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Vigías aéreos de reacción inmediata: así trabajan los helicópteros que combaten fuegos forestales en Gran Canaria

“La clave en la extinción de incendios es la coordinación y el entrenamiento”, sostiene el piloto Ismael García, que propone realizar intercambios de efectivos con zonas históricamente más castigadas por el fuego y con más experiencia, como Portugal o Chile

Los helicópteros ligeros contratados por el Cabildo son capaces de realizar entre 20 y 30 descargas de agua en cada vuelo de dos horas

“Cuando te adentras en la columna y te aproximas a la zona de descarga, a la zona de irradiación de fuego intenso, notas el calor, lo notas a cientos de metros”, señala el piloto

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Aterrizaje de un helicóptero ligero en la base de Artenara. (ALEJANDRO RAMOS)

Aterrizaje de un helicóptero ligero en la base de Artenara. (ALEJANDRO RAMOS)

Rafael Pardo, técnico de la brigada helitransportada, traslada el aviso. Un guardia forestal ha visto una columna de humo en la pista de Tirma, en el Parque Natural de Tamadaba, el pulmón verde de la isla de Gran Canaria.  Es miércoles y el reloj marca las 11.30 horas en la base de Artenara. A Ismael García no le da tiempo ni siquiera a acabarse el té que se había preparado al acabar la anterior intervención. En menos de cinco minutos, este piloto leonés de 62 años está surcando los aires con uno de los dos helicópteros ligeros Ecureuil que tiene contratados el Cabildo de Gran Canaria para la extinción de incendios forestales. “Eran dos tocones, estaban ardiendo dentro del perímetro quemado. No había peligro, pero sobre uno he descargado porque tenía dos pinos cerca. El agua la he cogido de un pantano”, explica instantes después, sobre la misma pista, mientras Francisco, mecánico, revisa el aparato y guarda en una cesta el helibalde bambi, un depósito con capacidad para almacenar cerca de 1.000 litros de agua. 

Dos días antes, el lunes, los servicios de Emergencias del Gobierno de Canarias habían dado por controlado el tercer incendio forestal declarado en la isla en el último mes, el originado en el denominado barranco de Los Pajaritos, en Valsendero, en el municipio de Valleseco. Un virulento fuego que arrasó más de 9.000 hectáreas y obligó a evacuar a miles de personas. 

Después de las frenéticas jornadas para combatir las llamas que se adentraron en Tamadaba y que amenazaron otra importante reserva natural de la isla, la de Inagua, y de albergar de forma simultánea hasta cinco helicópteros, en la base de Artenara se respira calma. El helipuerto colinda con el cementerio municipal de Santa Aurora y se encuentra a pocos metros del casco del municipio y del mirador desde el que se otea la “tempestad petrificada” que describió Miguel de Unamuno tras su visita al lugar en 1910, un paraje único que muestra ahora las heridas de un fuego que, en un momento determinado, se llegó a declarar fuera de la capacidad de extinción. 

El sonido de las aspas rompe momentáneamente esa quietud, en la base no se abandona la situación de alerta. Desde que el incendio se diera primero por estabilizado y, después, por controlado, los helicópteros ligeros, de reacción inmediata, no han dejado de salir ni un solo día. Se mantiene la vigilancia sobre el perímetro quemado y los avisos por humos son habituales. La tierra está aún caliente. 

“La clave en la extinción de incendios es la coordinación, una buena planificación, marcar los objetivos. Hay que tener una estrategia clara, asumible”, explica Ismael García, que lleva desde 1992 apagando fuegos forestales. Para este piloto, el entrenamiento es también “imprescindible”.  “Los fuegos no se producen todos los días y son difíciles de entrenar, pero por eso sería interesante hacer intercambios de personal con efectivos de Chile o Portugal”, países que, por sus propias características, están más acostumbrados a lidiar con los incendios forestales y que, por lo tanto, tienen más experiencia y formación en este ámbito.  

Según García, el viento es el factor más determinante, por encima de las altas temperaturas y la humedad, para la propagación de los fuegos en el monte. “Con condiciones malas de viento, arden hasta las piedras”. Aunque en este último incendio parecen haber quedado eclipsados por la espectacularidad de los hidroaviones y de sus vuelos rasantes sobre la bahía de Las Palmas de Gran Canaria, los helicópteros desempeñan una labor fundamental en las tareas de extinción por su alta capacidad de maniobra, su velocidad de reacción y su capacidad para adentrarse en zonas de difícil acceso en la escarpada orografía insular.  

Los ligeros, como los Ecureuil, permiten descargar cerca de 1.000 litros de agua en cada intervención; los medios, como los tres aportados por el Gobierno de Canarias o los dos que el Estado tiene en La Palma para la Brigada de Incendios Forestales, unos 1.500, y los pesados, los Kamov del Ministerio, hasta 4.500. La capacidad de los hidroaviones, de los focas, es de 6.500. 

Ismael, piloto de helicóptero, junto a Francisco, mecánico. (ALEJANDRO RAMOS)

Ismael, piloto de helicóptero, junto a Francisco, mecánico. (ALEJANDRO RAMOS)

La cadencia de descarga de agua sobre las llamas varía en función de las características del medio aéreo y de la proximidad de los puntos de recogida. En el caso de los helicópteros ligeros, García y Pardo calculan una media de entre 20 y 30 intervenciones por cada vuelo en los momentos de mayor intensidad del fuego. Los pilotos no pueden estar en el aire más de dos horas seguidas ni de ocho a lo largo del día, por lo que al cabo de la jornada cada uno de ellos pudo haber realizado hasta 240 actuaciones sobre las llamas. La cadencia es menor cuanto más pesado sea el aparato. Cada hidroavión puede ejecutar unas 50 al día.

El agua se descarga “en el borde de las llamas, donde se inicia la combustión”, con el viento de cola y a una altura óptima para que la intensidad de gota sea efectiva. Si el helicóptero está muy alejado del fuego, el agua se evapora. Si está muy cerca, alcanza menos superficie. Según Ismael García, las intervenciones en los últimos incendios de Gran Canaria a bordo de los helicópteros ligeros se realizaron a unos diez metros de las llamas. “El humo no es vertical, avanza hacia el frente. Cuando te adentras en la columna y te aproximas a la zona de descarga, a la zona de irradiación de fuego intenso, notas el calor, lo notas a cientos de metros”, relata el piloto. 

Las maniobras de carga y descarga son las más delicadas, las que entrañan más riesgos y requieren mayor pericia de pilotaje para controlar el aparato en una situación de baja altura, velocidad reducida (entre 20 y 40 kilómetros en las descargas y completamente parado en las cargas) y, en ocasiones, viento de cola. “Como los pilotos de avión, tenemos nuestros procedimientos, una normativa muy estricta, y la forma experimentada de hacer, de operar. Los problemas se producen por errores de cálculo en el pilotaje. Para reducirlos, hay que seguir la misma rutina de trabajo y vigilar los cambios de viento”, asevera García, que este lunes abandonará la isla, a la que llegó el pasado 11 de agosto, el día siguiente a la declaración del primer incendio, ya que la legislación les obliga a descansar ocho días al mes y a no superar las 80 horas de vuelo en el mismo periodo. 

Al piloto también le corresponde la decisión de elegir los puntos de recogida de agua. Aparte de los “seis o siete“ hidrantes repartidos y localizados a lo largo de la geografía insular, uno de ellos en la propia base de Artenara, los operarios acuden a bolsas de riego, a presas… Incluso a piscinas. Si pertenecen a particulares, el Cabildo les abona después el dinero. Los helicópteros ligeros tienen la ventaja de que el tamaño del depósito les permite operar en espacios reducidos, siempre que el calado sea suficiente para llenar el helibalde por inmersión. 

En el perímetro del incendio, los medios aéreos son coordinados por un técnico de brigada helitransportada cuando la emergencia se sitúa en el nivel I (competencia del Cabildo de Gran Canaria) y por un helicóptero (en este caso, de la Guardia Civil y de la Policía Nacional) o avión de coordinación (propiedad del Estado) cuando se eleva a nivel II y la dirección de extinción es asumida por el Gobierno de Canarias. 

El ingeniero forestal Rafael Prado, técnico de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria, explica que para propiciar la perfecta armonía de medios se fija un área de vuelo con dos estructuras: una horizontal y una vertical. En la primera se crea una especie de carrusel, una circunferencia en la que se establecen puertas de entrada y salida en la zona del incendio. Los pilotos siguen normas visuales de vuelo y mantienen constante comunicación con el coordinador. En el plano vertical, en el nivel inferior operan los helicópteros y, en el superior, los aviones, que avisan para descender al tramo de menor altura cuando van a realizar las descargas. “Existe el riesgo de colisión si no te comportas de forma ordenada”, asegura García, que también tiene entre sus funciones la de trasladar a las brigadas terrestres a las zonas de trabajo. 

 Técnico y piloto coinciden, en cualquier caso, en que los incendios forestales no se apagan desde el aire, sino desde la tierra.  “Los medios aéreos bajan la longitud de llama, pero después es fundamental el trabajo de las brigadas terrestres. Si no hay nadie abajo, si no hay personal, no liquidas el fuego, no terminas de rematarlo”, afirma Prado, que cuantifica en 13 minutos el tiempo que tardó en intervenir el primer helicóptero ligero en el último incendio desde que se recibió el aviso, incluyendo en ese periodo el intervalo de diez minutos necesario para la puesta en marcha y la comprobación de la aeronave.

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