoras un trato más razonable, más equitativo y más en consonancia con las necesidades actuales y la enorme carestía de la vida». El texto, además de advertir a las empresas que una negativa a este sindicalismo «sería tanto como firmar su propia sentencia de muerte», interpela directamente a las protagonistas en un último discurso alentador en el que resuena el episodio bíblico de David contra Goliat: «No olvidéis que vuestras almohadillas son los cimientos más sólidos de esas ricas y magnas empresas, que viven y prosperan gracias a miles de vosotras, que tenéis por toda defensa el poder agudo y formidable de unas tenues agujas».
Estos cuatro episodios, que abordan hechos y proyectos fechados respectivamente en los siglos XVI, XVIII, XIX y XX, avalan al sector de las bordadoras, hoy en día, sin relevo generacional, como uno de los grupos no asociados que mejor representa en La Palma la demanda del derecho de la mujer a un salario justo. Irónicamente, en los primeros tiempos, cuando menos conciencia había sobre esta igualdad hoy reconocida en la teoría y en la práctica (pese a las excepciones), el testimonio (generalizador y, por tanto, cuestionable) del cura viajero Gaspar de Frutuoso apunta a una isla atlántica, amparada por el mestizaje entre españoles, portugueses, flamencos, indígenas…, que encontró en el bordado un exponente de la eficiencia laboral femenina.
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