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Imperialismo o diplomacia

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Cada cierto tiempo, la política internacional vuelve a recordarnos que el comercio nunca ha sido solo economía. También es poder. Las reiteradas advertencias lanzadas desde el otro lado del Atlántico, bajo la correspondiente retórica proteccionista o bajo la pretensión de actuar como guardián de las democracias internacionales, tanto sobre posibles aranceles como sobre las actuales restricciones comerciales hacia España, han abierto el debate centrado en si debemos reaccionar con temor ante una amenaza económica o responder con firmeza estratégica, sabiendo que, digas lo que digas, vas a tener defensores y detractores, dejando de lado la diplomacia al apostar por el imperialismo.

Es comprensible que la tentación inicial sea el miedo. Cuando se habla de cortar relaciones comerciales, bloquear exportaciones o limitar suministros energéticos, el imaginario colectivo se llena de cifras rojas, fábricas paradas y empleos en riesgo. España mantiene intercambios relevantes con el mercado estadounidense, especialmente en energía, bienes de equipo, química o agroalimentación. Además, casi una tercera parte de la inversión extranjera directa procede de capital norteamericano. No son magnitudes despreciables. Pero el miedo, en economía, suele ser peor consejero que el riesgo real.

Si se observan los datos con frialdad, el impacto directo sería más limitado de lo que sugiere el ruido político. España comercia principalmente dentro de la Unión Europea, que actúa como bloque y amortiguador. No se negocia en solitario. Las represalias arancelarias no serían bilaterales, sino comunitarias. Y eso cambia por completo la relación de fuerzas, porque la dependencia es mutua, dado que los estadounidenses también venden miles de millones en energía, tecnología y equipamiento al mercado europeo. Por eso, el verdadero riesgo no está en el golpe directo, sino en la incertidumbre.

El contraste se aprecia aún mejor cuando bajamos al terreno regional. En Canarias, por ejemplo, el comercio con Estados Unidos es marginal. Las exportaciones apenas suponen una fracción mínima del total. Las islas dependen mucho más de Europa y del turismo que del mercado norteamericano. ¿Significa eso que estarían blindadas? No del todo. Podrían sufrir efectos indirectos a través de una energía más cara, una menor demanda internacional y una menor actividad peninsular, pero no un colapso comercial directo. Y ahí está la clave.

Cuando las amenazas se sobredimensionan, condicionan decisiones políticas que no siempre responden al interés propio, sino al temor a represalias. Esa es precisamente la lógica del chantaje económico: no hace falta aplicar el castigo si el otro ya se autocensura. Por eso, la respuesta no debería ser ni la confrontación impulsiva ni la sumisión preventiva, sino algo más complejo: diversificar mercados, reducir dependencias energéticas, reforzar la autonomía industrial y actuar coordinadamente dentro de la UE. Es decir, aunque suene grandilocuente, hay que convertir la vulnerabilidad en estrategia porque, mientras el miedo paraliza, la preparación fortalece.

Las relaciones internacionales nunca han sido un terreno de certezas, pero sí de equilibrios. Y los equilibrios no se mantienen cediendo ante cada amenaza, sino demostrando que el coste de aplicarla sería alto para ambas partes. En la economía global, casi nadie puede aislarse sin pagarlo caro. En este contexto, debemos asumir que las amenazas no se ignoran, pero tampoco se temen. Se analizan, se cuantifican y se enfrentan con política económica, diplomacia y diversificación. El miedo encoge economías. La estrategia las protege. La pregunta, entonces, no es si hay que tener miedo, sino si estamos dispuestos a prepararnos para no tenerlo.

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