El Gobierno de Castilla-La Mancha ha declarado oficialmente el 'Damasquinado de Toledo' como Bien de Interés Cultural (BIC), enmarcado dentro de la categoría de Bien Inmaterial, reconociendo de esta forma uno de los oficios artesanos “más emblemáticos y representativos de la identidad histórica y cultural de la ciudad”, tal y como se ha publicado este 14 de enero en el Diario Oficial de Castilla-La Mancha.
Esta declaración ultima un expediente iniciado en enero de 2025 por la Viceconsejería de Cultura y Deportes, que contó con un periodo de información pública, evaluación de alegaciones del sector y de la Fundación Damasquinado de Toledo, además de con el informe favorable de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo. Tras corroborar sus valores históricos, artísticos y sociales, la Consejería de Educación, Cultura y Deportes elevó la propuesta al Consejo de Gobierno, que la aprobó el pasado martes.
El proceso para crear “piezas únicas”
El damasquinado es una técnica decorativa que consiste en la incrustación manual de hilos o láminas de oro y plata sobre hierro o acero, mediante un proceso artesanal de “gran complejidad y precisión”. Comienza con el 'picado', donde el artesano traza, con una punceta, una delicada red de surcos sobre la superficie metálica, generando la textura necesaria para recibir el metal precioso.
A continuación, llega la incrustación, la etapa más minuciosa, en la que el artesano guía con una mano los finos hilos de oro de 24 quilates, mientras la otra los fija con precisión usando un punzón. Una vez asegurado el diseño, la pieza se somete al pavonado, un tratamiento químico que, a altas temperaturas de entre 700 y 800 grados, oxida el acero hasta lograr un negro intenso y uniforme, resaltando el brillo dorado con un contraste impresionante. Finalmente, mediante el sombreado y repasado, se aporta profundidad y movimiento a las figuras, empleando bruñidores y punzones para crear sutiles juegos de luz y sombra que dan vida a cada detalle.
Una “manifestación cultural viva”
Aunque sus orígenes se remontan a civilizaciones antiguas como Egipto, China, y más tarde en la cultura visigoda en la península ibérica, no es hasta el XVI que empieza a popularizarse en España. En Toledo esta técnica alcanzó un desarrollo singular, especialmente a partir del siglo XVIII con la fundación, en 1761, de la Real Fábrica de Armas por el rey Carlos III.
Desde ese momento, el damasquinado quedó ligado a la ciudad, primero a través de la producción de armas y objetos de lujo y, después, por la amplia variedad de piezas decorativas y de uso cotidiano. A lo largo de los siglos XIX y también buena parte del XX, Toledo experimentó una “edad dorada” de este oficio, con la proliferación de talleres artesanos en el Casco Histórico y la consolidación de una tradición que se ha ido transmitiendo de maestros a aprendices a lo largo de generaciones.
Por otro lado, la Fábrica de Armas y la Escuela de Artes y Oficios también desempeñaron un “papel fundamental” en la producción y formación de damasquinadores, donde muchos de ellos alcanzaron reconocimiento a nivel nacional e internacional. A pesar de la aparición de una producción industrial mecanizada en las últimas décadas, el damasquinado artesanal permanece vivo y mantiene sus técnicas tradicionales.
La declaración como BIC implica la aplicación de medidas de protección y salvaguarda destinadas a garantizar la documentación, conservación, difusión y transmisión del oficio. Entre ellas se incluyen acciones de investigación histórica y etnográfica, programas educativos, iniciativas de divulgación cultural, señalización de espacios históricos vinculados a los talleres y el fomento del uso de técnicas tradicionales y certificaciones de origen.
Con este reconocimiento, las instituciones subrayan el valor del damasquinado no solo como una técnica artesanal, sino como una “manifestación cultural viva”, estrechamente ligada a la historia, la imagen y la memoria colectiva de Toledo, y cuyo futuro pasa por conjugar tradición, formación e innovación.
Por otro lado, señalan la “necesidad” de que el damasquinado toledano actual “encuentre sus lazos de relación con el eibarrés, entendiendo que en las dos localidades se mantiene una artesanía tradicional única en su género, cada una de ellas con sus peculiaridades que las diferencian, para, conjuntamente, fomentar su completo desarrollo”.