La migración, entre los muros de Bruselas y la humanidad del Papa
Es curioso, y muy significativo de los tiempos en los que vivimos, que la visita del papa León XIV a Canarias, que tendrá un marcado acento en la sensibilización sobre el fenómeno migratorio, coincida en el tiempo con los pasos legislativos y el endurecimiento de reglamentos migratorios en nuestro entorno europeo, influenciados sin duda por esta oleada global de polarización, intolerancia y rechazo al migrante que está condicionándolo todo... en todas partes.
A la vez que en Estados Unidos se produce un endurecimiento extremo del control migratorio -con expulsiones a terceros países sin garantías humanitarias-, en Sudáfrica crece también un discurso preocupante: manifestaciones y agresiones a migrantes de otros países africanos, todo en nombre de una supuesta “prioridad nacional” que empieza a ser parte del discurso político también en España. En ese mismo clima, desde Bruselas llegan decisiones igualmente inquietantes. La Unión Europea ha dado un paso que, a mi juicio, marca un punto de inflexión en su identidad moral.
Mientras las instituciones comunitarias repiten que están poniendo “la casa en orden”, muchos vemos con preocupación el endurecimiento de una política migratoria que parece haber perdido toda referencia ética. Porque ordenar no puede significar dejar en segundo plano la dignidad de las personas.
Lo que acaba de aprobarse en Bruselas es el nuevo Reglamento de Retornos, una norma que busca acelerar los procesos de expulsión de personas migrantes en situación irregular dentro de la Unión Europea. Por suerte, España ya ha dejado clara su oposición al mismo.
Pero veamos de qué se trata: este reglamento supone la creación de una “Orden Europea de Retorno”. A partir de ahora, la decisión de expulsar a una persona tomada en un país podrá registrarse en el Sistema de Información de Schengen (SIS) y ser ejecutada directamente por cualquier otro Estado miembro. En la práctica, esto refuerza la coordinación entre países y evita que una orden de expulsión pierda eficacia al cruzar fronteras dentro de la UE.
Sin embargo, más allá de esta aparente mejora administrativa, el reglamento introduce un elemento mucho más controvertido. Consolida y amplía la posibilidad de externalizar los centros de deportación fuera del territorio europeo, siguiendo fórmulas ya experimentadas, como el acuerdo entre Italia y Albania (país que ha pedido su ingreso en la Unión Europea). Bajo este modelo, la Unión Europea podría pactar con países terceros para que acojan en su territorio a personas migrantes a las que se les ha denegado el asilo, reteniéndolas en centros de retorno mientras se organiza su expulsión definitiva.
A esto se suma un endurecimiento de los plazos de detención, que ahora podrán extenderse hasta los 24 meses, con prórrogas adicionales de 6 meses en caso de “falta de cooperación”. Este sistema, que incluso permite la detención de familias con menores como “último recurso”, ha sido calificado por algunas organizaciones civiles como una legislación plagada de “peligrosos vacíos” que deja a los migrantes desprotegidos ante abusos de poder.
Aunque el texto incluye referencias a principios fundamentales como las llamadas devoluciones en caliente (para evitar enviar a una persona a un lugar donde su vida o su libertad corran peligro) y al respeto de los derechos humanos, las dudas son evidentes. ¿Quién garantizará a partir de ahora su cumplimiento en la práctica? ¿Cómo se supervisarán estos centros situados fuera de las fronteras europeas? ¿Qué capacidad real tendrá la justicia europea para actuar sobre instalaciones ubicadas en terceros países?
Estas preguntas, lejos de ser retóricas, apuntan al núcleo del debate: hasta qué punto la Unión Europea está dispuesta a trasladar fuera de su territorio no solo la gestión migratoria, sino también la responsabilidad efectiva sobre los derechos de las personas afectadas.
En este contexto de blindaje, me gustaría pensar que la visita del papa León XIV a Canarias y el contenido de su primera y reciente encíclica, Magnifica Humanitas, se presentan como un contrapunto necesario y urgente frente a la deshumanización que se dibuja desde los despachos de Bruselas.
Porque si bien es cierto que la visita del Papa llega en un momento de evidente reducción de la llegada de personas en pateras y cayucos a Canarias desde África Occidental (cerca de un 70% en lo que va de 2026), también lo es que la entrada en vigor de estas normas tan duras y la del Pacto Europeo de Migración y Asilo (que en la práctica entra en vigor en este mes de junio), y del que ya les he hablado en varias ocasiones, corren el riesgo de generarle al Archipiélago una especie de limbo jurídico, lo que algunos llaman ‘una zona de contención’.
Es lo que tiene ser territorio frontera, y todo hace pensar que a partir de ahora será complicado solicitar traslados y reubicaciones de migrantes desde Canarias cuando en Europa nos insistirán que les mandemos en avión hacia Albania o hacia cualquier otro país con un estándar democrático y de respeto a los derechos humanos mucho más bajo que el nuestro.
Mi esperanza, insisto, es que la llegada de Leon XIV al Archipiélago canario los días 11 y 12 de junio suponga una interpelación a la conciencia de Europa, pero también a la de nuestra propia tierra. El pontífice no viene a celebrar ese 70% de reducción de las llegadas, sino a mirar a los ojos al drama humano. Y ojalá que las visitas que realizará el Papa a los centros de internamiento, ese diálogo que mantendrá con migrantes, sean a partir de ahora un hábito también para cualquier alcalde, concejal, consejero, diputado regional, diputado nacional o senador de nuestra tierra que en estos próximos días peleará por tener una foto con él.
El Papa irá a Arguineguín y rezará por las víctimas de la Ruta Canaria, la vía migratoria marítima más mortífera del mundo.
En Tenerife visitará el centro de Las Raíces, abierto en 2006 durante la crisis de los cayucos. Su puesta en marcha, cuando yo era delegado del Gobierno, exigió un gran esfuerzo institucional (y personal) en medio de muchas reticencias. Aquel centro recibió después la visita del presidente Zapatero y del líder de la oposición, Mariano Rajoy.
En Las Raíces, el Papa paseará entre sus barracones para saludar a los migrantes acogidos. Y en la Plaza del Cristo de La Laguna aplaudirá el esfuerzo de tantas organizaciones, religiosas y civiles, que trabajan para una adecuada integración de los migrantes en nuestra tierra, para conseguir una convivencia sana alejada de racismo y desprecio, tan presentes hoy en la esfera pública.
El objetivo del pontífice es claro: humanizar el relato, ponerle nombre, cara y ojos a quienes las nuevas normativas y esta oleada global de intolerancia pretenden reducir a sombras, a meros expedientes de expulsión de masas uniformes.
El compromiso humanista del Papa con la migración queda claro en su primera encíclica, Magnifica Humanitas. En ella, León XIV advierte del riesgo de construir una sociedad sin referencias éticas, donde la tecnología y la burocracia fronteriza terminen tratando a la persona como un “dato, un engranaje o una mercancía”.
La encíclica sitúa la migración en el centro y defiende que la justicia social debe guiarse por la fraternidad, no por el miedo. Para el Papa, los migrantes no son un problema, sino una “imagen viva del Pueblo de Dios en camino”. Y alerta de que algoritmos y sistemas automatizados -como los que Bruselas refuerza- pueden apartar la compasión de las decisiones políticas.
La visita del papa León XIV a Canarias debe ser una llamada de atención para nuestros gobernantes. No podemos permitir que la “cultura del descarte” se convierta en ley europea bajo el barniz de la eficiencia administrativa. Una Europa justa no puede construirse enviando personas a terceros países para eludir nuestra responsabilidad moral.
Quiero pensar que las palabras que el Papa pronuncie en Arguineguín y en Las Raíces resonarán con más fuerza que los acuerdos técnicos de Bruselas. El único éxito político real ante el fenómeno de la Ruta Canaria no puede ser el aumento de las deportaciones, sino lograr que no haya ni una sola muerte más en la mar. Solo entonces podremos hablar con propiedad de una humanidad que sea, como escribe Leon XIV, magnífica.
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