Qué ver en Tarragona en dos días: pequeña guía de la capital de la Costa Dorada

El casco histórico de Tarragona desde la Torre del Pretorio.

En Tarragona empezó todo. Y no es una exageración. Todo lo que somos tiene su origen en esta pequeña ciudad del sur de Cataluña. Ya había muchas gentes y cosas antes, está claro, pero nuestra cultura empezó a forjarse cuando en el 218 AC los romanos desembarcaron en Ampurias (bastante más al norte) para plantarle cara a los cartagineses y, de paso, iniciar la conquista de Hispania. Los romanos establecieron su cuartel general en lo que es ahora Tarragona. Según parece, en el lugar había una pequeña ciudad íbera (muchos dicen que se trataría de Cissis). Aquí descansaban las tropas romanas del célebre Cneo Cornelio Escipión y sus aliados íberos durante los inviernos. Por aquí entró la cultura romana, germen, junto a las aportaciones posteriores (bárbaros, árabes, judíos, indígenas americanos…) de lo que hoy somos. Así que no es exagerado decir que aquí, en Tarragona, fue donde todo empezó.

Día 1: La herencia de Roma

Tarraco fue, en sus mejores tiempos, una de las grandes ciudades del imperio. Por aquí pasaba la Vía Augusta, la imponente calzada que unía Cádiz con Roma, y el municipio ejercía de capital de la Hispania Citerior (Hispania cercana). Llegó a contar con más de 40.000 habitantes y una buena colección de grandes edificios públicos. Algunos de ellos aún pueden imaginarse a través de los restos que han llegado hasta nuestros días. Unos están en bastante buen estado de conservación, como los más de 1.100 metros de murallas que pueden admirarse desde el Paseo Arqueológico (Av Catalunya, 1; Tel: (+34) 977 245 796). Justo a la entrada de esta ruta junto a las defensas de Tarraco, hay un monolito que recuerda la declaración de este magno conjunto monumental como Patrimonio Mundial de la Unesco. Nada más entrar por la Puerta del Roser (una pequeña apertura realizada durante la Edad Media en los muros romanos) uno se da cuenta de que el reconocimiento de la UNESCO no es por tontería. El casco histórico de Tarragona es una verdadera lección de historia. Desde Roma hasta prácticamente antes de ayer. Y todo eso concentrado en un par de cientos de metros.

La Plaza del Pallol nos da la bienvenida a la ciudad intramuros. Junto a la puerta puedes ver restos del antiguo sistema de defensa romano y del foro provincial; a mano izquierda un soberbio palacio medieval; a tu derecha una preciosa maqueta de Tarraco (Plaza del Pallol, 3; Tel: (+34) 977 250 795) que te va a ayudar a comprender el batiburrillo de elementos que se concentra en esta zona y un poco más adelante la Casa Museo Castellarnau Tarragona (Carrer dels Cavallers, 14; Tel: (+34) 977 242 220), una casona nobiliaria de origen medieval pero que muestra el lujoso estilo de vida de la nobleza local durante los siglos XVIII y XIX. Sólo hemos recorrido 83 metros pero hemos pasado del siglo I al XIX. Eso es Tarragona. Es alucinante.  

Una de las cosas que te va a quedar clara al ver la maqueta de Tarraco es el proceso de repliegue de la ciudad durante la Edad Media. Y también el papel que las grandes infraestructuras públicas de la época romana tuvieron en el desarrollo del burgo medieval. Los grandes edificios de Roma quedaron integrados en la trama y sirvieron como cimientos, muros y, sobre todo, cantera de nuevos materiales de construicción. Un lugar ideal para ver cómo fue ese proceso es el Circo Romano. La destrucción del circo sirvió de base de lo que hoy es la Plaza de la Font. Los edificios aprovecharon los sólidos arcos del ‘estadio’ romano como pilares maestros de las casas que se fueron levantando a lo largo de los siglos. Esto se puede ver en muchos de los restaurantes y tascas que hay en la plaza. Algunos de estos edificios más modernos han ido cayendo (se puede ver en Saint Oleguer y Baixada de la Pescateria) dejando al aire algunos trozos de la estructura. La entrada al Circo de Tarragona (Rambla Vella, 2; Tel: (+34) 977 242 220) se hace a través de un hueco practicado en la Muralleta, el muro medieval que partió en dos a la antigua capital de la Tarraconensis. Aunque no lo parezca, es el edificio de su especie mejor conservado del mundo romano. En sus buenos tiempos tenía una longitud de 325 metros y una anchura de 100. Hoy pueden verse parte de sus galerías inferiores (que servían de vías de acceso y tránsito) y algunos restos de palcos y gradas confundidas entre las casas de las calles L’Enrajolat y Dels Ferrers. Desde las tripas del circo también se accede a la Torre del Pretorio. Esta torre cerraba una de las esquinas del Foro Provincial de Tarraco (el lugar dónde estaban las instituciones de gobierno y las autoridades religiosas) y en la Edad Media sirvió de fortaleza y residencia de la Corona aragonesa. Hoy sirve de atalaya privilegiada desde dónde puedes ver una de las mejores vistas de la ciudad y como custodia de algunas piezas arqueológicas como el bellísimo sarcófago de Hipólito.

Para terminar de ver lo que nos quedó de Tarraco hay que salir de la ciudad medieval e internarse, paradójicamente, en la ciudad más moderna. Ahí, entre los edificios aparecen restos como el Teatro (Carrer de Sant Magí, 1; Tel: (+34) 977 251 515) o el Foro Colonial (Carrer de Lleida, sn; Tel: (+34) 977 242 501), un lugar que da mucho más de lo que parece en un principio (puedes ver restos de antiguas calles, canalizaciones de agua, los restos de algunos edificios públicos y columnas). Mención aparte merece el famoso Anfiteatro de Tarragona (Parc de l'amfiteatre, sn; Tel: (+34) 977 242 579), una de las joyas del arte romano en toda la Península Ibérica. Por capacidad de espectadores (unos 15.000) sería el doceavo de todos los que han llegado a nuestros días pero también es de los mejor conservados aunque unas grietas han cerrado al público su graderío. Lo que más sorprende de este lugar es que uno puede reconocer los elementos de construcción de un estadio moderno: las mismas soluciones, los mismos diseños. Es increíble.

El paseo por la Tarragona romana no puede terminar sin una visita al Puente del Diablo. El Acueducto de les Ferreres (como se llama en realidad) es uno de los más completos y espectaculares del orbe romano. Para llegar en transporte público hay que tomar las líneas 5 u 85 desde la Plaza Imperial Tarraco (el trayecto apenas demora 10 minutos). Esta imponente estructura es la parte más espectacular de una infraestructura que trae el agua desde el Río  Francolí (a unos 15 kilómetros de distancia). El acueducto salva un valle de 217 metros a través de una estructura que, en su parte más alta, alcanza los 27 metros. Para ello se construyeron 36 arcos de piedra que ahí están desde el siglo I.

El Museo Nacional de Arqueología (Plaza del Rei, 5;(+34) 977 25 15 15; E-mail: mnat@gencat.cat).- Es uno de los grandes museos de su especie en toda España. Sus colecciones romanas son imponentes y es una de las visitas que hay que hacer sí o sí si se viene a Tarragona. En la actualidad está cerrado por obras, pero puede verse una exposición de sus piezas más importantes en el Tinglado 4 del Puerto de Tarragona.

La Necrópolis Paleocristiana de Tarragona (Avinguda de Ramón y Cajal, 84; Tel: (+34) 977 21 11 75).- Los cementerios de las ciudades romanas se situaban fuera de los muros de la ciudad siguiendo los caminos que daban acceso a la misma. Era una manera de integrar a los muertos en el día a día de las ciudades. Y Tarraco no era una excepción. La necrópolis paleo cristiana se encontraba en las orillas de la Vía Augusta y es un ejemplo magnífico de las costumbres funerarias tardo romanas (siglos III al V). El yacimiento y su centro de interpretación es una buena oportunidad para conocer los ritos funerarios de aquellos tiempos.

Día 2: Catedrales y burgueses

Lo bueno de una ciudad de las dimensiones de Tarragona es que uno puede ir y volver por los mismos lugares varias veces en apenas un par de días. La ruta de hoy la empezamos, otra vez, en el casco histórico. Pero casi mil años después que en el día anterior. Una buena forma de escalar hasta la zona alta desde la Plaza de la Font es el Carrer Mayor. Esta vía estrecha conduce hasta las escaleras que dan acceso a la Catedral de Tarragona (Plaza de la Seu, sn; Tel: (+34) 977 226 935). Una vez más nos topamos con los romanos porque muchas de las piedras de este templo gótico fueron parte del templo de Augusto (aunque también catedral visigoda y mezquita árabe): el más notable es el llamado Sarcófago de Bethesda, que está adosado a la fachada junto a la entrada principal. Merece la pena verla y pasear por sus naves, ver su claustro y ver los restos de ese antiguo Templo de Augusto que se han sacado a la luz hace pocos años. En entorno de la catedral también está lleno de viejas casonas, palacios y pequeñas ermitas -imperdible la de San Pablo (Carrer de Sant Pau, 4; Tel: (+34) 977 247 190)-. Una buena manera de ver una de estas casas por dentro es visitar alguno de los museos de la zona: la Casa Canals (Carrer d'En Granada, 11; Tel: (+34) 977 242 220) y el Museo de Arte Moderno de Tarragona (Carrer de Santa Anna, 8; Tel: (+34) 977 235 032).

Pero también basta con callejear. En las inmediaciones de la Plaza de’n Rovellat se mezclan algunas piedras del Foro Provincial con los restos del Ca la Garsa (Plaça dels Àngels, 15), un viejo edificio medieval que algunos expertos identifican como sinagoga. Lo que está claro es que en esta zona, junto al lienzo este de la muralla y a escasa distancia de la Torre del Pretorio, se encontraba la judería de Tarragona: aislada de la ciudad mediante arcos (como el que se puede ver en la calle Talavera) y protegida de las frecuentes iras del común por la corona. En un par de minutos ya estaremos bajo la Torre de les Monges, justo donde el muro romano se encuentra con la Muralleta medieval. Aquí una gran avenida, la Rambla Vella (Rambla Vieja), divide la vieja Tarragona de la nueva. En tiempos de Roma, esta era una de las calles principales de la ciudad y su trazado coincidía con la Vía Augusta. Esto pone de manifiesto la contracción urbana que vivió Tarragona tras la caída del Imperio Romano. No fue hasta finales del siglo XIX cuando la ciudad volvió a empezar a ocupar los límites de la Tarraco del siglo I. Es muy loco.

La Rambla Nova ejerció de motor de esa expansión urbana fruto del crecimiento industrial de la región durante el cambio de siglo. El paseo por la rambla se inicia, sí o sí, en el Balcón del Mediterráneo, un mirador que da para la Playa del Miracle. Y desde aquí se extiende hasta la Plaza Imperial Tarraco en una animada rambla en la que se suceden los monumentos (espectacular el de los Castellers) y las fachadas bonitas. En esta zona se acumula, por ejemplo, el rico patrimonio modernista de la ciudad. Este estilo artístico, íntimamente ligado al crecimiento económico de la burguesía catalana, está representado por un buen número de edificios que se encuentran en la propia rambla o en sus alrededores. El modernismo dejó su impronta en multitud de viviendas privadas (Casa Salas –Rambla Nova, 26-; Casa Bofarull –Rambla Nova, 37-; Casa Porta Mercadé –Plaza Corsini, 5-; Casa del Doctor Aleu –Rambla Nova, 97), en edificios públicos (Mercado Central –Plaza Corsini, sn-; Cámara de Comercio Industria y Navegación –Pau Casals, 17-; Colegio Santa Teresa de Jesús –Rambla Nova, 79-; Hotel Continental –Apodaca, 30-) y hasta edificios religiosos (Capilla de la Iglesia de San Francisco –Rambla Vella, 28-; Camarín del Convento de los Carmelitas Descalzos –Assalt, 11-). Mención aparte merece el espectacular monumento funerario dedicado al rey Jaume I que se encuentra en el Ayuntamiento de Tarragona (Plaza de la Font, 1).

Y terminamos el paseo junto al mar. La calle Pere Martell sirve de paso para cruzar esa frontera inexplicable que a base de vías de tren aún separa la mayor parte de la ciudad del mar. Llegamos al Serrallo. Este barrio humilde fue hogar de pescadores y marineros desde los tiempos de Tarraco. Hoy, sus casas pintadas de color pastel y la proliferación de restaurantes lo ha convertido en un atractivo más de la ciudad. Si eres amante de la cultura marítima no dejes de visitar el Museo del Puerto (Moll de la Costa, sn; Tel: (+34) 977 259 434), una excelente instalación cultural que recorre la historia náutica de la ciudad desde los tiempos de Roma hasta nuestros días. Desde aquí puedes acceder, también, a la Playa del Miracle, una de los varios playazos con los que cuenta la ciudad.

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