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El mencey de Adeje, garante del carisma y transmisión de poder entre guanches

El arqueólogo José Juan Jiménez defiende que el poblamiento de Tenerife debió de iniciarse en el litoral sur/suroeste de la Isla por ser la zona marítima natural de calmas, adecuada para desembarcar y arribar a la isla

Lo que cuentan los huesos guanches: dedos de costurera y marcas de pastores

Momia guanche EFE

En la figura del mencey de Adeje estaba depositada la autoridad y el carisma de los diversos clanes que configuraron la división de Tenerife en menceyatos antes de la conquista y desde esa parte de la isla se promovió la paulatina colonización y poblamiento hacia el resto de comarcas, afirma el arqueólogo José Juan Jiménez.

El investigador, que es conservador del Museo Arqueológico de Tenerife, explica en una entrevista a EFE que los guanches organizaron Tenerife desde sus comarcas naturales y, por lo tanto, la articulación territorial estuvo supeditada al aprovechamiento de los recursos organizando la isla en demarcaciones que coincidían con las comarcas naturales.

"La figura del mencey de Adeje era depositaria de la legitimidad, que velaba por la adecuada transmisión del liderazgo en la jefatura de los clanes tribales que poblaron, colonizaron y organizaron el territorio tinerfeño atendiendo a la disponibilidad de recursos", afirma José Juan Jiménez, que ha publicado una síntesis de divulgación científica de su trabajo en la página web de los museos de la isla.

El arqueólogo explica que los guanches organizaron Tenerife y articularon el territorio partiendo de sus comarcas naturales, demarcaciones conocidas como «menceyatos» que estaban supeditadas al aprovechamiento trasversal de los bienes obtenidos en sus diferentes ecosistemas, nichos ecológicos, ambientes y microambientes.

Un aspecto novedoso que defiende el investigador, que también es doctor en Prehistoria por la Universidad de La Laguna, es que el poblamiento de Tenerife debió iniciarse en el litoral sur/suroeste como área preferente por ser la mejor zona marítima natural de calmas adecuada para desembarcar y arribar a la isla.

Desde allí habrían ido expandiéndose con nuevos enclaves y asentamientos hacia el este, el oeste y el norte y plantea además que "vista la estrategia adaptativa basada en la ecuación agua-pastos-ganado típica del modelo pastoralista de los guanches", en la zona septentrional situada en Icod, con gran concentración de recursos hídricos, fundaron el lugar del ayuntamiento del hijo del grande, como citan las fuentes etnohistóricas.

José Juan Jiménez señala que la documentación reitera que en Tenerife había reinos, o sea «secciones tribales propias de los sistemas sociopolíticos bereberes» que poseían un territorio adscrito a los linajes familiares que constituyeron los denominados «menceyatos» de Anaga, Güímar, Abona, Adeje, Daute, Icoden, Taoro, Tacoronte y Tegueste.

El arqueólogo subraya que en las tribus norteafricanas existía una autoridad con reconocido ascendiente e influencia social, que correspondía en derecho al representante del clan o el linaje al que se consideraba emparentado con el antecesor primigenio y era el depositario responsable de los bienes colectivos de la jefatura, de su preceptiva transmisión anexa al poder de los jefes-guerreros, y de velar por el liderazgo carismático y la memoria del ancestro común.

Por tanto, Jiménez apunta que entre los guanches este carisma inicial correspondió al mencey de Adeje, como destaca su relevancia en el reparto de datas (tierras y aguas) tras la conquista castellana.

Constata que ese territorio -situado entre «Isora y la marca de Abona»- era emblemático no solo por su prestigio y abundancia en reses, agua y pasto, sino por haber desembarcado allí el elemento fundador de los clanes primigenios que hubieron de arribar a Tenerife por la zona de calmas costera del sur/suroeste de la isla.

En esa comarca residieron luego descendientes de la estirpe pionera, como «D. Diego de Adexe» y su familia, dado que su antiguo cargo estaba vinculado a la autoridad carismática del antecesor, como demuestra el hecho de que cada mencey designado besaba y juraba -como pleito homenaje- por el hueso guardado para este fin del más antiguo de su linaje diciendo: «Juro por el hueso de aquel día en que te hiciste grande», apostilla José Juan Jiménez siguiendo los testimonios etnohistóricos.

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