Las hijas del silencio: una aproximación al Patronato de Protección a la Mujer en Castilla-La Mancha
El franquismo no solo encerró a mujeres. Consiguió algo mucho más duradero: que durante décadas nadie preguntara por ellas.
Entre 1941 y 1985, el Patronato de Protección a la Mujer vigiló, clasificó e internó a miles de adolescentes y jóvenes consideradas en «riesgo moral». Su misión oficial era “protegerlas”; en realidad, fue una institución destinada a controlar la conducta femenina y a preservar el modelo moral que la dictadura consideraba aceptable. Sin embargo, durante mucho tiempo apenas se habló de ellas. No hubo homenajes, ni reconocimiento ni una memoria compartida.
Mientras otras víctimas del franquismo comenzaban lentamente a ocupar un lugar en la historia, ellas siguieron siendo las grandes olvidadas. Como si nunca hubieran existido. Como si el silencio impuesto entre los muros de aquellos centros hubiera continuado acompañándolas mucho después de recuperar la libertad.
Quizá ese fue el mayor triunfo de aquel sistema: convertir el silencio en una segunda condena. Y el silencio, como las cicatrices, también se hereda.
Podría haber ocurrido en cualquier pueblo de Castilla-La Mancha. Una mañana cualquiera de finales de los años sesenta. Una adolescente cruza la plaza con una pequeña maleta entre las manos. Su madre llora y su padre apenas habla. Las campanas de la iglesia marcan la hora mientras dos mujeres la acompañan hasta un coche que espera a la salida del pueblo. Nadie pregunta. Algunos vecinos bajan la mirada mientras otros murmuran que «es por su bien». El párroco ya ha hablado con la familia y todo parece estar decidido.
La muchacha ni ha robado, ni ha matado, ni ha cometido ningún delito. Quizás se enamoró antes de tiempo o se quedó embarazada o quizá simplemente quiso vivir una vida distinta de la que otros habían imaginado para ella. Cuando el coche se aleja, no solo abandona el pueblo. Deja atrás sus amigos, su casa y su infancia. Y, durante un tiempo, también deja de pertenecerse a sí misma.
Descubrí que las Adoratrices habían dirigido numerosos centros vinculados al Patronato de Protección a la Mujer. Entonces comprendí que había convivido con uno de esos silencios sin reconocerlo
Durante muchos años pensé que esta era una historia lejana. Una de esas páginas oscuras que siempre ocurrían en otros lugares. Hasta que un recuerdo regresó.
Cuando estudiaba Magisterio viví en la residencia Jorbalán, en Ávila, dirigida por las religiosas Adoratrices. Desde una galería podía verse un amplio patio interior y, al fondo, otro edificio., en el que, alguna vez, veíamos alguna joven. Nunca pregunté qué había allí. Nadie nos habló de aquel lugar. Formaba parte del paisaje cotidiano y jamás imaginé que, tras aquellos muros, podían esconderse historias que durante décadas permanecerían silenciadas.
Mucho tiempo después descubrí que las Adoratrices habían dirigido numerosos centros vinculados al Patronato de Protección a la Mujer. Entonces comprendí que había convivido con uno de esos silencios sin reconocerlo. Y una pregunta comenzó a acompañarme.
¿Qué ocurrió en Castilla-La Mancha? ¿Qué pasó con las muchachas de nuestros pueblos?
Las respuestas no aparecieron de golpe. Fueron llegando poco a poco gracias al trabajo de quienes llevaban años investigando una institución prácticamente desconocida para la mayoría de la sociedad. Las encontré en documentales y reportajes que comenzaron a rescatar esta historia del olvido. Pero, sobre todo, en la investigación de la historiadora Carmen Guillén Lorente, cuya obra “Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985)” constituye, hoy por hoy, una referencia imprescindible para comprender el funcionamiento y el alcance de esta institución. Su trabajo desmonta una de las grandes ficciones del franquismo.
El Patronato no fue una simple obra de beneficencia. Fue un sistema de vigilancia y control que reunió a autoridades civiles, religiosas y judiciales con un mismo objetivo: corregir a aquellas mujeres que no respondían al ideal femenino impuesto por la dictadura.
Mientras leía aquellas investigaciones me di cuenta de que seguía existiendo una pregunta que, al menos para mí, permanecía abierta.
¿Cómo se vivió todo aquello en Castilla-La Mancha? No encontré una respuesta completa. Y esa ausencia también me pareció significativa. Porque el silencio no solo afectó a las mujeres que pasaron por el Patronato. También alcanzó a la memoria de los lugares donde vivieron. Hay documentos cuya lectura resulta difícil. No por el lenguaje que utilizan, sino por la normalidad con la que describen decisiones capaces de cambiar una vida.
Los expedientes que han salido a la luz gracias al trabajo de historiadoras como Carmen Guillén Lorente muestran una burocracia minuciosa: informes, solicitudes, autorizaciones, valoraciones morales y resoluciones administrativas. Todo aparece escrito con una frialdad que impresiona.
Tras ese lenguaje burocrático no había delincuentes. Había adolescentes, jóvenes cuya conducta era juzgada porque mantenían una relación sentimental, porque habían quedado embarazadas, porque escapaban del control familiar o, sencillamente, porque alguien consideraba que se encontraban en «peligro moral».
Castilla-La Mancha no permaneció al margen de aquella realidad. Las investigaciones disponibles permiten afirmar que el Patronato también desplegó aquí su estructura de control
La violencia del Patronato no se ejercía únicamente entre los muros de los centros. También residía en esa aparente normalidad administrativa que convertía la vida de una muchacha en un expediente.
Castilla-La Mancha no permaneció al margen de aquella realidad. Las investigaciones disponibles permiten afirmar que el Patronato también desplegó aquí su estructura de control, como ocurrió en el resto del país. Sin embargo, la historia concreta de su funcionamiento en nuestra región todavía necesita ser reconstruida con mayor profundidad. Quedan archivos por estudiar. Edificios cuya historia apenas conocemos. Y, quizá lo más importante, testimonios de mujeres que durante décadas nunca encontraron un espacio donde ser escuchadas.
Resulta difícil no preguntarse cuántas adolescentes desaparecieron durante un tiempo de la vida cotidiana de nuestros pueblos sin que nadie volviera a preguntar por ellas. Cuántas regresaron años después sin explicar nunca dónde habían estado. Y cuántas aprendieron que el silencio era la única forma posible de seguir adelante.
El Patronato no desapareció con la muerte de Franco. Continuó existiendo hasta 1985. Es un dato que todavía sorprende porque obliga a revisar la imagen simplificada que a veces tenemos de la Transición.
Mientras España aprendía a convivir con la democracia, muchas de aquellas mujeres seguían viviendo con una culpa que nunca les perteneció. No fueron consideradas presas políticas, ni recibieron reconocimiento público. Su historia apenas ocupó espacio en los libros de texto. Y muchas nunca contaron lo ocurrido ni siquiera dentro de sus propias familias.
La historia del Patronato en Castilla-La Mancha dista mucho de estar completamente reconstruida. Cada documento recuperado y cada testimonio que sale a la luz ayudan a comprender una realidad que durante demasiado tiempo permaneció oculta.
Necesitamos seguir investigando, leyendo, escuchando. Y, sobre todo, seguir preguntando. No para juzgar el pasado desde el presente, sino para comprenderlo. Porque la memoria no consiste únicamente en recordar los grandes acontecimientos. También exige devolver un lugar a quienes fueron apartadas de la historia.
Posiblemente, mañana volvamos a pasar delante de un antiguo convento, una residencia o un edificio que un día formó parte de aquella red de control. Lo haremos sin que nada haya cambiado en sus muros.
Pero habrá cambiado nuestra mirada. Y eso también es memoria. Porque detrás de cada expediente hubo una vida. Detrás de cada decisión hubo una adolescente. Y detrás de cada silencio hubo una mujer que nunca eligió callar. No eran mujeres caídas ni descarriadas. No eran un problema moral. Eran hijas, hermanas, vecinas... Eran jóvenes de Castilla-La Mancha o de otros lugares. Y durante demasiado tiempo fueron, sencillamente, las hijas del silencio.