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Gallecs, el pueblo que expropió el franquismo y aún lucha por recuperar sus casas

Helena Sala Gallardo

Barcelona —
24 de septiembre de 2026 22:29 h

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Assumpció Rof nunca olvidará la noche en la que derribaron la casa de su vecino, apenas un día después de que falleciera. Ocurrió en 1971, en plena oleada de expropiaciones en Gallecs, un antiguo núcleo rural de unos 100 habitantes situado entre las comarcas del Vallès Oriental y el Vallès Occidental, a las afueras de Barcelona. El Gobierno franquista proyectó allí una nueva ciudad para descongestionar el área metropolitana de Barcelona. Para levantarla, sin embargo, tenía que quedarse primero con las tierras.

“Fue un atraco en toda regla. Lo único que, en vez de pistolas, llevaron bolígrafos”, expresa Josep Molist, habitante de toda la vida de Gallecs. “Vinieron aquí sin preguntar nada y acabaron imponiéndonos una expropiación forzosa, sin poder defendernos”, añade.

La operación formaba parte de los proyectos de vivienda masiva impulsados durante los últimos años de la dictadura. Bautizada como Actuación Urbanística Urgente (ACTUR) de Santa Maria de Gallecs, la iniciativa contemplaba urbanizar las 1.500 hectáreas que ocupaba Gallecs para construir una ciudad que debía acoger a unos 150.000 habitantes.

El proyecto afectó a cerca de 3.000 propietarios, arrendatarios y aparceros. En 1971, se aprobó el expediente de expropiación y, al año siguiente, comenzaron a pagarse las indemnizaciones.

Para quienes vivían y trabajaban allí, sin embargo, aquello no suponía simplemente perder unos terrenos. Eran sus casas, sus campos y un modo de vida transmitido durante generaciones. “El precio que nos ofrecieron por nuestras viviendas y tierras era muy bajo y no se correspondía, ni de lejos, al valor que tenía para nosotros”, señala Rof.

Marina Duñach, exvecina de Gallecs y miembro de la Comisión por la Defensa de Gallecs, pertenece a otra de las familias afectadas y describe como “un palo muy grande” el momento en que supo que su casa podía ser expropiada. En su hogar conserva documentos que acreditan que la vivienda ya existía en 1640. “Cinco generaciones de mi familia han vivido y trabajado la tierra durante todo este tiempo”, cuenta.

Ante las amenazas de expropiación, la mayoría de los vecinos acabó marchándose. Pero otros decidieron quedarse y resistir mientras el proyecto avanzaba sobre el papel. “Nos quedamos como acto de resistencia, ya que perder nuestra casa habría supuesto perder nuestra identidad”, señala Duñach.

Durante años convivieron con la incertidumbre de no saber qué ocurriría con sus viviendas. Algunas fueron abandonadas y muchas, posteriormente, derribadas. “La gente tenía miedo. Estar viendo constantemente cómo derriban las casas de tus vecinos y no saber en qué momento podrían derribar la tuya es algo muy duro”, recuerda Rof.

La empresa subcontratada por el Ministerio de Vivienda para ejecutar los derribos también arrancó viñas centenarias y otros cultivos, lo que acabó transformando el paisaje agrícola en un monocultivo de cereal. Muchos de los vecinos acabaron retirando animales y bienes de las fincas ante el temor de que las máquinas entraran en los terrenos y destruyeran sus propiedades, afirman los entrevistados

Las expropiaciones coincidieron, además, con los últimos años del franquismo, en un contexto de creciente movilización social que también se hizo notar en Gallecs. Los tres vecinos consultados recuerdan aquel periodo como una etapa de intensa organización y resistencia frente al proyecto urbanístico. “No nos esperábamos la cantidad de gente que vino a movilizarse por Gallecs, fue algo realmente emocionante”, recuerda Rof.

La falta de libertad para reunirse y organizarse obligaba a los vecinos a buscar fórmulas para hacerlo sin llamar la atención. “Aprovechábamos las reuniones municipales en las que se hablaba de la construcción de un cementerio para reunirnos y organizarnos contra las expropiaciones”, explica Duñach. Asegura, no obstante, que en algunas ocasiones la Guardia Civil irrumpió en estos encuentros y los disolvió para impedir la organización vecinal.

Se frenó el proyecto, pero no las expropiaciones

La ciudad imaginada en Gallecs nunca llegó a construirse. Duñach atribuye el freno del proyecto a varios factores, entre ellos la lucha vecinal, el declive económico provocado por la crisis del petróleo de 1973 y el final de la dictadura franquista. Pero aunque la gran operación urbanística acabó paralizándose, las viviendas y las tierras ya habían sido expropiadas.

De las 1.500 hectáreas previstas inicialmente para la urbanización, una parte sí acabó transformándose para la expansión residencial y de servicios de Mollet del Vallès, así como para la creación de grandes polígonos industriales y logísticos en Santa Perpètua de Mogoda y Parets del Vallès.

El espacio agrícola también quedó fragmentado por la construcción de algunos de los principales ejes de comunicación de Catalunya, como la autopista AP-7, la autovía C-17 y las vías del ferrocarril de alta velocidad (AVE).

Aun así, unas 754 hectáreas conforman actualmente el espacio agroforestal protegido de Gallecs, uno de los principales espacios agrícolas y naturales del área metropolitana de Barcelona.

Para Rof, igual que para el resto de vecinos que resistieron a todos los intentos de expropiación, saber que finalmente no se llevaría a cabo el proyecto urbanístico supuso un alivio. “Viví con mucha ilusión el momento en que nos dijeron que no se construiría la ciudad”, recuerda. “Pensé: aquí estamos nosotros y seguiremos luchando siempre, junto a nuestros vecinos”.

Haber resistido durante décadas también tiene mucho valor para Josep Molist: “Seguir viviendo aquí después de 50 años es un logro que hemos conseguido a base de muchos esfuerzos y sacrificios”. En la misma línea, Duñach, explica que continuar en el pueblo es un “gran orgullo” para ella y su familia.

Medio siglo después, los vecinos siguen sin ser propietarios de sus casas

El fracaso del proyecto urbanístico no resolvió, sin embargo, una de las principales consecuencias de aquellas expropiaciones. Las familias que continúan viviendo en Gallecs y los agricultores que siguen trabajando sus campos ya no son jurídicamente propietarios de los terrenos.

En 1981, la titularidad de los terrenos pasó a corresponder al Institut Català del Sòl (INCASÒL), organismo de la Generalitat. Eso implica que, pese haber construido y mantenido sus propias casas durante generaciones, las familias de Gallecs no poseen la propiedad legal de las viviendas donde residen actualmente.

“Por mucho que legalmente nuestra situación pueda parecer la de unos ocupas, siempre sentiremos que estas casas y tierras son nuestras, porque las construyeron nuestras propias familias y las hemos mantenido durante generaciones”, expresa Duñach.

En 2005 se aprobó un Plan Director Urbanístico que puso fin al proyecto de construcción de la ciudad y estableció las bases para proteger el territorio. Los vecinos de Gallecs, sin embargo, lamentan que el plan no incluyera la regularización de la propiedad de las casas y de las tierras de las familias afectadas por las antiguas expropiaciones.

“Si las tierras ya no tienen clasificación urbanística y se han declarado ecológicas, ¿por qué no nos las devuelven?”, plantea Duñach. “Solo queremos recuperar lo que nos expropiaron”.

Desde 2009, además, Gallecs está considerado espacio natural protegido y las tierras se cultivan únicamente a través de la agricultura ecológica. De hecho, desde el INCASÒL consideran que Gallecs se ha convertido en un referente, en relación a la investigación e innovación en agricultura ecológica.

Vivir en Gallecs sin agua potable ni una red general de alcantarillado

La falta de regularización afecta también a los servicios del lugar. Los vecinos llevan años denunciando la falta de infraestructuras básicas como agua potable o alcantarillado en determinadas zonas. “Muchas casas tienen pozos que se construyeron hace años, pero el problema es que esa agua está contaminada”, explica Rof.

Gallecs no dispone de una red pública general de abastecimiento de agua potable para las viviendas y el suministro se ha realizado históricamente mediante pozos. Pero las aguas están contaminadas desde hace décadas por la presencia de nitratos debido al uso de fertilizantes y purines para la actividad agrícola del lugar.

El lugar, en el que continúan viviendo unas 40 familias, tampoco pertenece a un municipio concreto. Gallecs está dividido entre Mollet del Vallès, Santa Perpètua de Mogoda, Palau-solità i Plegamans, Parets del Vallès, Lliçà de Vall y Montcada i Reixac.

También residen en Gallecs personas que ocuparon viviendas durante los años de las expropiaciones. Las tres personas entrevistadas, todas ellas pertenecientes a familias con varias generaciones vinculadas a Gallecs, coinciden en que, en la mayoría de los casos, la convivencia con estas personas es buena.

De hecho, Molist explica que algunos de estos ocupas fueron quienes organizaron las manifestaciones en contra de la construcción de la ciudad. “La lucha vecinal de Gallecs tuvo mucho fuerza y, en parte, fue uno de los motivos por los que se acabó frenando el proyecto”, asegura.

El proceso de regularización, en su fase final

Medio siglo después, los vecinos de Gallecs siguen reclamando poder decidir sobre un territorio que, aunque legalmente no les pertenezca, han continuado habitando, trabajando y manteniendo durante generaciones.

En marzo de 2024, la Generalitat empezó un proceso de regularización de las diferentes “situaciones posesorias irregulares existentes” en Gallecs. Desde el INCASÒL aseguran que el proceso se encuentra en la fase final de las adjudicaciones de las tierras y prevé que los contratos puedan firmarse en las próximas semanas.

El organismo explica también que se empezarán regularizando las tierras de cultivo y que, posteriormente, se abordarán las viviendas particulares.