Escapada a Marruecos: subir un cuatromil

Descanso en un chiringuito. (Cedida a Canarias Ahora)

Eva González

Marrakech —

Hoy caminamos desde el Valle de Imlil en dirección al pico Toubkal hasta el refugio, a donde esperamos llegar y pasar noche, para por la mañana hacer cumbre. ¿Surgirán problemas con la práctica del yoga?, ¿disfrutaremos del trayecto sin problema?, ¿Será que todos llegaremos y no sufriremos mal de altura? Vamos y veamos. Vamos como somos, con lo que hacemos, con nuestro yoga, con nuestro puzle a medias, con mil piezas desordenadas pero dispuestas para construir una realidad más amable. Con el equipaje que tenemos a cuestas comenzamos el camino queriendo alcanzar la cima del Toubkal, luego veremos cómo bajamos. Que aún nos queda visitar Esaouira y Marrakech.

Nos enfrentamos hoy a lo que en un principio era el objetivo principal del viaje, subir un cuatromil. Recogemos el equipaje, cargamos las mulas que nos acompañarán hasta el refugio, desayunamos siguiendo los consejos de José Santiago, coordinador de In&Out YogaHolidays, frutos secos, fruta fresca, líquido… “Algo de azúcar tampoco va a sobrar hoy, aprovechen y coman Nutella y pan”, nos dice. Según vamos terminando de desayunar y coger las mochilas esperamos en la puerta de la casa de Omar, donde nos hospedamos hasta hoy en Valle de Imlil, a los últimos rezagados y, finalmente partimos. En cada una de las mochilas el menor peso posible pero, por supuesto, un litro de agua fijo, como mínimo, y abrigo. Se hace raro con los treinta y largos grados que respiramos ahora coger abrigo, pero la temperatura a partir de los tres mil metros desciende, pudiendo bajar en la cumbre por debajo de los doce grados ahora en verano.

La primera parte del camino hasta llegar al refugio del Toubkal nos llevará unas seis horas, pasamos pequeños poblados y diferentes puntos de venta de refrescos y zumos que según vamos avanzando y ascendiendo van apareciendo más distanciados. Todo va quedando atrás, las charlas, los árboles, las bromas, la respiración cada vez se hace más sonora, los pasos más lentos y el paisaje más árido. Ahora nos envuelve el silencio y el reto está frente a nosotros. Me pregunto si llegaremos todos. Algunos demuestran más dificultad que otros, pero se reparte bien el grupo, José Santiago va de refuerzo al final y al principio, en cabeza, Omar. José no quita ojo de la línea de senderistas y le hace señales a Omar, ellos se entienden. Nosotros seguimos andando. Algunos se enfrentan al vértigo, otros al cansancio, el calor, el dolor de las articulaciones. Algún despistado empapado en sudor y temblequeando ya del cansancio confiesa tras una hora y media de camino que no ha cogido ni una sola botella de agua. La cara de José se transfigura. Los demás seguimos sin perder el paso y sin poder creerlo. Pero uno de los bereberes que nos cruzamos por el camino, venía de bajada y sin nadie pedirle nada le ofrece una botella de agua a Antonio. -No es coña ni es por amenizar- ¡Agüita clara! Seguimos…

Muchos más días me harían falta para poder conocer similitudes e influencias entre culturas, pero en cosas sencillas se intuye la relación y la familiaridad existente, como un marroquí que habla con acento andaluz, los campos y laderas ordenados en bancales como ocurre en Gran Canaria, las Sabinas o de la familia, igual de retorcidas que las que he visto en Fuerteventura, las cabras pastoreando a sus anchas.

Hace años este recorrido era para alpinistas profesionales, ahora lo podemos hacer muchos más y los bereberes lo suben y lo bajan como tú te paseas la Playa de las Canteras. Me llama la atención ver a algunos que vienen en cholas y camiseta. Nada de equipajes especiales ni parafernalias. No es que nos hayamos cruzado con muchas personas, hasta ahora unos diez o así por el trayecto. Nadie pasa sin saludar, yalla yalla, marhaba, ahalam, azula, salam aleikum, salut, bonjour, alló … hola, -contesto yo con el anhelo de ampliar tan variado espectro. Y es curioso ver cómo en un contexto como este, lo que cuenta es el gesto, podría haber dicho “zapato” con el mismo ademán y el que no entienda el idioma español habría seguido sin la mínima intriga o desconcierto.

Vemos a pocos metros un pequeño núcleo de chiringuitos, y al fondo una roca blanca que destaca en la tierra anaranjada de la zona. “Sidi Chamharouch”, nos dice Omar, el guía. Nos explica que este recorrido que hacemos, para los musulmanes es una ruta de peregrinación y termina en esa roca, un lugar sagrado, en español lo conocen como Roca Blanca al que no se permite la entrada a los no musulmanes. Lo alcanzamos y veo cómo se acercan peregrinos y se adentran entre las rocas hasta que los perdemos de vista. Nos sigue informando Omar, “una gruta en la que pernoctó Sidi Chamharouch, un genio benefactor al que se le atribuyen propiedades curativas. Los peregrinos acuden aquí a lavarse y sanarse cada cierto tiempo y confían en que desaparecen problemas como la infertilidad, enfermedades o estados depresivos”. Entiendo que para algunos de los que venían por el camino el recorrido termina aquí, no seguirán hasta el refugio y menos hasta el Pico, de ahí su indumentaria ligera. Nosotros descansamos, disfrutamos de las aguas corrientes del río que cruza por el santuario ubicado a 2.300 metros de altura y tras veinte minutos continuamos rumbo al refugio.

Este segundo tramo se hace duro. Se agradecen los zumos naturales de naranja que ofrecen algunos bereberes en chiringuitos que no cuentan más que con un exprimidor, una caja de naranjas y la mochila de quien ha subido hasta ahí para hacer los zumos y ofrecerlos a los que van subiendo durante todo el día. Aparecen en medio de la nada como agua en el desierto, y la verdad es que nunca pensé que una naranja pudiera animar tanto el paso bajo el sol, nos hace olvidar un poco el cansancio. En este tramo las sombras son escasas y las temperaturas a pesar de la altura aún no descienden. En las paradas que vamos haciendo compartimos alguna cosita de comer, Teté saca trocitos de apio y zanahoria, yo manises y nueces, y Omar ofrece coca cola, no es algo muy bereber, pero dice que es lo mejor para la subida.

Seguimos andando por la zona más árida y ya no hay puestos ni sombras ni parece haber más vida que la nuestra. Omar ha cogido cierta distancia del segundo grupo que sube más lento y a pocos metros el tercero, se nota la experiencia del guía que mientras espera en algún punto de la subida se tumba con todo el cuerpo en la tierra, lleva un polar verde pero no suda, a diferencia de nosotros que vamos en tirantes o manga corta y ya con la lengua fuera.

Estas paradas han sido ya acordadas por José Santiago y Omar para evitar el mal de altura del que de momento escapamos todos. Un último esfuerzo en silencio nos permite por fin ver el refugio a cierta distancia. Esta construcción revestida de piedra está gestionada por el C.A.F. (Club Alpin Français de Casablanca) y situado a una altura de 3.207 m.

Noche en el refugio

Llegamos exhaustos, soltamos equipaje y tomamos el té que nos ofrecen. Una duchita y parece que empezamos a sentir la vida de nuevo. Hay bastante gente, parecen de diferentes nacionalidades. Me acerco a un grupo de chicos, uno tiene un libro en las manos, me fijo y es la biografía de Adolf Hitler, su amigo tiene una guitarra a su lado, me pregunto si la habrán subido ellos o dispondrán de mulas hasta aquí como nosotros. No tienen pinta, -pienso-. No me contengo y entablo conversación con él.

Se llama Naoifal Gaghip, es marroquí, tiene veintidós años y dice que para él venir a estas montañas es una gran experiencia y que siempre encuentra gente interesante. Viene acompañado por un par de amigos y, efectivamente, han subido una guitarra. Es la segunda vez que viene y que le gustan mucho los deportes y la naturaleza. Le pregunto si conoce el yoga, me dice que si pero que no practica. Asegura que gracias a su religión no necesita el yoga. “Siendo una práctica para relajarse, concentrarse y conseguir cierto equilibrio no la necesito. Yo rezo a diario y no me hace falta. ¿Conoces cómo rezamos los musulmanes?”-me pregunta- Pues no, realmente, sé que miran a La Meca. Se ríe y habla de los movimientos, dice que tienen la misma función que el yoga, y para él es mejor. “Tengo amigos que practican y rezan también. No tengo nada en contra, pero yo no lo veo necesario. Mi novia compra libros y me enseña cómo se hacen las posturas, me tiene un poco loco, cuando me cuenta yo le digo ok, ok…” Presupongo que no se apuntará a la clase de Alberto Jorge, profesor de yoga que nos acompaña y que impartirá la práctica en unos momentos, pero aun así le invito a que lo haga, con cierto recelo y ya despidiéndome, evitando que me invite él a rezar a Alá, lo veo venir…lo hace.

Ok, ok, -le digo yo- y suelta una carcajada.

Me doy un paseo por las instalaciones. En la planta a ras de suelo hay un salón con chimenea donde hay gente jugando al ajedrez, charlando, los enchufes repletos de móviles cargando, el comedor, y una habitación para guardar las mochilas, en la planta de arriba están las habitaciones de varias camas, literas dobles y sencillas y varios baños. En la de abajo están las duchas. Es un refugio antiguo que fue renovado y cumple su función dignamente. Me pregunto si alguien de aquí se apuntará a la clase de yoga, está a punto de empezar y nosotros estamos agotados, supongo que la mayoría habrán llegado también algo antes. Jorge Alberto decide donde va a impartir la clase y empieza a preparar las esterillas, surge interés, hay un grupo de vascos que se anima, y una chica también musulmana que se integra en la clase.

Bouchra Beimbenu es de Marruecos, musulmana, ingeniera de telecomunicaciones desempeña sus labores en el Ministerio de Transporte y Logística de Marruecos. De vez en cuando practica yoga, body balance, pilates…Le parece necesario para mantenerse relajada y descansar bien y para obtener fuerza interior, -explica-. “Ayuda a tener más energía. Yo soy alpinista y me viene bien practicar, sólo la fuerza física no es bastante. Para enfrentarte al esfuerzo que requiere subir montañas necesitas tener una mente fuerte, hay muchas dificultadas y no puedes perder la motivación, es importante estar en paz contigo mismo. Tener la mentalidad de que puedes hacerlo y no permitir a la mente que piense ni por un momento lo contrario. Si le das espacio, gana y te derrumba”. Ha subido el Kilimanjaro en Tanzania, el monte Elbrus en Rusia, el Mont Blanc en Francia, el Aconcagua en Argentina, el monte Denali en EEUU…

Bouchra nos dice que no es muy común que la gente practique alpinismo en Marruecos, a las chicas les gusta más el fútbol -rie-. “Ahora desde hace poco tiempo en los centros de deporte se está empezando a impartir yoga, pilates y otras disciplinas que tienen en cuenta algo más que el estado físico”. Recuerda la primera vez que vio practicar yoga, fue hace unos años en Túnez, a una compañera alpinista francesa. Le picó la curiosidad y cuando volvió a Marruecos buscó donde lo impartían. No es muy común pero parece que ahora se va implantando más, aún así ha conseguido hacer algunos cursos. Hoy se ha sumado a la clase de Alberto Jorge y confirma que le gustaría seguir practicando. Bouchra viene con una expedición y ella es la única marroquí, asegura que encuentra muchas diferencias culturales entre los miembros de la expedición y siempre le ocurre en todos los viajes, pero eso no le echa para atrás. “Me enriquece. Yo me encuentro con budistas, cristianos, musulmanes, pero todos son personas”.

Después de la clase de yoga, una experiencia compartida al aire libre, en este escenario de montaña podemos soñar y descansar con ascensos de cualquier tipo, lo aseguro.

Pero antes de acostarnos aparece el grupo de chicos con la guitarra y nos obsequian con unos temas. Estamos reunidas unas 18 personas, de diferentes idiomas y culturas y surge la magia, temas que todos conocemos, Beatles, Bob Marley… algún tema de música tradicional marroquí. Cantamos, aplaudimos, reímos y no cuento más…que mañana hay que madrugar.

Pico a la vista

A las 6 de la mañana estamos desayunando y listos para recorrer el último tramo de subida, novecientos sesenta y nueve metros desde la parte superior del refugio hasta la cima. En tres o cuatro horas, dependiendo del ritmo, deberíamos estar arriba. Pasamos por unos contrafuertes de rocas por los que cuelgan cascadas de agua, las vistas son maravillosas. Después de cruzar por una zona aún más rocosa empezamos a divisar el circo casi al completo, estamos rodeados de montañas y picos que van apareciendo a modo de muros enormes inquietantes, bastante más cerca de la vertical que de la horizontal, los vamos subiendo y aparecen más. Como si nunca fueran a dejar de aparecer, pesan las piernas. La manera de andar de cada uno es un auténtico lenguaje, Omar, acostumbrado al terreno, no titubea, le miro avanzar estilo alfil sin doblar la espalda, pasos cortos, un ligero balanceo de lado a lado para equilibrar. El resto vamos como podemos, algunos apoyan las manos para descansar en la cintura a modo de jarras, otros directamente en las rodillas con la espalda doblada, los que usan bastones, que son la mayoría, avanzan con pasos más largos. Las caras son un poema, el camino se va haciendo duro y ya se agotan las fuerzas. Las temperaturas van bajando, el viento no ayuda. Aprovechamos las paradas y los descansos de muy poca duración, cuatro o cinco minutos aproximadamente para ponernos abrigo. Todo es ascenso.

Después de un gran rato divisamos la cresta que nos acercará en la última media hora a la cima. Según ascendemos van quedando atrás varios cuatromiles: el Toubkal oeste, Timesguida y Ras Ouanoumkrim. Todo llega y todo pasa y vamos alcanzando la cima cada uno de los que hemos venido a esta aventura, no ha quedado nadie atrás lo que nos llena de orgullo y multiplica la sensación de haberlo logrado. Ahora no hay duda que lo importante no ha sido esto, claro que estar en la cima es una sensación inolvidable, pero el camino hecho, compartido y andado es lo que queda en nosotros. Y sobre todo, la mezcla de experiencias y sensaciones, fruto del intercambio y el contacto entre personas pertenecientes a horizontes lejanos y diversos.

Pisando este suelo magrebí, del que tantas noticias y conflictos nos llegan a través de los medios me asaltan las dudas. Pero no creo que seamos pocos los que estamos deseosos de seguir conociendo nuestra propia cultura y ver qué elementos árabes hay en ella y viceversa, queda mucho por andar y seguiremos subiendo los picos y montañas que haga falta, que como dijo Juan Goytisolo, gran conocedor del Magreb, “…pero el hombre no es un árbol, tiene pies, camina. Que se desplacen los hombres y con ellos las palabras”.

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