Baja la persiana el último videoclub de Sevilla: “Han sido más de 33 años, pero el negocio no aguanta más”
“Se traspasa o se alquila”. Así de frío es el mensaje que se puede leer desde hace algunos días en el escaparate de un comercio de la localidad sevillana de Utrera. No dejaría de ser un mensaje más en un comercio más que quiere cambiar de manos empresariales por distintas razones, pero tras ese cartel hay mucho más. Porque cuando ese local cierre sus puertas quedarán atrás más de 30 años de historia de su actividad empresarial y, al mismo tiempo, se cerrará una página de una forma de disfrutar el ocio que no tiene camino de vuelta: llegar a casa con una película para ver tranquilamente tras haberla alquilado en un videoclub.
Sí, el cierre de este comercio, ‘Videoclub Consolación’, conlleva decir adiós al último lugar para alquilar películas que quedaba en la provincia de Sevilla, y también se van tachando casillas en la lista de estos lugares en el territorio español.
No hay datos concretos de cuántos videoclubs quedan en activo en los 9.000 municipios y ciudades españoles, pero una respuesta a esa pregunta por parte de la Inteligencia Artificial cita que hay entre 200 y 300 locales operativos (cifras de 2023), mientras que en 2005 eran 7.000. Son datos recogidos de la Asociación Nacional de Empresarios Mayoristas del Sector Videográfico (Anemsevi), entidad que tiene entre sus fines el sostenimiento de una ventana de exclusividad para el alquiler videográfico, y colaborar con la Federación Antipiratería en la lucha contra la venta de copias ilegales y las descargas realizadas de Internet, así como por el desarrollo y consolidación de una legislación que proteja de un modo efectivo al sector videográfico frente a los que delinquen.
Pero no ha sido la piratería la que ha terminado con estos negocios, sino internet. Eso y que por poco más de cinco euros al mes se puede tener en casa una plataforma que ofrezca centenares de títulos sin necesidad de salir a la calle a buscar el DVD o el Blu-Ray. Con todo añadido, el próximo 31 de marzo, María del Rosario Lobo y su marido, Antonio Castejón, cerrarán el negocio que abrieron en 1993, el último videoclub que quedaba en los 106 municipios de la provincia sevillana.
“La gente esperaba en la calle a que hubiese hueco para entrar”
Por eso, entrar en su local de la calle Santiago Apóstol de Utrera, en un barrio de gente trabajadora nada más entrar en el pueblo desde Sevilla capital, es como meterse en el Roxy, el local que Joan Manuel Serrat recuperó para siempre en una canción, en la que contaba cómo cuando cerró ese cine en 1969, los protagonistas de sus películas siguieron recorriendo sus pasillos, en lo que después se convirtió en un banco. “Echaban NO-DO y dos películas de esas que tú detestas y me chiflan a mí, llenas de amores imposibles y pasiones desatadas y violentas”, cantaba Serrat. Ahora, en un local de unos 70 metros cuadrados, el 'Videoclub Consolación' se prepara para que sus propios fantasmas del celuloide recorran sus losetas cuando el 1 de abril ya no levante su persiana.
María del Rosario (todas las personas que entran en su negocio la llaman Chari) lleva con resignación y paz al mismo tiempo la decisión que han tomado en casa. “Son muchos años trabajando, y ha llegado la hora de la jubilación, y sostener un negocio como este ya es imposible”, asegura a SevillaelDiario.es mientras cuenta que, en 1993, su marido y ella se hicieron con un local en la calle Álvarez Hazañas del mismo municipio, que rápidamente llenaron de cintas VHS en sus estantes.
“En aquella época era increíble el movimiento que tenía el videoclub. Había hasta gente en la calle esperando que hubiese hueco para entrar”, recuerda, y, sobre todo, dice, cuando llovía. Era el momento en el que los utreranos se pertrechaban de las películas que verían en casa tranquilamente mientras salía o no el sol. En aquellos días, Utrera tenía unos 47.000 habitantes, y convivían hasta diez videoclubs, que, sobre todo los viernes, se preparaban para la avalancha de visitas en busca del VHS que acababa de llegar a sus baldas.
A aquel primer videoclub le nació un hermano. En 1997, la pareja alquiló un local para ampliar el negocio, y todo iba bien. Pero para unificar todo en un mismo sitio, hace 23 años compraron el local de la calle Santiago Apóstol, donde el negocio ha ido sobreviviendo, hasta que “el efecto Netflix” ha ido minando poco a poco su caja registradora. En su día, tuvieron que prescindir de la empleada que tenían contratada, porque no había para más.
“Hemos probado con tener más cosas disponibles, como servicios de telefonía, juegos de la ONCE o venta de terminales móviles, pero ya no se puede seguir”, dice Chari, que cita que su clientela está formada, sobre todo, por gente de mediana edad, “que le gusta tener el disco en sus manos, ponerlo y disfrutarlo”, una costumbre que se va extinguiendo, igual que los más jóvenes están dejando de alquilar juegos para sus consolas, el otro nicho de su negocio.
Nueva etapa
No obstante, al hablar con ella se percibe que si no fuese porque le ha llegado la hora de la jubilación puede que hubiese intentado seguir tras el mostrador, pero es complicado pensar en la viabilidad de un negocio en el que solo cuesta dos euros llevarse una película a casa, con flexibilidad incluso para tenerla el fin de semana por el mismo precio. “Estaba esperando la ocasión de jubilarme. He aguantado más por eso, y me he ido sacando mi sueldo, pero ya no se puede”, lamenta.
Ahora, sus películas se pondrán a la venta a precio de saldo. Chari está manteniendo sus estanterías llenas hasta el último momento, renovadas con los últimos títulos de estreno, y confía en que, cuando cierre sus puertas, todos sus actores y actrices se hayan ido a las casas de Utrera, donde tendrán una nueva vida, como los juguetes de Andy, el niño de Toy Story, cuando se fue a la Universidad.
Bajará la persiana, eso sí, sin que hayan vuelto a sus estanterías algunas de las películas y juegos que fueron alquilados en su día, a pesar de que su marido recorría las calles en ocasiones par ir a buscar a las viviendas esa cinta o disco que “por olvido” no había vuelto a la estantería de donde fue fue recogida. Es un “olvido” que, por cierto, ha afectado siempre a este negocio. Chari asegura que cobrar el recargo que suponía era el peor rato que pasaba ante el cliente.
Ha llegado el momento de que alguien se haga con el alquiler del local para otra actividad, aunque ella confía en que aparezca quien quiera seguir con la actividad del alquiler de películas en el primer cuarto del siglo XXI. De momento, va tachando días en el calendario, y no hay que descartar que, como pasó con el Roxy, los fantasmas de sus películas recorran el videoclub, como recorrían el banco en el que se convirtió el cine barcelonés un trasatlántico en el que Fred Astaire y Ginger Rogers se marcaban 'El continental’. Casi parafraseando a Serrat, son los fantasmas del cine, que no descansan en paz, pero esa, ya es otra historia.
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