Minneapolis frente al ICE y Trump
El 28 de julio de 1960 Ernesto Guevara de la Serna, el Che, intervino en la inauguración del I Congreso Latinoamericano de Juventudes, celebrado en La Habana (Cuba), donde dijo lo siguiente, refiriéndose a la delegación norteamericana presente en el acto: “[…] que representa lo más puro del pueblo norteamericano. Y quisiera saludarla, porque no solamente el pueblo norteamericano no es culpable de la barbarie y de la injusticia de sus gobernantes, sino que también es víctima inocente de la ira de todos los pueblos del mundo, que confunden a veces un sistema social con un pueblo».
El Che manifestó en más de una ocasión que no tenía nada en contra del pueblo estadounidense, sino contra los gobernantes de su país y quien los apoyaba en su política imperialista. Las palabras del dirigente cubano reflejan lo que está sucediendo actualmente en Estados Unidos con la implantación de la estrategia antiinmigración auspiciada por Trump y ejecutada por su brazo armado: el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés).
Se trata de una acción xenófoba y racial, que vulnera los derechos humanos de la población que sufre la persecución, el hostigamiento, el maltrato sicológico, la detención ilegal y la deportación. De por medio, también se están produciendo asesinatos por ese organismo, que actúa impunemente bajo la premisa esgrimida constantemente por Trump, según la cual debe prevalecer la seguridad nacional, la misma a la que recurre para justificar su pretensión imperialista sobre Groenlandia. No es nada nuevo, sino que reproduce lo que sucedía en el cómic V de Vendetta, de Alan Moore y David Lloyd, donde el lema del partido supremacista y fascista Norsefire era “Inglaterra prevalece”, que respaldaba el autoritarismo y el nacionalismo para someter a la población, impidiendo así cualquier principio y actitud relacionada con la libertad individual.
Enlazando con la frase del Che, pensamos que toda la sociedad estadounidense está a favor de esta caza de personas y, por tanto, que apoya el despotismo que desarrolla su presidente. En realidad, no es así. El ejemplo más evidente lo constituyen los habitantes de Minneapolis, ciudad del estado de Minnesota, que el 23 de enero salieron a la calle, convocados bajo una huelga general, para protestar por las redadas practicadas por el ICE y la deriva autoritarita de Trump, que trata de imponer el miedo y el silencio mediante el uso de la fuerza y la desinformación.
Las protestas, que continuaron al día siguiente y se prolongaron durante la noche a una temperatura ambiente de veinte grados bajo cero, son la evidencia de que una parte importante de los habitantes de ese país está en contra de la política racial desarrollada por su presidente.
Además, George Floyd fue asesinado en 2020 en Minneapolis por un policía, generando toda una serie de protestas por la brutalidad y abuso de poder con la que actuaba este cuerpo con las personas racializadas, dando lugar al movimiento nacional Black Lives Matter. A esto se suma los recientes asesinatos en dicha ciudad de Renée Good y Alex Pretti a manos del ICE, el 7 y 24 de enero, respectivamente. Esas dos personas fueron calificadas por la Administración Trump como terroristas por oponerse a las acciones practicadas por el ICE. Esto justifica el derecho gubernamental al asesinato selectivo de cualquier habitante de ese país, lo cual en sí mismo es un claro ejemplo de terrorismo de Estado. Todo se soluciona con armas y muertes.
No es de extrañar que el gobernador de Minnesota, Tim Walz, también haya sido tildado de antipatriótico por oponerse a esta estrategia violenta y opaca del Gobierno Federal, así como por denunciar los hechos luctuosos de Good y Pretti. Desde 1976 hasta la actualidad, el Partido Demócrata ha ganado todas las elecciones presidenciales en Minnesota, con lo cual ese estado es un punto negro en la hoja de ruta de Trump.
Este panorama de represión también se ha alimentado con la detención el 20 de enero del niño ecuatoriano de cinco años, Liam Conejo Ramos, convertido en un icono de la destrucción del significado y los valores de la infancia, representando en silencio a todos los menores de edad que también han sido deportados. No hay tregua. Todos son enemigos del poder.
La libertad en Estados Unidos se paga con un precio muy alto, tanto como la vida misma. Trump, el presidente más odiado de la historia, se comporta como un matón de barrio y refuerza la conducta del ICE como un grupo paramilitar que procede al margen de la propia ley. Cuanto más temor infunda sobre la población, más plausible será su sometimiento. Pero como en todo totalitarismo, al final los sometidos acaban levantándose contra el poder establecido. Ahí es donde reside el acto de ayudar a tu vecino de igual a igual, aunque sea un inmigrante ilegal, por respeto a la condición humana y al derecho a vivir. Minneapolis es solo un ejemplo de este proceso, donde personas con miedo están tomando las calles para denunciar públicamente esta limpieza racial, disfrazada de falsa seguridad de Estados Unidos.
El ICE no se diferencia de los nazis. Estos últimos llevaban un brazalete con la esvástica; los otros, una placa con la que imponen el terror para hacer cumplir las leyes de inmigración. Los nazis perseguían a minorías como los judíos y gitanos, practicando una política racista y ultranacionalista; el ICE persigue a los migrantes indocumentados y a quienes los apoyan, pero también a quienes tienen permiso de residencia temporal, bajo la misma premisa supremacista. Los nazis tenían a Hitler, que orquestó el relato de que los judíos eran el enemigo de la patria y había que deportarlos (cuando no transportarlos a campos de concentración y exterminio); el ICE tiene a Trump, gran exponente de la desinformación, que concibió que los inmigrantes ilegales (y ya hasta los legales) han creado un problema de seguridad nacional y, por tanto, hay que deportarlos (cuando no matarlos en plena calle), en un ejercicio claro de xenofobia, racismo y supremacía nacional blanca.
El ególatra empresarial actúa como si fuese el protagonista de la distopía V de Vendetta, pretendiendo además que le den el Óscar por su interpretación del Gran Hermano, el personaje de la novela 1984, de George Orwell, que lidera otro estado totalitario bajo la hegemonía del partido único, el Ingsoc, sometiendo a sus habitantes. Trump juega a ser Dios y eso le permite infundir el miedo y decidir el destino de las personas. El Che tenía razón con su frase y la barbarie de un gobernante tiene un precio.
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