El silencio nos hace cómplices

Isabel Guerra

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Este 8 de marzo volveré a salir a la calle. Como cada año. Pero este 2026 lo haré con una mochila cargada de orgullo por lo conquistado, de rabia por lo que falta y, sobre todo, con los nombres de las víctimas canarias grabados a fuego en la memoria: Czarina C., asesinada el 5 de enero en Las Palmas de Gran Canaria, y un niño de 10 años asesinado por su padre el 20 de febrero en Arona, Tenerife, cuya madre de 26 años sigue luchando por su vida en un hospital.

Los titulares de estas primeras semanas de 2026 son para echarse a temblar. Diez mujeres asesinadas. Dos menores asesinados por violencia vicaria. Diez niños y niñas que se han quedado huérfanos. Y una madre en Tenerife que, mientras leo esto, probablemente sigue despertándose en una UCI sin su hijo.

En Canarias, mientras tanto, las cifras nos golpean con la fuerza de un macetazo: somos la comunidad autónoma con la tasa de exclusión social más alta de España. El 25,5% de la población, más de 560.000 personas, está en situación de exclusión. Y las mujeres somos las más afectadas.

Pero antes de que nadie se rasgue las vestiduras y acuse a este artículo de catastrofista, empecemos por lo que hemos conseguido. Porque el feminismo ha transformado esta sociedad de manera silenciosa pero profunda, y conviene recordarlo para que los agoreros no nos roben también la memoria.

Hoy, las mujeres canarias disfrutamos de derechos que hace apenas unas décadas eran ciencia ficción. Los permisos de paternidad y maternidad son iguales, intransferibles y remunerados. Eso significa que un padre puede estar tan presente en los primeros meses de vida de su hijo como una madre. Y eso, aunque a algunos les parezca una tontería, es una revolución. Porque la igualdad empieza en casa, en los biberones, en las noches sin dormir, en entender que cuidar no es cosa de mujeres.

Hemos conseguido leyes integrales contra la violencia de género, un pacto de Estado que ha invertido cientos de millones de euros en prevención, puntos violeta en cada esquina, centros especializados contra la violencia y centros de crisis para víctimas de violencia sexual. Hemos ido dando pasos en la paridad en la política y avances en las empresas. España es el cuarto país de la Unión Europea en igualdad de género. Hemos reducido la brecha salarial. Hemos aprobado leyes pioneras como la del solo sí es sí.

Todo esto, absolutamente todo, lleva el sello del feminismo. No nos lo ha regalado nadie. Lo hemos peleado en las calles, en los parlamentos, en las fábricas y en las casas. 

Pero sería una hipocresía conformarnos con los titulares halagüeños. Porque en Canarias, los avances conviven con realidades dramáticas que el Gobierno estatal no siempre ve y que el canario no siempre acierta a corregir.

Los datos son tozudos. Representamos el 57,3% del total de personas en paro en las islas. En la provincia de Las Palmas hay más de 2.500 mujeres desempleadas que en la de Santa Cruz de Tenerife. Somos mayoría en el paro, mayoría en la precariedad, mayoría en la exclusión.

El empleo de hogar, ese gran olvidado, ese sector que sostiene la vida de tantas familias mientras condena a las que lo ejercen, es un 93,4% femenino. Nueve de cada diez. Y la mayoría de las empleadoras también somos mujeres. Nosotras contratamos a otras mujeres para que cuiden de lo nuestro mientras nosotras salimos a trabajar. Y el Estado, mientras tanto, mira hacia otro lado.

Los hogares monomarentales, sustentados por mujeres solas con hijos a su cargo, son uno de los perfiles más vulnerables del último informe de Foessa. La pobreza tiene nombre de mujer y apellido de madre soltera en Canarias.

El caso de Czarina C., ciudadana filipina de 43 años, es especialmente sangrante. Existían denuncias previas por violencia de género contra su marido, presentadas en 2024. Pero se archivaron porque ella, cuando fue citada a comparecer, negó haber sido agredida y rechazó la orden de protección. ¿Miedo? ¿Presión? ¿Falta de acompañamiento? El sistema la dejó sola, y el 5 de enero su pareja la asesinó en su domicilio de Las Palmas de Gran Canaria antes de suicidarse. Sus hijos, dos de ellos menores, se han quedado huérfanos.

El crimen de Arona, el 20 de febrero, tiene otra dimensión: la violencia vicaria. Un padre asesinó a su hijo de 10 años golpeándole con un machete en la cabeza e hirió de gravedad a la madre. El hombre fue abatido por la Guardia Civil tras intentar atacarlos también a ellos. No existían denuncias previas. La madre del niño, de 26 años, sigue hospitalizada. Son dos formas distintas de la misma barbarie. Y ambas ocurrieron aquí, en nuestras islas.

Y mientras nosotras cargamos con el peso de la precariedad, de los cuidados, de la lucha, ellos, los jóvenes, nos devuelven encuestas que hielan la sangre. El último barómetro de Fad Juventud es para encerrarse a llorar: el 51,5% de los chicos de entre 15 y 29 años cree que el feminismo es “una herramienta de manipulación política”. La cifra se ha duplicado en cinco años. Casi cuatro, de cada diez, piensa que la igualdad ya está lograda.

¿De verdad creen que está todo logrado? ¿Con diez mujeres asesinadas en lo que va de año? ¿Con dos menores asesinados, uno de ellos aquí, en Tenerife? ¿Con Czarina, con el niño de Arona, con los diez huérfanos que ha dejado 2026? ¿Con el 57% de paro femenino en Canarias?

Y aquí vuelvo a mi pregunta de siempre, la que me persigue cada 8 de marzo. Porque mientras discutimos de encuestas y de estadísticas, hay mujeres que no llegan vivas a este día. Necesito preguntar, y voy a hacerlo sin tapujos, sin edulcorantes, sin miedo a ofender: ¿dónde diablos están los hombres cuando esto pasa? Cuando Czarina fue asesinada en Las Palmas, ¿dónde estaban los padres, los hermanos, los amigos, los compañeros de trabajo de su asesino? ¿Dónde estaban cuando ella presentó denuncias en 2024? ¿Dónde estaban los que no vieron, los que no quisieron ver, los que callaron?

Cuando un niño de 10 años fue asesinado por su padre en Arona, ¿dónde estaban los amigos de ese hombre? ¿Dónde estaban los referentes masculinos que podrían haber detectado señales? ¿Dónde estaban los que sabían algo y no dijeron nada? Cuando los discursos negacionistas inundan las plataformas y convierten a chavales perdidos en pequeños haters, ¿dónde están los hombres adultos, los que tienen voz, los que podrían plantar cara y decir “esto no se hace”? ¿Por qué dejamos que sean siempre mujeres las que se desgañitan explicando lo evidente?

Ellos callan. Miran a otro lado. Se encogen de hombros. Dicen “yo no soy así” y con eso se dan por satisfechos. Como si no ser asesino fuera mérito suficiente. Como si no hiciera falta nada más.

Pues no. No basta.

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