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El descrédito de los premios

Premio Nobel.

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Los premios constituyen un reconocimiento público que distinguen determinadas características, logros y valores en las personas, grupos o instituciones que los reciben, tanto por sus aportaciones a un determinado campo del conocimiento como por la creación de una obra, una trayectoria profesional o cualquier otro aspecto de enorme trascendencia. Esto constituye un respaldo para quien lo recibe, acompañado del correspondiente prestigio y de convertirse en un referente para el resto de la sociedad.

   

No obstante, ciertos premios también tienen un trasfondo, un pozo oscuro que no sale a la luz y que responde a intereses creados, muchas veces de carácter político y económico. El caso más reciente es el del Premio Nobel de la Paz, que en su edición de 2025 recayó en María Corina Machado, la opositora venezolana al gobierno de Nicolás Maduro, que además fue acreedora en 2024 del Premio Václav Havel de Derechos Humanos del Consejo de Europa. El galardón, concedido por considerarla una luchadora de la democracia y los derechos humanos en Venezuela, contradice precisamente el concepto de democracia: como representante de la derecha venezolana, Corina Machado mantiene una actitud totalmente abierta a la intervención de Estados Unidos sobre el territorio soberano venezolano, hasta el punto que apoyó el golpe de Estado de 2002, contra Hugo Chávez, y el de Estado en 2014, contra Maduro, ambos con el patrocinio estadounidense, en el último de los cuales también intervino Leopoldo López.

Saltándose toda ética, Corina Machado decidió entregar el Premio Nobel de la Paz al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que para ella es un modelo de la democracia mundial. Evidentemente, quiere que invada Venezuela para imponer un Gobierno neoliberal que le dé el poder a la derecha y que convierta su país en un Estado satélite, a costa de entregar el petróleo a manos extranjeras. 

¿Cómo es posible que haya desvirtuado un premio tan crucial como este, comerciando con él como si fuese un recurso energético de su país? Ella se considera una luchadora de la democracia y su arquetipo es un presidente que es lo antagónico a este sistema político: tiene una cárcel ilegal en Guantánamo (Cuba), donde se practican torturas, tal y como ha denunciado Amnistía Internacional; ha secuestrado al presidente de otro país, Nicolás Maduro, vulnerando el principio de la soberanía nacional, lanzando un mensaje claro de que puede desaparecer a cualquier persona en cualquier parte del mundo; persigue y caza inmigrantes en su país, acusados falsamente de desestabilizar la sociedad estadounidense y de difundir la violencia, que es lo mismo que hicieron los nazis en su momento persiguiendo a los judíos y creando el relato social de que eran la fuente de los problemas nacionales; y, además, ha apoyado a Netanyahu en su genocidio en la Franja de Gaza.  

La actitud de Corina Machado es una bofetada al Premio Nobel de la Paz y lo ha convertido en un subproducto del capitalismo, en algo con lo que se puede comercializar en función de intereses particulares, situándolo así al margen de la ética. Pero esto también es culpa de la Academia Sueca, que no debe concederles un premio de esta magnitud a políticos, independiente de su ideología, porque son representantes de intereses parciales de la sociedad en la que viven y porque su objetivo jamás será la paz, sino la preeminencia de su programa, que es el que les lleva a mantenerse en el Gobierno o aspirar a él. 

El otro ejemplo es el Premio Nadal de novela, entregado por Ediciones Destino, cuyo objetivo es claro: crear un nicho de mercado. Esto significa que esa editorial, de reconocido prestigio en su sector, proyecta la imagen de que el correspondiente ganador ha presentado una obra de excelente calidad, que le hace merecedor de ese galardón. Esto, traducido, significa su presencia en multitud de medios de comunicación de primera línea para publicitar la obra en cuestión que, evidentemente, copará el mercado durante una temporada, convirtiéndose en un reclamo ineludible para cualquier lector, así como para formar parte de los fondos bibliográficos de las bibliotecas públicas.

En realidad, es otra estrategia empresarial planificada, que lleva muchos años levantando suspicacias. El agraciado este año es David Uclés, que saltó a la fama por su novela La península de las casas vacías, publicada por Siruela, perteneciente al Grupo Anaya. Curiosamente, Uclés se presentó al Premio Nadal, declarando que había participado en numerosas ocasiones anteriores. Casualidades de la vida, ganó la edición de 2026 con La ciudad de las luces muertas, que se publicará en Destino. Al final, la editorial hace creer al escritor que es una de las grandes figuras del panorama nacional de las letras, sin quitarle por ello valor a su novela anterior, y nos hace creer a los potenciales lectores y consumidores que es indispensable leer su obra, la cual debemos comprar obedientemente, tras copar los principales medios de comunicación en un potente proceso de marketing. 

No hay que ser muy avispado para darse cuenta del movimiento de ajedrez. Uclés sabía que ficharía por Destino, competidora de Siruela. Además, es la encargada de convocar el referido Premio Nadal y pertenece al Grupo Planeta. La ecuación se repite siempre: el ganador trabaja ya para Destino o Planeta, que es lo mismo, o estaba prevista su incorporación a una de esas editoriales, con lo cual esa empresa premia a sus propios escritores o escritoras. De hecho, el Premio Nadal se presenta como una especie de alternativa al Planeta, cuando en realidad tanto uno como otro están controlados por dicho grupo, presentando así su producto en distintas editoriales y controlando un amplio nicho de mercado. ¿Se acuerdan de los establecimientos Saturn y MediaMarkt, que competían entre sí, hasta el punto que uno representaba el color azul y el otro el rojo, respectivamente? Pues integraban la misma compañía y, al final, nos fidelizaban a uno u otro, pero acabábamos comprándole a la misma empresa.  

No descubro nada nuevo, pero es frustrante el modo en que nos hacen tragar este tipo de premios como un referente de la literatura, cuando en realidad solo es otra forma del capitalismo agresivo, que lo único que quiere es rentabilizar cualquier aspecto a costa de su consumo ineludible. Solo es otro engaño que desvaloriza en sí mismo el concepto de premio y lo mercantiliza a base de satisfacer determinados intereses editoriales. El público debería ser más crítico con esta mala praxis y reflexionar sobre qué implica realmente un reconocimiento de estas características.  

Estamos abocados a la pérdida de la honestidad, la ruptura del significado del esfuerzo y el engaño de nuestra conciencia, como si todo esto fuese la señal informativa presente a la entrada de un municipio. Ciertos premios son solo otra forma de obediencia ciega.

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