Castilla-La Mancha Opinión y blogs

Sobre este blog

El veraneante (VI)

0

Tormenta de verano en el lugar de Pescueza, ovejas atalantadas alrededor de una encina, una de pie un poco antes de que anochezca. Esa es la oveja elegida para el sacrificio. Relámpagos lejanos. Qué sea el cielo el que mate todavía hoy es una bendición.

¿Qué se ve desde aquí? Al menos que sea un lugar como el del verano pasado, pensó el veraneante. Un lugar que desde la umbría se abra a lo vasto, y unas montañas bien puestas allí.

Ahora, y desde ese instante, él guardaría silencio y no desvelaría ese lugar a nadie. Muchos pasan y no se quedan: he aquí el lugar para escribir el libro, y en el lugar para escribir el libro también había un río, un río como el Ucero o el Uso, como el Seber o el Magasca. Nadie sabe dónde están. Un río en el que uno, sin ser un gran nadador, no podría ahogarse. Y él lo llamó el río de las mañanas, el temprano, y el río hacia la noche. Tampoco desvelaría el nombre del río, pues era un río para él solo; como mucho uno de esos tantos ríos secos que hay por el país. En una carta, que ni dios sabe cómo pudo llegarle a los pocos días a ese lugar, escrita en un papel azul muy fino, y que dejaba arrastrase que ya no se atrevía a pensar que vería la mayor parte de la tierra, y en el que añadía a esto el otro fracaso del que uno no es culpable: el no haber vivido en todas las épocas.

En el acuse de recibo del veraneante: ¿no sería mejor que nunca hubiéramos salido de la caverna? Y ahora que las visitamos, que vamos de Pech Merle a Altamira y entramos en las grutas oscuras con linternas de luz ultravioleta. Me daba miedo ya-no-sé-que más que la nada, y aquella luz negra, la luz UV-A, las lámparas de Wood en aquellos mediodías incandescentes del verano bajo ese sol de los muertos, donde como bichos, escondidos del sol, en una casa de adobe con apenas dos ventanucos, o respiraderos, a salvo en aquella oscuridad de mampostería azul, a resguardo como ahora en este lugar de ¿Pescueza? Solo puede llegar aquí el que se ha perdido.

Otros días de calor, tormentas secas: les falta la humedad del amor, les falta que tú les cantes, lo haces mal, cantas mal, y eso es suficiente para que las tormentas secas se desencadenen e incendien sin ser vistas el pasto seco.

Ahora debemos escribir todas las frases que Posidonio escribió y se perdieron, 'La sabiduría del sol', y las que a punto de escribir no escribió. “El ritmo de las olas: ni se apresuran ni se detienen. Así debe ser tu vida”.

Paisaje desolado, este -si pudieras verlo- sobrio, ancho, sin final concreto. Estoy en allí y lo veo -si tú pudieras verlo- Debería haber otro también aquí, el testigo mudo, digamoslo así, testigo de lo desolado, paisaje o tierra quieta, detenida entre dos lugares sin nombre, y el testigo, ese otro que se allega para ayudarme a ver, señalaría a aquella vía de tren abandonada, allí -¿la ves?- con su talud de hierba seca muy crecida donde echarse a dormir; aquello que atraviesa la nada. Nadie vendrá a compartir esto que uno ve, la llanura al final de un tiempo o una época, campos de hierba a punto de arder en cuanto digas la palabra que lleva la chispa, hierba rala y viciosa, los campos sin límites parecen muy antiguos, amarillos hasta casi el blanco. Si pudieras verlos también callarías y nos echaríamos a dormir sobre el talud de la vía de tren.

A veces es por una carretera por la que apenas van coches, estrecha, sin arcén, del color de las carreteras que se pierden en el país del sol. Amas lo que se pierde, lo que te lleva a lo perdido por el lugar perdido, bajo el sol de los trallazos. Da igual la carretera, en otros tiempos irías cantando, avanzando rápido, sabiendo que pronto habría un río en tus ojos. Ahora en silencio, con tu gran y lento silencio, de otro modo, y por fe en ti cada vez más despacio.

Aún quedaban en ese lugar hombres que no habían visto el mar: esa es la esperanza, la esperanza de que desaparezcan las reproducciones de imágenes, y la vuelta al lenguaje sagrado de lo que no se ve ni puede llegar a verse. Y aunque no hubieran visto el mar real, si habían sido contaminados por diferentes y muchas imágenes. Aquí mismo, un poco más allá, un hombre del río llamó a una de sus hijas Marimar y a otra Pacífica.

Idiotas bailando sin saber bajo el sol de Ocaña, zombis del mediodía, Born Slippy sin aves negras y builds-up de estepa de calzoncillos negros; en la yesera reseca del Yepes, campos de gipsófitas, hierba jabonera y de las pecas, al ver al loco comiéndose las hojas pegajosas de una santolina viscosa pude disculparme, no soy yo la virgen azul; el tomillo sapero sabía a miedo, y la flor de nube me ayudó a respirar hacia el dios del horizonte.

Espigas de avena loca, siempre quise ahogarme con ellas, de niño las llamaba los arponcillos de dios, me las comía, hay una droga amarilla ¿cómo se llama? Con ella olvido la noche y a dios, y los arponcillos al cegarme en la leche.

Ahora en un apeadero de tren, no en una estación, en un simple apeadero, una plataforma de hormigón rectangular, pero cuando un rectángulo es singularmente alargado, ya no hay desproporción, y se puede alargar como el cielo de invierno, rectángulos abiertos y estrechos. En los apeaderos es importante el nombre del lugar; si no hay un nombre nada se detendría en el lugar, nadie se apearía: apearse, casi ha desaparecido la palabra apearse, y han desaparecido las palabras de los apeaderos. Después del apeadero no hay nada, entonces el veraneante repara en viejas historias. ¿Quién se besó por última vez en el apeadero? En este, y la historia de las obras de cuando se levantaron los raíles. Ya no hay raíles, solo una especie de camino en alto. Un camino elevado para que uno vaya con la cabeza metida en el cielo, y esa imagen me lleva al que camina dentro del agua, y el agua le llega hasta el cuello, y por momentos hasta la boca. ¿No hablamos así ahora? ¿Con el agua casi hasta la boca? Y lo más importante, ese 'Ahora'. ¿No fue ya hace mucho tiempo?

Siendo la primera vez que alguien, tú 'Nadie' pasa por este lugar, pero sin inaugurar nada, ni siquiera decir es-la-primera-vez que unos pasos sellan este suelo, solo como si uno pudiera convertirse en el aire de uno mismo. Sabes que después vendrán muchos más, pero como tú, sin decir es-la-primera-vez, y ese aire de uno mismo, en vez de girar alrededor, va por delante de uno, porque es el aire de los ojos. Esto me lleva a un recuerdo, en el trance de estar en el último tramo de Ibor, antes de entrar sus aguas en el Tajo, el silencio roto solo por el sonido de remos en el agua. Si lo has podido oír, me quedo feliz.

Una vez que se da el entrelazado de la urdimbre a la trama, al lienzo de tela le llega la duración del silencio, es irreversible esa duración de realidad, lo que no se puede desentrelazar se desgarra: ella me dijo que la urdimbre del poema no tiene traza, está el sol sobre nosotros y basta.

Después de hacer el muerto largo tiempo en la tabla del río, de sentir de alguna manera la ingravidez, y de estar en cruz flotando bocarriba, intentando dormirse en las aguas oscuras, sin voluntad de nada, solo de estar ahí, flotando de esa manera que llamamos hacer el muerto en las aguas, intentando dormirse, abandonado por el lenguaje que va desgastando su mano y el mentón azul, sin ninguna insinuación rusa o alemana, menos aún española, y cuánto pesa la lengua en uno, si se abrazara a sus huesos no se hundiría, y sabiendo que nunca se ahogaría y que dormir sobre las aguas se hace difícil, imposible, pero al menos eso, estaba feliz de sí mismo, bajo el sol y el cielo, en el momento de estar más quieto que nunca.

Un recuerdo, un recuerdo cualquiera de otros veranos, tuyo, o del otro, y que haya ocupado en ti un espacio, y por eso ya sea tuyo, y que no se convierta en una larga historia, y podría decirte como es tu sombra. Una vasta memoria sin apenas hechos memorables, en la que aquí y allí no hay nadie, y como medir la intensidad del silencio.

Para no llegar a perder totalmente la voz por falta de uso, dos o tres veces al día hablaba con lo que fuera en voz alta, se obligaba a hablar a esto o aquello, e incluso se permitía un grito al final de la tarde, y también alguna vieja canción de lucha.

Y el veraneante siguió con su libro: “En este lugar, posiblemente más alejado que otros lugares, solo porque él lo sentía así, el lugar más alejado de todos los lugares para él. Solo para él. Su manera de sentir ese lugar era muy fuerte, tanto que pronto comenzó a sembrarlo de frases en cierto sentido ya muy gastadas como: aquí me gustaría morir y ser enterrado, o este era el lugar que siempre busqué, y un milagro me lo ha dado, o la belleza tiene aquí un sentido de bondad, y es omnipresente en todas las épocas, o ¿Vergel? ¿Eterna primavera,etc.…? ¿Y cómo había llegado a este lugar después de ir de Norte a Sur, zigzagueando entre Aliste y Sayago, incursionándose alegremente en Tras-os-montes? Solo había que mirarle los pies una vez que se quitase las botas y los calcetines. La planta de los pies es un libro, e igual que ciertas mujeres de heno leen las manos, las palmas de los pies pueden ser leídas por algunos iniciados. Sabría de dónde vienes y hacia dónde vas solo leyendo la palma de tus pies.