El buen morir

0

Cementerio de Santa Cruz de La Palma. Foto: VÍCTOR J. HERNÁNDEZ CORREA

Hablar de la muerte hoy, como explica Alfonso Di Nola, es vivir de espaldas a ella. Pero para nuestros antepasados palmeros era lo contrario: suponía el acontecimiento social por excelencia. En una sociedad estamental muy jerarquizada, la muerte debía ser preparada. Es lo que los moralistas de la época llamaban el «buen morir»: clausurar una buena vida y comenzar una bienaventurada eternidad. 

La principal fuente para estudiarla son los testamentos. No es solo un documento genealógico o económico —aporta parejas, hijos, procedencia, propiedades, toponimia desaparecida, etc.— sino un formalismo notarial donde se plasma la doctrina oficial de la Iglesia: pagar el viaje al más allá. 

Un ejemplo es el testamento de Diego de Guisla, regidor y depositario general de La Palma, otorgado enfermo en 1603, en Los Sauces, ante el escribano Gaspar Simón de Silva. El texto se inicia con la invocación espiritual obligada: «temiéndome de la muerte que es cosa natural, deseando mi ánima salvar». Evidentemente, la entrada en el cielo estaba precedida de un juicio previo, para lo que había que buscarse un abogado o abogada principal. En el caso de Diego de Guisla, se encomienda a la Virgen María y pide como abogados para el juicio a la Corte Celestial, especialmente a San Miguel arcángel —que pesa las almas—, Santo Domingo y San Francisco. 

Pero esta salvación tenía un coste. El testamento no valía sin las mandas forzosas: limosnas tasadas a los Santos Lugares de Jerusalén, a la redención de cautivos cristianos y a la Casa Santa de Toledo. A ello se sumaba el sueldo de los intercesores: misas rezadas, misas cantadas con diácono, novenarios con ofrendas de trigo y barriles de vino, aniversarios, etc. Para los más pudientes esto obligaba incluso a vender propiedades. A los pobres de solemnidad, normalmente, se les hacía un oficio de limosna recogida entre parientes y vecinos. 

Desde el punto de vista antropológico, las mandas revelan las devociones locales. Cada testador elegía abogado según oficio y miedo: San Miguel contra el demonio; San Francisco y Santo Domingo por la orden del lugar donde quiere ser enterrado; San José como patrón de la buena muerte, por morir acompañado de Jesús y María; San Antonio de Padua, San Amaro y San Sebastián, muy populares en La Palma contra epidemias, y el Ángel de la Guarda. 

Otro rasgo que se consolida entre los siglos XVI y XVII es el Purgatorio. Uno de los aspectos que se desprende de los testamentos es que la mayoría de nuestros antepasados pensaban que su vida no había sido lo suficientemente buena cristianamente y que su alma iba a ir primeramente al purgatorio, ese orbe de espera para pecadores ordinarios, donde la inmensa mayoría deberá purgar antes de alcanzar la gloria. En este punto es cuando la religión y las prácticas esotéricas se dan la mano a través de una serie de misas post mortem muy particulares, con el fin de ayudar al ánima a salir del purgatorio: los treintanarios. Entre ellos, por ejemplo, las misas del Conde Desterrado, un conde castellano desterrado a Canarias muerto sin confesión, que se aparecía en los caminos pidiendo misas para salir del purgatorio. Asimismo, las 33 misas de San Amador, por los años de Cristo, un treintanario cerrado, donde el religioso debía permanecer 30 días enclaustrado en el templo comiendo y durmiendo allí, con ejercicios espirituales extra donde se creía que Dios revelaba al final si el alma se había salvado. Según la forma de arder de las velas se interpretaba: consumo rápido significaba salida del Purgatorio, chisporroteo o apagado que seguía penando, mal olor que no tenía salvación. Solo los más pudientes podían pagar estas misas. 

La muerte era pública y teatralizada. Con las velas ardiendo del buen morir y un crucifijo entre sus manos, el moribundo esperaba el transcendental momento cercado por religiosos. Una vez llegada la negra señora, el cuerpo lo amortajaba una mujer, normalmente la partera —la llegada y la salida del mundo estaba en manos femeninas—. El cuerpo se ponía sobre una esterilla, en el suelo, con los pies hacia la puerta para que el ánima encontrase la salida y no pudiese retroceder. En casas de los pudientes sobre una mesa con paño negro y cuatro cirios en las esquinas. El traslado, al lugar de enterramiento, se hacía en parihuelas, con una serie posas en cruces del camino, según la categoría del entierro, pagando al sacerdote que fuera con capa y cruz alta. En la comitiva las mujeres gritaban, a veces se contrataban pobres, los hombres caminaban en silencio y los niños tenían la participación prohibida. Las campanas tañían distinto para hombre, mujer o niño. 

El entierro se cumplía en el interior de la iglesia, en sepultura familiar de un metro por dos, enladrillada en su interior, donde durante dos siglos podían ser enterrados más de diez cuerpos. La cercanía al altar marcaba el estatus: pudientes cerca de capillas, pobres y esclavos en la nave común o junto a la puerta. Cada nuevo entierro obligaba a levantar la lápida, sacar los restos anteriores, que quedaban esparcidos por el suelo, el nuevo cadáver se colocaba en el fondo, y se recolocaban los demás. Si no había espacio suficiente, se usaba una masa pesada de madera llamada sanbenito para machacarlos y prensarlos. De ahí la expresión «colgarle el San Benito», pues los sentenciados por la Inquisición cargaban esa masa en procesiones públicas. El último entierro en el interior de una iglesia palmera se hizo en la desaparecida Nuestra Señora de Montserrat, en Los Sauces, en la segunda mitad del siglo XIX. 

El espacio se agotó ya en el siglo XVII. La solución llegaba en la Noche de Fieles Difuntos. El cura, junto con un notario apostólico recorría la iglesia; las familias comían fruta pasada, dulces y bebían anís, con cirios que iluminaban las tumbas. Si una sepultura estaba totalmente apagada se declaraba abandonada, se confiscaba, se vaciaban los restos al osario exterior y después se readjudicaba. En las casas se encendía una vela por difunto y se esperaba en torno a la lumbre que las ánimas volvieran.

Etiquetas
stats