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ENTREVISTA

Las dudas sobre la investigación de los ‘Safaris Humanos’ en Sarajevo: “No hay documentos, sólo fuentes”

Sandra Vicente

Barcelona —
25 de septiembre de 2026 22:36 h

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La ciudad de Sarajevo (Bosnia) vivió entre 1992 y 1996 con francotiradores apostados en sus colinas, que disparaban sin miramientos a cualquier persona que saliera de su casa. Se estima que 12.000 personas fueron abatidas y 50.000 resultaron heridas durante el asedio más largo que ha sufrido jamás una urbe en la historia moderna.

Justo cuando estaban a punto de cumplirse 30 años del fin del sitio, el mundo volvió a mirar hacia Sarajevo. El motivo era que el escritor italiano Ezio Gavazzeni llevó en noviembre de 2025 una investigación ante la Fiscalía de Milán en la que aseguraba que a los soldados del ejército serbio se sumaron los llamados “francotiradores de fin de semana”, personas ricas que habrían pagado elevadas sumas de dinero para desplazarse al frente y disparar a matar. Dice haber identificado a tres de los supuestos tiradores.

El escritor, que ahora ha concentrado sus cuatro años de investigación en el libro Safaris Humanos (Península, 2026), apunta a una “organización estructurada” que apostó en las colinas bosnias mayoritariamente a italianos, pero también a personas de otras nacionalidades, entre ellas españoles. Esa afirmación conmocionó al mundo, pero también surgieron preguntas.

El mismo Gavazzeni afirma que la presencia de francotiradores civiles era algo que “todo el mundo en Sarajevo sabía”. Tanto que, en 1995, el Corriere della Sera recogió las palabras de un miembro del Tribunal Permanente de los Pueblos que así lo afirmaba. Ese mismo año, el periódico local de Florencia, Nazione, informó sobre el asunto, pero sin repercusión. Un bombero voluntario estadounidense que sirvió en Bosnia también declaró sobre la presencia de extranjeros ante el Tribunal Penal para la antigua Yugoslavia, en 2007. En 2014 se publicó una novela y en 2022 un documental. ¿Por qué, si era tan vox populi nadie inició nunca una investigación?.

“Parece que los magistrados no leen la prensa”, ironiza Gavazzeni en una entrevista con elDiario.es. A él también le asaltó la misma pregunta cuando se enteró del fenómeno a través del documental. El problema principal es que se trata de algo que habría sucedido hace más de treinta años y, por tanto, es difícil comprobar los rumores. Y lo que es más importante: tampoco nadie de los que alzó la voz antes que el escritor encontró ninguna evidencia para sustentarlo.

Como ellos, Gavazenni ha pavimentado una investigación sólo con fuentes más o menos directas. No hay ninguna prueba, contrato o documento que sustente los hechos ni las acusaciones a los supuestos perpetradores. Pero para Gavazzeni eso no es un problema. “Esta investigación, como todas las investigaciones periodísticas, se ha hecho con testimonios. A no ser que tengas una suerte enorme, no das con documentos. En esta pasa eso: no hay documentos, sólo tenemos fuentes”, opina.

Pero la justicia sí necesita estas pruebas antes de juzgar y, en caso de considerarlo necesario, condenar a las personas señaladas. Para ello, una vez más, Gavazzeni mira a la diosa fortuna. Y a los “superpoderes” de la Fiscalía. Estos son la potestad para intervenir comunicaciones, realizar registros domiciliarios y colocar dispositivos de escucha. “Tenemos que confiar que todas estas cosas juntas den resultado”, confía el escritor.

Por el momento, los registros no han aportado nada. Ningún documento, recuerdo o ‘trofeo’ como los que los cazadores suelen llevarse de sus presas. En el caso de Sarajevo, Gavazzeni sostiene que los francotiradores atesoraban balas con marcas de pintura para identificar el número, la edad y el género de las víctimas de ese fin de semana. Pero no se ha hallado nada en los domicilios de las personas señaladas por el escritor. “Si yo fuera uno de esos cazadores, a la que salió la noticia de la investigación, habría tirado los casquillos”, sostiene.

Por otro lado, espera que esa cautela se acabara en el momento en que recibieron la citación ante la Justicia. “Ojalá entraran en pánico y escribieran o contactaran con gente”, responde, a preguntas de este medio. Con todo, Gavazzeni se muestra seguro de sus pesquisas y apunta a que los testimonios con los que cuenta en el libro “prueban rotundamente” sus hipótesis. “Tenía la obligación de ponerlo en conocimiento de la Justicia. Ahora son ellos los que deben seguir”, explica.

Por ahora, la Fiscalía de Milán sigue investigando. La decisión sobre si abre una causa se debería haber tomado a los seis meses de presentar la demanda, pero ya ha pedido dos prórrogas (de seis meses cada una) para seguir la búsqueda de pruebas que sustenten la denuncia de Gavazzeni.

En la causa también está presente otra periodista italiana que, además de las tres personas señaladas por el escritor, ha apuntado a otros dos presuntos francotiradores. Pero el escritor no los ve claros. “Esa mujer ha hecho de todo para entrar en la investigación. De todo. Pero, sinceramente, creo que los nombres a los que apunta no son correctos”, asegura.

El Legionario, el Francés y Sin Nombre

El libro Safaris Humanos recoge cerca de una decena de testimonios y uno de los más importantes es Sin Nombre, un hombre que contactó con el escritor al saber que estaba inmerso en el asunto y que se presentó como un antiguo miembro de los servicios secretos italianos en Bosnia. Él es la base en la que se apoya el escritor para hacer una acusación de gran calado: los gobiernos italianos, bosnios y, por supuesto, serbios sabían de los francotiradores.

El asunto habría llegado a su conocimiento a raíz de un interrogatorio a un miembro de la seguridad militar serbia que dijo que había turistas italianos que se dedicaban a disparar contra civiles. Así, los servicios secretos bosnios lo comunicaron a sus homólogos y estos, al cabo de unas semanas, dijeron que ya se había erradicado el fenómeno. Pero Sin Nombre sostiene que eso no es cierto y quiere demostrarlo.

Para ello se alía con Gavazzeni, a quien le va facilitando los testimonios clave de las pesquisas. Todos, aunque no se conocen entre ellos, dan detalles que concuerdan, tales como llamar “arqueros” a los francotiradores o “ciervos” a los civiles. También que el precio a pagar dependía de las bajas y que los niños se cobraban más caros.

Elaboran relatos que cuentan que venían de la zona de Trieste y que llegaban el viernes, disparaban el sábado y el domingo volvían a casa. Que eran ricos —o lo parecían—, que iban con atuendos de cazadores y las armas las proporcionaban los organizadores. Algunos, como el Legionario, incluso aseguran haber hablado con ellos, pero ninguno puede aportar pruebas.

Sólo uno es un testimonio directo. Se trata del Francés, un hombre que habría trabajado para la organización que montaba las batidas y que se dedicaba a acompañar y proteger a los francotiradores. Aunque, en realidad, tras este pseudónimo se esconden dos personas, un francés y un italiano, que el escritor decide unir en un único testimonio en el libro, (como si hubiera hablado con una sola persona), tal como confiesa a preguntas de elDiario.es.

Se trataría de alguien —no se sabe si es el caso de ambos o no— que decide hablar no por estar arrepentido, sino porque la organización le debe dinero. Eso da pie a diversas conversaciones en las que se aportan detalles escabrosos sobre cómo los cazadores preferían a los niños o se vanagloriaban de su puntería.

Es, sin duda, uno de los testimonios más valiosos del libro pero, de nuevo, no aporta pruebas que sustenten su relato, más allá del hecho de que los detalles coinciden con los que dan otras fuentes.

Además, se trata de una de las pocas piezas claves de la investigación que no ha respondido a la llamada de la Fiscalía de Milán para comparecer como testigo. Según afirma Gavazzeni, “el 70% de las fuentes” han prestado declaración, pero el Francés no. Básicamente, porque no han podido dar con ninguna de las dos personas tras este seudónimo. “Se mudan cada dos o tres meses. Es imposible encontrarles y ya no me responden”, confiesa el escritor.

Reconoce que la ausencia de este testimonio le resta puntos y lamenta no haber encontrado a ningún “arrepentido” que pudiera zanjar las dudas de quienes recelan de su relato. Pero no ha tenido suerte. Es consciente del hecho de que nadie diera la voz de alarma antes que él no le ayuda, pero tiene sus hipótesis. Cree que las ONG sobre el terreno pudieron hacer oídos sordos porque podrían haber aceptado sobornos en forma de medicamentos que los organizadores de los safaris colaban en Bosnia desde Italia.

También cree que, obviamente, los gobiernos implicados forzaron la omertá y, de ahí, presionaron a medios de comunicación para que desincentivaran las investigaciones de sus periodistas. Todo ello sumado a que la sociedad italiana, después del trauma de la segunda guerra mundial, “no estaba preparada para volver a ser del bando de los malos”, sopesa Gavazzeni.

Con todo, este escritor no pierde la esperanza de que el juicio salga adelante. Primero, para que “se sepa la verdad”. Pero también porque desea convertirse en “el Emmanuel Carrère italiano” para poder escribir un libro sobre el juicio de los francotiradores. “El mundo se beneficiaría, y mi editor también”, dice, risueño.