Adoradores del odio
Hay una industria que nunca entra en crisis: la del odio. Produce enemigos, genera audiencia, moviliza emociones y consigue algo que la razón difícilmente logra: nuestra atención inmediata. Basta observar las redes sociales, ciertos debates políticos o algunas tertulias para comprobarlo. El insulto circula más rápido que el argumento y la descalificación parece haberse convertido en una forma aceptable de conversar.
Pero quizá deberíamos preguntarnos algo incómodo: ¿quién alimenta realmente el odio?
Es fácil señalar al radical, al fanático, al político de turno o al grupo que consideramos intolerante. Mucho más difícil es reconocer que nosotros también podemos participar en esa dinámica. Cada vez que compartimos una información sin comprobarla porque perjudica a quienes no soportamos; cada vez que nos alegramos de la desgracia del adversario; cada vez que convertimos a millones de personas en una caricatura porque pertenecen a determinado grupo, estamos poniendo nuestro pequeño ladrillo en la construcción del odio.
Los adoradores del odio no siempre gritan. A veces hablan con absoluta normalidad. Incluso pueden hacerlo convencidos de que defienden una causa justa.
Y aquí aparece una de las trampas más peligrosas: el odio suele presentarse disfrazado de justicia. Nos dice que nuestro desprecio está justificado porque el otro lo merece. Que nuestra violencia verbal es necesaria porque “ellos” son peores. Que escuchar al adversario equivale a darle la razón. Poco a poco dejamos de ver personas y comenzamos a ver etiquetas: buenos y malos, víctimas y culpables, nosotros y ellos.
El odio necesita esa simplificación. La conciencia, en cambio, introduce complejidad.
Podemos formular una pregunta incómoda: ¿qué me sucede a mí cuando odio? No qué le sucede al otro. A mí.
¿Qué ocurre en mi cuerpo cuando escucho determinadas palabras? ¿Qué pensamientos aparecen? ¿Qué miedo, frustración, inseguridad o impotencia hay debajo de mi reacción? ¿Qué necesidad satisface mi indignación? ¿Necesito tener razón? ¿Necesito pertenecer a un grupo? ¿Necesito encontrar un culpable para sentir que comprendo lo que ocurre?
Observar estas preguntas no significa justificar una injusticia ni convertirse en indiferente. Tampoco significa renunciar a defender aquello en lo que creemos. Significa algo mucho más exigente: defender nuestras convicciones sin entregarles nuestra libertad interior.
Porque una cosa es oponerse al odio y otra muy distinta es combatirlo desde el odio.
Esta diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es. Podemos denunciar una injusticia sin deshumanizar al injusto. Podemos discrepar profundamente sin convertir al discrepante en enemigo. Podemos poner límites sin despreciar. Podemos decir “no” sin necesitar destruir al otro.
Quizá deberíamos prestar más atención a esto en una época en la que las plataformas digitales compiten precisamente por nuestra reacción emocional. La indignación mantiene nuestra mirada pegada a la pantalla. El enfrentamiento genera comentarios. El escándalo produce audiencia. Y mientras creemos que estamos expresando libremente nuestra opinión, quizá alguien ha aprendido perfectamente cómo utilizar nuestras emociones para dirigir nuestra atención.
Por eso la pregunta “¿quién tiene razón?” quizá necesite ser acompañada de otra: “¿desde dónde estoy reaccionando?”
Hay una diferencia enorme entre responder conscientemente y reaccionar automáticamente. En la reacción no examinamos lo que ocurre dentro de nosotros: simplemente obedecemos al impulso. En la conciencia aparece una pausa. Y en esa pausa podemos descubrir que no somos obligatoriamente nuestros pensamientos, nuestra rabia ni nuestro rechazo.
Tal vez una sociedad menos adicta al odio no se construya únicamente con leyes, discursos políticos o campañas contra la intolerancia. También se construye con personas capaces de observarse antes de atacar, de escuchar antes de juzgar y de reconocer sus propios mecanismos de rechazo.
Porque el verdadero problema no es que existan personas a las que odiamos. El problema comienza cuando necesitamos odiar para sentir que sabemos quiénes somos.
Y quizá la pregunta más revolucionaria que podemos hacernos hoy no sea quién es nuestro enemigo, sino esta: ¿En qué me estoy convirtiendo cuando odio?
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