“Liébana es como un cráter gigante”: el suelo se seca y amenaza el futuro del valle de Cantabria
Para entender hasta qué punto ha escalado la sequía más grave que azota la alta montaña cántabra desde julio de 1961, hay que subir a Vega de Liébana. En este municipio —con cotas que van desde los 344 metros hasta picos de 2.536 metros—, la falta de agua y de pastos acorrala a los ganaderos sin que, por el momento, los organismos oficiales hayan planteado medidas ni soluciones para afrontar la crisis.
Un lugar donde la primavera llega de forma tardía y en la mayoría de los casos el ganado se estabula hasta mayo; la escasez ha roto el ciclo natural al cual están acostumbrados en la zona. Debido a su situación geográfica —picos al este, la cordillera Sagra y la zona oeste los picos de la montaña palentina—, las tormentas de verano no han entrado, y aunque en mayo y junio todo ha estado verde, posteriormente se ha secado dejando un paisaje desolador. Alberto, un ganadero de Cucayo, declaró: “Este año ha sido extremo”. Una valoración con la que coincide Javi, otro ganadero lebaniego, el cual define la situación como: “Mala, ya que hace años no se había visto una sequía tan fuerte que afectara tanto al pasto como a los manantiales, que se han secado varios y no sabemos si volverán”.
En los puertos de montaña, el recurso hídrico es escaso y aguanta a duras penas, pero exige a los animales un esfuerzo físico, ya que, en muchas ocasiones, deben moverse para poder beber. “El agua, bueno, le cuesta. Queda poca, pero siempre hay un poco en los puertos; igual se tienen que desplazar uno o dos kilómetros”, explica el ganadero de Cucayo. Esto ha obligado a fragmentar el comportamiento habitual del ganado, acostumbrado a moverse en manada; debe separarse para encontrar pequeños manantiales de agua y poder abastecer a todas ellas. “Para 50 vacas que tengo, estaban unas por cada lado, porque unas decidieron buscar agua en una zona y otras en otra, según les daba la sed”.
Sin embargo, la crisis hídrica ha llegado a un punto en el cual no solo golpea al monte, ha impactado fuertemente en la población, declara Javi muy preocupado con la situación: “No es que preocupe que las reservas de agua puedan agotarse si continúa sin llover, es que ya ha pasado y no solo es los animales; en nuestro pueblo tiene que traer agua el ayuntamiento todos los días con una cisterna desde otros pueblos… nos quedamos sin agua incluso en invierno con las vacas en las cuadras”. Además de eso, señala que, a pesar de que otras veces ha pasado esto, este es el peor año hasta la fecha: “Este año está siendo el peor, pero se lleva arrastrando así varios años”.
El problema de la falta de agua va de la mano con la trashumancia, un tipo de pastoreo en movimiento en el cual los ganaderos cambian sus rebaños entre los pastos de invierno y de verano. Muchos ganaderos lebaniegos trasladan sus reses a los puertos de montaña palentina, pagando un precio, y cuando el alimento se agota y el otoño-invierno asoma, los animales vuelven a territorio cántabro.
Sin embargo, la sequía ha inutilizado ambas vertientes; si Cantabria está seca, Castilla está aún peor: “El problema que tenemos es que hacemos la trashumancia a una zona que está superseca, más que la nuestra”, advierte Alberto. Al encontrarse Castilla agostada y los prados sin un solo brote verde, la única opción es retrasar lo máximo posible la bajada. “Se está estirando el momento de bajarlas”. Lo normal es bajarla en octubre o noviembre, pero están contra las cuerdas y tendrán que hacerlo a finales de agosto o principios de septiembre, como muy tarde.
“Llovió en mayo, pero no echó. No hay ni hierba seca y hemos tenido muy poca recolección por la seca”, lamenta Alberto. Sin pasto en el monte, el ganado comienza a adelgazar a marchas forzadas y los terneros no alcanzan el peso de venta, obligando a los ganaderos a comprar camperina —un pienso tradicional— y forraje traído de fuera a precios desorbitados. El hecho de que los animales pierdan peso es un problema, debido a que se devalúan sus precios y el dueño de los animales tiene una pérdida económica elevada para las familias que viven de ello. Javi menciona que esto va a implicar gastar prematuramente las reservas de invierno: “Y empezaremos gastando lo que hemos almacenado, pero si lo gastamos ahora en invierno, habrá que comprar”. En algunos casos tendrán que optar por vender parte de su ganado para mantener al resto en buenas condiciones. “Quiero quitar algo porque, si viene mal invierno y tienes que comprar, al final hay una técnica: hay que vender unas para que coman otras”.
El ganadero de Cucayo advierte de que el deterioro en el ganado se ve progresivamente, pierden peso, de por sí en el mes de julio comen poco, y cuando vuelven a comer más es en agosto, pero no hay alimento. “Durante el verde de julio, las vacas comen muy poco, las ves siempre tumbadas. Luego ya empiezan a necesitar más en agosto, que es ahora y ahora es cuando no lo hay”. Por otro lado, Javi, alarmado, advierte de lo perjudicado que se va a ver el sector a causa de esta sequía: “Los animales día a día van bajando de peso; por eso habrá que dar comida y no solo son los terneros que se venden; es en las reproductoras que, al perder peso, quedan preñadas más difícil y es todo una cadena”.
A la escasez de alimento para el ganado se le suma el desplazamiento de la fauna silvestre que, empujada por la sequía, se ve obligada a acercarse a los núcleos urbanos y a las explotaciones ganaderas para obtener algo que comer o para hidratarse, aunque aún no se han detectado ataques graves en la zona. “La sequía afecta a todo y la fauna salvaje tiene que buscarse la vida. Se acercan a donde hay comida y, por tanto, al ganado y a los pueblos. La gestión con los animales silvestres es de descontrol: ni saben cuánto censo tienen ni hacen nada por alejarlos de las zonas habitadas”, denuncia Javi.
Entre las distintas especies, la presencia del oso ha sido especialmente llamativa esta temporada. Los vecinos aseguran que nunca habían visto ejemplares tan cerca de las viviendas, destacando el avistamiento de osas con sus crías. Además, Alberto, propietario de la Posada de Cucayo, alerta de que los propios huéspedes se han topado con ellas: “Ayer, clientes que tengo en la posada se fueron a dar un paseo y se tropezaron con una osa con crías”. Esta cercanía genera inquietud y miedo por el riesgo de un ataque defensivo si el animal se siente amenazado, aunque los ganaderos aclaran que no se han registrado agresiones a personas y que los daños en el ganado han sido mínimos, limitándose principalmente a destrozos en árboles frutales. “Hace 15 días, a 60 metros, un oso estaba destrozando ahí dos árboles frutales, dos perales” y en las bolas de silo. A pequeña escala, a pesar de que muchos piensan que el lobo es el principal depredador, realmente el conflicto lo han marcado los depredadores menores; tal como señala el ganadero de Cucayo, los ataques de zorros a los corrales domésticos han sido constantes: “Esta primavera ha sido nefasta para las personas que tenían gallinas”.
Asimismo, no todo es cuestión del fuerte cambio climático que azota al mundo entero, las exigencias burocráticas que se exigen desde despachos amenazan con asfixiar todavía más al sector, “Según qué subvenciones, hay unos compromisos de que los animales tienen que estar cierto tiempo en lo comunal; si la cosa sigue así habrá que bajarlas a las fincas y echar de comer y beber, así que esos compromisos igual quedan comprometidos”.
Ante este lamentable escenario, los profesionales del campo reclaman medidas urgentes a las instituciones. Por un lado, al igual que ha ocurrido en Euskadi, solicitan ayudas para poder comprar alimento y evitar así el desmantelamiento de más explotaciones ganaderas: “Estaría bien que, viendo la situación inusual que hay, sacaran alguna ayuda para comprar ceba y que podamos mantener todos los animales. Con alguna ayuda para comprar pienso, por supuesto justificando su compra, tendríamos la posibilidad de mantener el número de ganado”, sugiere Javi.
Por otro lado, Alberto propone una inyección económica calculada en función de la dimensión de cada explotación: “Creo que sería necesaria una ayuda para los ganaderos que estemos afectados por esta sequía en todas las zonas de Cantabria, cuantificada según las Unidades de Ganado Mayor (UGM) de cada explotación”. Matiza posteriormente que más que una indemnización sería una ayuda para poder seguir adelante y hacer frente a este problema que afecta a muchas personas de forma indirecta o directa.