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Ella se fue con la lluvia

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Los que conocieron a Álvaro Mutis dicen que era antipático e irascible. Puede, sus títulos eran casi tan consecuentes y bellos como el de este artículo. Parecen canciones de los Beatles mal traducidas o forzada su expresión. Todo debería pasar en Uruguay y no es así, uno de los países más bellos del mundo. “Y su decadente capital… ¿Sabes lo que me dijo la última vez la insoportable librera? Que fuera al psiquiatra, la cuarta vez en un mes, ¿te parece normal?”. “Está claro”, le dije “que no le contaste tu experiencia con la psicoanalista de Triana ni las lágrimas en la consulta de Constantino”. “No, ella no sabe de mujeres, por eso nos habla así”.

Lo que había comenzado en un encuentro literario se convirtió en un desencuentro literal. Me fui. Otra vez en la TV, Los amigos de Peter: nunca hubiera visto esa película si no fuera por la insistencia de Elisenda, ya en 1993. La película de nuestra generación, decía. ¿Cuál será en los próximos la película de nuestra generación? El domingo me quedé a vivir en Nouvelle Vague (Richard Linklater, 2025) y ahora me confundo a la Jean Seberg auténtica con la Jean Seberg interpretada por Zoey Deutch hasta la extenuación. El Belmondo de 2025 no está mal tampoco, aunque un poco descorchado.

Nos fuimos toda la troupe a la cafetería lujosa de un hotel cualquiera: dos gimlets y varios martinis. Al piano podía ser Herbie Hancock, es un decir. Los hoteles son mi escuela. Escribí mi primer relato en el vestíbulo de uno de ellos, en Vigo y en Semana Santa todavía franquista, se aguanta hoy y se aguantara mañana por puro costumbrismo que es lo que siempre hace eterna a la narrativa cuando todos los demás encantos fallan.

Como necesitaba desahogarme, busqué al ectoplasma de Durruti pero no estaba. Sinceramente, Rodríguez, una limeña de alta alcurnia, se fijó en mí y me preguntó qué tal estaba mi madre. No le menté a la suya, que era lo que correspondía, pero le dije que Isabel Preysler se había ido ya a vivir al Perú. Cuánta miseria.

Después caminamos por la calle Jorge Juan, llena de tiendas pretenciosas y pretendidas. Una bufanda en una, un chaquetón en otra, presumida ropa interior en la esquina, una avutarda a la plancha y el deseo puesto en unas elecciones de medio mandato que no van a cambiar nada porque todo es lo mismo. En casa de Georges y de Sabrina me refugio en la lectura del primer tomo de la historia de la filosofía de Jürgen Habermas, el último pensador europeo: llevo un mes en él y con él. Les fotocopié un artículo a mis alumnos de filosofía del instituto de Villarejo de Salvanés, el último abril, y creo que se enteraron de todo. Ahora me reclaman en la librería para que recoja el dernier encargo, una delicia de Karl Kraus y sus postreros escritos. Según mi amigo Paco, todo se quedó en Viena y no nos dimos cuenta. Triste porque entonces todavía estábamos a tiempo de estrenar el psicoanálisis de verdad. 

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