El Mundial más africano
Decenas de miles de personas recibieron hace pocos días en Praia, la capital de Cabo Verde, a los jugadores de su selección, que regresaban al país tras haber sido vencidos por la Argentina de Messi en un partido disputado y entretenido, que creo que nos dividió el corazón a todos. Es curioso que antes de terminar el Mundial de Fútbol 2026 ya se considere a Cabo Verde como el equipo revelación del torneo. Un país africano (en este caso, un archipiélago) con cerca de 550.000 habitantes, que logró el reconocimiento y la admiración de todo el mundo no solo por ser capaz de empatarle a potencias del fútbol mundial como España (0-0) y Uruguay (2-2), sino por jugar bien al fútbol, sin esconderse ni enrocarse alrededor de la portería, valientes y atrevidos, arriesgando.
Los caboverdianos eran, de los 48 países participantes en este Mundial, el segundo Estado más pequeño. Además de darse a conocer por todo el mundo (con la proyección mediática y turística que ya está conllevando), sus jugadores también experimentaron lo que es la exposición global del deporte rey. Su portero Vozinha, héroe desde el primer partido con España, pasó de tener 50.000 seguidores en Instagram a alcanzar en pocas horas cerca de 5 millones.
La sorpresa del desempeño de Cabo Verde en este Mundial ha sido posiblemente uno de los hechos más llamativos sobre la presencia africana en el torneo. La ampliación a 48 equipos, discutida por algunos, ha permitido a África tener 10 selecciones peleando por la Copa del Mundo, levantar la voz y lanzar un potente mensaje que no es de futuro, sino de presente. Hecho, me permito añadir, que no es imputable a cuota o casualidad alguna, si no al desempeño deportivo de estos equipos, excelente a pesar de los pronósticos de los expertos y la visión del fútbol africano, estereotipada y condescendiente, que parece compartirse entre nuestros medios y hasta tertulianos de bar.
Lo cierto es que, en el Mundial de Catar 2022, África tenía 5 equipos seleccionados. En este Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, han sido 10: Marruecos, Senegal, Argelia, Egipto, Costa de Marfil, Túnez, República Democrática del Congo, Sudáfrica, Cabo Verde y Ghana. Lo maravilloso de todo esto es que nueve de ellos lograron alcanzar la ronda de dieciseisavos de final, un rendimiento excepcional en comparación al de las anteriores ediciones.
La dimensión histórica de este hecho es evidente. La presencia africana en los mundiales anteriores no dejaba de ser algo exótico. En 1996, por ejemplo, los países africanos se movilizaron a través de la CAF (la Confederación Africana de Federaciones) y boicotearon el Mundial porque la FIFA solo ofrecía una plaza a disputar entre África, Asia y Oceanía. En cierta manera, las reclamaciones africanas de hace ya 30 años se han visto respondidas con la ampliación a 48 equipos de este año.
Si trasladamos lo que sucede en el Mundial a la actualidad en otros campos, podemos confirmar que África ya es un actor con personalidad propia.
Por ejemplo, en lo que se refiere a la economía, los africanos pelean para hacer valer su rica materia prima y dar un paso más allá al procesar sus recursos dentro del continente. Sirva de ejemplo como, hasta ahora, la bauxita era exportada a precios bajos para ser convertida en aluminio en países europeos que luego lo vendían a precios altos por todo el mundo, incluso a los países de los que partía, como Guinea Conakry. Faltaban infraestructuras que permitieran procesar ese mineral en casa para que el beneficio de toda la jugada repercutiera directamente en el desarrollo del país. Otro recurso valiosísimo, el cacao del que son principales exportadores en el mundo Costa de Marfil y Ghana, sigue siendo mal pagado y escasamente procesado en suelo africano, mientras que las ricas industrias chocolateras se forran en una Europa que no cultiva este árbol. Y esa es ahora la batalla de los africanos, empeñados en diversificar su economía, controlar los precios y, sobre todo, industrializarse.
Con el fútbol pasaba lo mismo, las estructuras de las federaciones africanas, la falta de campos o la escasa formación de entrenadores conllevaban desempeños discretos más allá del exotismo de su presencia… La aportación africana al fútbol mundial se medía por la cantidad de jugadores de raíces africanas que jugaban en selecciones europeas con tradición colonizadora, como Francia o Bélgica, por ejemplo. Pero creo que en este Mundial todo ha cambiado. Hoy, se habla más de la aportación de la diáspora a los propios equipos africanos. Por ejemplo, en el equipo congoleño, 20 de sus jugadores no nacieron en el país. Once de ellos lo hicieron en Francia. Y es reseñable también que muchos jugadores con doble nacionalidad eligen jugar con su selección africana, esgrimir con orgullo su origen y poner en valor así la fundamental importancia de la diáspora para África. Otro tema refrescante y diferente en las conversaciones sobre este mundial es que hoy se habla más de que la mayor parte de entrenadores de los equipos africanos son africanos.
A medida que vamos tomando conciencia de esos datos, contribuimos a enterrar un poco más todos los estereotipos que siempre condenan a lo africano. El propio estereotipo deportivo, por ejemplo. Los equipos africanos eran sinónimo de poderío físico y escasa capacidad táctica. Fútbol caótico, anárquico. Ahora es un placer ver jugar a selecciones como Costa de Marfil, Senegal, Marruecos o la sorprendente Cabo Verde. Tocan fino, rápido y con técnica. Los congoleños casi eliminan a los ingleses, los senegaleses perdieron por un suspiro con los belgas cuando ganaban 2-0 a cuatro minutos del final y los egipcios estuvieron muy cerca de apear a Argentina de la competición.
Si bien ha faltado algo de suerte, o incluso malicia (a algunos les ha faltado calle, como dicen ahora los jóvenes), los resultados, la imagen y buen juego ofrecidos por los equipos africanos evidencian que la brecha anteriormente existente se ha cerrado.
Al español Helenio Herrera (exentrenador del FC Barcelona) se le atribuye la frase, pronunciada en 1966, de que el siglo XXI del fútbol será africano. Es muy posible que sea así. Ya empieza a serlo. La demografía y el constante desarrollo de los países africanos, lo que conlleva también la mejora de las condiciones en las que se forman, entrenan y preparan los y las futbolistas (no nos olvidemos del fútbol femenino) dentro del continente, así lo apuntan. Es el reequilibrio del fútbol mundial, algo que creo totalmente comparable a la geopolítica global: África pesa cada vez más, en la medida que hace valer su potencial y decide no exportarlo, sino que éste se quede y desarrolle en casa.
En países como Tanzania, por ejemplo, los campos con césped de calidad se pueden contar con los dedos de una mano, y los jóvenes futbolistas no empiezan a entrenar en instalaciones dignas hasta los 17 o 18 años, cuando en Europa nuestros jugadores y jugadoras las usan desde bien pequeños. En el esfuerzo de desarrollar campos y estructuras formativas están. Así que la pregunta que debemos hacernos no es tanto si algún equipo africano será capaz de ganar un Mundial, sino que cuándo ocurrirá.
Yo creo que este Mundial será recordado, en parte, por eso: por los africanos. Por la sensación de que los africanos aportan activos importantísimos para este negocio sin escrúpulos que es el mundo del fútbol. Por la madre del portero caboverdiano consiguiendo el visado para ver otro partidazo de su hijo. También por la República Democrática del Congo y por el aficionado congoleño que se vestía como Lumumba y posaba inmóvil, como una estatua, durante los 90 minutos de los partidos de su selección. Pese a las derrotas, recordaremos momentos de muy buen juego de equipos como Senegal o Costa de Marfil y esa mala suerte de equipos como Egipto, a punto de dar la campanada.
Avisos de que los estereotipos no sirven, tampoco, para definir el fútbol africano y de que África se empeña en escaparse de los límites que queremos imponerle y quitar la razón a nuestros prejuicios continuamente.
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