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Estallido social en Ceuta y sus múltiples derivadas

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Lo sucedido a finales de julio en Ceuta tiene diversas lecturas. La de la dura realidad de los movimientos migratorios que se producen, y se seguirán produciendo en el futuro, en distintas partes del mundo. La de la crisis humanitaria, con más de 150 fallecidos, de los que nadie habla; y, tras el regreso a Marruecos de casi 70.000 personas, las enormes dificultades para atender adecuadamente a casi diez mil, de ellos más de cuatro mil menores. La de la convivencia en la ciudad autónoma y las fuertes tensiones sociales que viven sus habitantes. Las del expansionismo marroquí y los intereses geopolíticos internacionales en esta zona del mundo. La de los errores y contradicciones del Gobierno español ante una situación de una gran complejidad. La del irresponsable oportunismo, trufado de racismo e insolidaridad, de las derechas conservadoras y ultras, estas últimas las más beneficiadas electoralmente del conflicto. Y, asimismo, la de la falta de unidad y liderazgo por parte de la Unión Europea. 

La primera dimensión es la situación que vive Ceuta y sus habitantes, en una crisis de convivencia; y, asimismo, la de miles de personas inmigrantes que se encuentran mal atendidas. Hay que entender el impacto que supone la súbita entrada de 80.000 personas en una ciudad de apenas 19 km2 (por dimensionar, casi 15 veces más pequeña que la isla de El Hierro) y 83.000 habitantes, en la que conviven cristianos y musulmanes (en torno al 42%), entre otras religiones. Y, en estos momentos, la permanencia de casi 10.000, muchos de ellos sin techo y sin recursos; sin olvidar que, aunque se dispusiera de centros para acogerlos, estos, sean los de adultos o los de menores, no son cárceles.

Cierto es que la actitud de dirigentes de algunas formaciones políticas, especialmente, pero no solo, de la extrema derecha, voceros en las radicalizadas redes sociales y, también, determinados medios de comunicación, ha contribuido a alimentar la crispación, a potenciar el alarmismo. Ninguno busca bajar la tensión. Ni ofrecer soluciones razonables y humanitarias al conflicto. Ni informar objetivamente. Todo lo contrario. Se trata de echar más leña al fuego y aprovecharlo para fustigar al Gobierno central, aunque el asunto sea extremadamente delicado y cualquier chispa pudiera terminar generando consecuencias irreversibles.

La algarabía de Feijóo y Abascal ante el desgaste que esta crisis supone para el Gobierno de Sánchez es cortoplacismo oportunista y no precisamente una muestra de capacidad de análisis y brillantez política. El problema de Ceuta (y de las relaciones con Marruecos) va mucho más allá de los aciertos y errores del actual Ejecutivo y les tocará gestionarlo si algún día llegan a gobernar.

Derivaciones a comunidades, la solución

Por la experiencia acumulada en Canarias y en otras zonas del mundo (como Lesbos o Lampedusa) respecto a los fenómenos migratorios se puede constatar que la forma de atemperar esta crisis es proceder a derivaciones. Como sucedió en Arguineguín y en el periodo reciente: de los 101.000 migrantes que alcanzaron las costas canarias entre 2023 y junio de este año 2026, solo permanece en las islas el 5%, algo más de 5.000, de los que 2.400 son menores no acompañados. Por lo tanto, más de 95.000 ya no se encuentran en nuestra comunidad. Una política adecuada, las derivaciones, que se puede quebrar con la ultraderecha en el poder, vistas sus actuaciones en las comunidades autónomas y el seguimiento que el PP hace de estas. 

Las comunidades fronterizas no pueden gestionar en solitario crisis de semejantes dimensiones que, sin duda, volverán a repetirse. Como en el caso canario, la ciudad autónoma de Ceuta no se encuentra en condiciones de abordar por sí sola la gestión de la actuación humanitaria con esas diez mil personas. Por lo que debería procederse a su reparto entre las comunidades autónomas, teniendo en cuenta su peso económico y demográfico.

Una decisión que debía ejecutarse ya en el caso de los menores no acompañados, tras la modificación del artículo 35 de la Ley de Extranjería (ley orgánica 4/2000 sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social). Pero también en el de los adultos, cuyas distintas circunstancias podrían ser analizadas en otros territorios antes de tomar decisiones sobre su permanencia o no en el Estado español. Ahí es donde las comunidades, la mayoría dirigidas por el PP, solo o en alianza con Vox, pueden expresar abiertamente su responsabilidad, su visión de estado y su solidaridad con Ceuta, no con proclamas incendiarias, palabrería y patriotismo de banderita. Patético resulta, además, que muchos de los que se dieron golpes de pecho en la reciente visita del Papa, que aplaudieron su discurso sobre el imprescindible trato humanitario a los migrantes, se desmarquen por completo y muestren los máximos niveles de insolidaridad.  

Las difíciles relaciones con Marruecos

La otra dimensión muy relevante es de carácter geopolítico: las relaciones con Marruecos y su papel en esta zona del mundo. Estamos hablando de un estado con un régimen político autoritario en el que la Monarquía dispone de un poder casi absoluto. Por lo que cuesta creer que allí suceda algo sin que lo controlen y promuevan o, al menos, lo autoricen y toleren. Tiene, además, una vocación. expansionista, como se observa en el caso del Sahara; y su voracidad no se sacia pese al respaldo de Sánchez o Clavijo a sus tesis autonomistas en la antigua colonia española, intentando culminar el trabajo -la invasión y ocupación- iniciado por la marcha verde en 1975.

Su expansionismo no queda limitado al Sahara e incluye zonas de Argelia y Mauritania, así como Ceuta y Melilla, como han afirmado algunos ministros del Gobierno marroquí. ¿Y Canarias? Por ahora sus reclamaciones se ‘limitan’ a las aguas, el espacio aéreo o el dominio sobre las riquezas minerales que hay en el subsuelo marino que poseen grandes cantidades de las denominadas llamadas tierras raras (minerales como el telurio, cobalto o níquel) muy codiciadas en la industria tecnológica.

Esta actitud expansionista dificulta las relaciones entre Marruecos y el Estado español y la propia Unión Europea. Más aún cuando se ve apoyada por

Israel y Estados Unidos, muy interesados en la posición geoestratégica de Marruecos y no menos en el debilitamiento de la UE, uno de los objetivos de las políticas de Trump. Un apoyo que envalentona aún más al régimen de Mohamed VI.

Prudencia, firmeza y unidad

En el caso que nos ocupa ha sido el PSOE el que, contra viento y marea, ha defendido casi en solitario la no implicación directa de Marruecos en la entrada masiva de finales de julio en Ceuta. Lo que algunos atribuyen a una muestra de prudencia en las siempre complicadas relaciones con Marruecos y la intención de evitar males mayores a corto plazo. Aunque la prudencia siempre es conveniente en cualquier ámbito, también en las relaciones internacionales, la firmeza no lo es menos.

Convendría que el PSOE rectificara y actuara con firmeza, exigiendo a Marruecos que cumpla con la legalidad internacional y las resoluciones de las Naciones Unidas en el caso del Sahara y no dando alas al conjunto de sus ansias expansionistas en la región. Se ha demostrado suficientemente que la aceptación de los distintos chantajes marroquíes se convierte en parches coyunturales que no frenan en absluto sus aspiraciones. Viéndose favorecida, como ocurre respecto a Ceuta, por la división política en España y en la Unión Europea. Resulta imprescindible superar la actual debilidad y desunión. Actuando con firmeza y unidad, como hizo la sociedad canaria y su Parlamento exigiendo reiteradamente las derivaciones. 

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