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¡Que nuestra Piñata Chica vuelva a ser grande!

Las injerencias, tanto las propias como las ajenas, tienen consecuencias. Por ello, siempre hay que medir a la hora de adoptar decisiones que afecten a otras personas, acontecimientos o cualquier otra circunstancia consolidada.

Aunque nos duela, debemos reconocer que la Piñata Chica de Tacoronte lleva años sufriendo un retroceso significativo en su popularidad y participación. Muchos echamos de menos la brillantez de sus primeros años, con el esfuerzo impagable de Almenar y René, que, a pesar de las dificultades y posibles diferencias con los mandatarios de cada momento, no solo supieron gestionar la evolución de nuestro carnaval, sino dejar un legado con el que todos/as nos hemos identificado.

Sin embargo, frente a ese ejemplo de sencillez, en el que lo han dado todo sin pedir ni recibir nada a cambio, nos encontramos ante diferentes etapas en las que nuestra Piñata Chica empezó a ser un objeto de segundo plano para dar paso a otras ansias y protagonismos. Esa permanente intención de que lo popular pase a ser politizado nunca ha dado buenos resultados, y nuestro carnaval tacorontero es un claro ejemplo de ello.

Si miramos con cierta perspectiva, y nos trasladamos a los años de los inicios de la Piñata Chica, solo vamos a encontrar ilusión, trabajo y capacidad de superación. La colaboración por aquella época era desinteresada y así fue durante años, con sus lógicas dificultades y diferencias, pero nadie discutía lo que inició una comisión organizadora en el entorno de la calle Ismael Domínguez, fue algo grande y que nos ponía de lleno en el mapa carnavalero de la isla de Tenerife y de toda Canarias.

Por entonces, no era un inconveniente el color político de cada uno para divertirse en aquel pequeño carnaval que celebrábamos a lo grande, reconocido como la Piñata del inalcanzable Carnaval de Santa Cruz, cuyos personajes, comparsas, murgas, agrupaciones y todo tipo de participantes también esperaban con ansias su llegada, porque era para ellos la última oportunidad de decir por ese año, adiós al carnaval.

Se le llamó Piñata Chica, pero para quienes participábamos en ella era lo más grande. Allí estábamos, en el centro de La Estación bailando al lado de Cantinflas, Fidel Castro, Harpo Marx, Miss Piggy, Doña Croqueta y aquel extraño séquito que se formaba entorno al tacorontero Domingo el gomero, vestido de cura, y su hermano Pepe, el del restaurante El Calvario, nuestro particular Charlot.

La Piñata Chica nació al mismo tiempo que crecía nuestra joven democracia, cuando el carnaval por fin era una expresión de libertad y respeto, donde con una disculpa se mejoraba lo inmejorable. Nuestra hospitalidad y respeto por las libertades, nos convertían en el destino ideal para todos los travestis que participaban en la fiesta de la capital. Aquí sabían que eran parte del espectáculo, pero también que como aquí no iban a ser tan bien recibidos. Se les echa de menos por fuera del desaparecido bar García.

Las primeras galas de elección de la reina en la sala de fiestas de Barbacoa, con la impagable colaboración e implicación de la dirección de este centro de ocio, eran otro ejemplo de lo grande que era esta Piñata Chica, un acontecimiento al que no se negaban a acudir las principales agrupaciones de Santa Cruz. Siempre se contaba con las que habían obtenido un premio y cada una de esas noches fue un éxito rotundo. Esas galas eran el caldo de cultivo para diseñadores locales.

Durante muchos años, ese domingo era apoteósico con un coso repleto de participantes de toda la isla de Tenerife, el desfile de murgas, grupos, mascaritas, personajes, coches engalanados, coches antiguos, carrozas… las horas pasaban y crecía en intensidad.

Hoy, lamentablemente, estamos inmersos en otra realidad, en una falta de ideas e imaginación que nos llevan de la deriva al conformismo.

En la presente edición de la Piñata Chica, con apenas cuatro estrofas, la murga más veterana, la Afilarmónica NiFú-NiFá, nos devolvió a la realidad. Con una versión de la famosa canción El cubanito, adaptada a Tacoronte, nos expuso el resultado de todos nuestros males. Oyendo a los murgueros por excelencia, de golpe nos damos cuenta de que no solo tenemos un problema con nuestro carnaval, pues vienen de otras latitudes a cantarnos las verdades.

El estado de nuestro carnaval es una metáfora de la situación generalizada de Tacoronte, y no hay síntoma más claro de hartazgo que aquel que se produce cuando ante una petición de aplausos se produce el silencio. La popularidad no se obtiene utilizando el dinero de todos/as los/as tacoronteros/as en beneficio propio, sino que se gana en el día a día. Nuestro sentir carnavalero es para reflexionar y hacer las cosas de otra manera.

En la Piñata Chica de este año, como ha ocurrido con otras expresiones populares, como con el Paseo Romero de Agua García, el alcalde ha concentrado el protagonismo y control de estos eventos, sin justificación. No existía diferencias de opinión para tomar estas medidas.

El certamen de Miss Mosto, impulsado por vecinos/as en las tres ediciones celebradas, ha sido modificado a imagen y semejanza de Álvaro Dávila, imponiendo unas reglas que sus impulsores han rechazado, tomando la decisión de no participar este año. Afortunadamente, Miss Mosto se celebró y solo los que disfrutaron del espectáculo pueden valorar su resultado.

Frente a la división y las imposiciones, que afloran en todas las conversaciones con nuestros/as vecinos/as, echamos de menos algunas cosas y mostramos nuestra ilusión por recuperar otras. Ante esta realidad hace falta voluntad para cambiar, alejando las decisiones impuestas. No el voluntarismo reinante; tampoco las imposiciones, porque el carnavalero de verdad sabe que, por encima de todo, estas fiestas son sinónimo de libertad y de expresión de un pueblo, que en este caso clama, a viva voz, para que nuestra Piñata Chica "vuelva a ser grande otra vez".

*Concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Tacoronte

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