Ojalá más minutos
Esta semana mi gran amiga Mariajo me envió una columna de Juan José Millas, uno de sus escritores favoritos, un autor en el que ve reflejadas sus neuras y pasiones. Yo admiro la capacidad que tiene este autor de escribir de forma tan revolucionaria. Creo que es imposible leer algo de él y que no se mueva algo dentro.
Esta columna de opinión trata sobre la maestría del tiempo: “De cómo nos venden la ansiedad en cómodos plazos y la culpa en forma de nostalgia. Corremos hacia el futuro para pagar las deudas del pasado. De este modo el presente se convierte en un pasillo, no en una habitación”
El presente como lugar de paso, de tránsito, un lugar inhóspito cuya única función es ir a otro espacio habitable.
Pero Millás habla de un milagro. De un minuto que consigue escaparse del sistema. Habla del disfrute de un minuto donde no debes nada al pasado ni temes nada del futuro. Minutos sin la carga del arrepentimiento, sin la ansiedad del futuro incierto. Sin ruido.
Hace poco sentí esos minutos de un presente bien vivido.
Conocí a una mujer a través de la entrega de unos cedés de música. Soy de esas personas que piensan que tenemos cosas materiales que están esperando a ser manoseadas, disfrutadas y valoradas por otras personas. Así que me desprendí de esta música y conocí a esta mujer interesada en tenerla.
Para el encuentro, fui a su casa. Una casa preciosa, cuidada al detalle, mimada, muy muy trabajada.
La felicité por la belleza de su hogar y me dijo: “¡Ay mis huesitos, ay mis huesitos!”. Estaba agotada. Por las mañanas cuida a su madre mayor y por la tarde trabaja fuera de casa. Sentí compasión por ella y creo que ella sintió alivio al soltar un poco la carga, con su “¡Ay, mis huesitos!”.
En ese ratito con ella, con una desconocida, sentí el tiempo presente del que habla Millás. La humanidad de esos minutos, de su cansancio depositado en mí, que recibí y entendí porque me sentí identificada. Mujer cuidadora, trabajadora fuera y dentro de la casa. Mujer agotada.
Pensé en tantas mujeres desconocidas que sin previo aviso cuentan parte de su vida. Te abordan en terapia, en el supermercado, en la espera de las actividades extraescolares de los niños, en el pueblo, quizás lo hacen porque antes no podían y ahora necesitan hablar, liberar la tensión y el dolor, sentirse identificadas, escuchadas, comprendidas. Y es que la desigualdad en los cuidados persiste. Las madres seguimos renunciando a cuidar y a trabajar con dignidad.
Ese, “ay, mis huesitos!” no es una queja, es el sentir de muchas mujeres que no vivimos: sobrevivimos.
En muchas ocasiones somos las mujeres las que ayudamos a sostener a otras, en esos minutos de encuentro, en ese presente habitado.
En mis minutos de presente vi a la desconocida coger los cedés de música, sonreír y decir “me gusta mucho” con la cara iluminada.
La imaginé, después de la larga jornada de cuidados y disciplina laboral, llegando a casa, abriendo las cajas de los cedés, disfrutando de ese momento.
En sus ojos está la mirada de la niña y la adolescente que fue, de la mujer que se sacude las responsabilidades para ser libre por unos minutos y escuchar la música que le gusta.
Ojalá tenga más minutos.
Ojalá sea libre.
Ojalá no tengamos motivos para celebrar el 8M.
Sobre este blog
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