El pueblo que los vecinos movieron de lugar, piedra a piedra, antes de que quedara sumergido
Existe en Galicia, donde el río Miño serpentea entre colinas, un pueblo con una historia que desafía la lógica del tiempo y el olvido. Y es que Portomarín no es simplemente una parada más en el Camino de Santiago, sino que es el testimonio vivo de una comunidad que se negó a desaparecer bajo las aguas. Lo que hoy contempla cualquier viajero que visite esta localidad de la provincia de Lugo es una villa renacida, fruto de un esfuerzo humano titánico que permitió trasladar un legado milenario a un nuevo emplazamiento. En los años sesenta, el destino de este enclave medieval pareció sellarse definitivamente con la construcción de una gran presa. Sin embargo, el espíritu de sus habitantes transformó una tragedia inminente en una hazaña de ingeniería y fe sin precedentes. Cada rincón de su actual ubicación en el Monte do Cristo narra el épico traslado que salvó su esencia.
Portomarín es un lugar donde las piedras parecen susurrar crónicas de una mudanza forzosa pero absolutamente necesaria. El actual municipio se erige hoy como un símbolo de resistencia frente a las decisiones que amenazaban su existencia, porque la paz de la antigua villa se vio truncada cuando el gobierno de la época aprobó la creación del embalse de Belesar para la producción eléctrica. Este ambicioso proyecto hidroeléctrico implicaba inundar el valle donde Portomarín había prosperado desde la época romana. En 1963, el cierre de las compuertas marcó el inicio del fin para el asentamiento original, que quedaría sepultado bajo millones de metros cúbicos de agua dulce. Los vecinos se enfrentaron a una elección dolorosa: abandonar su historia o intentar rescatar lo que fuera posible del naufragio anunciado.
La orden de desalojo y expropiación cambió para siempre la fisonomía de la comarca, forzando a más de mil personas a buscar un nuevo hogar. El viejo Portomarín, con sus huertas, puentes y calles empedradas, estaba condenado a convertirse en un recuerdo líquido. Fue entonces cuando surgió la idea audaz de mover los monumentos más sagrados ladera arriba para preservarlos. El sacrificio de los habitantes permitió que la identidad del pueblo sobreviviera a la inundación que devoró sus campos.
La técnica empleada para salvar los edificios más emblemáticos fue tan rudimentaria como efectiva: el desmontaje pieza a pieza. Arquitectos y obreros trabajaron contra reloj, marcando cada sillar con números rojos que aún hoy son visibles en las paredes. Como si de un gigantesco puzle se tratara, las piedras fueron transportadas y reorganizadas en su nueva ubicación con precisión matemática. Este proceso no solo requería fuerza física, sino un conocimiento profundo de la arquitectura románica para no alterar su estructura original. Los vecinos observaban con nostalgia cómo el alma de su pueblo ascendía por la colina mientras el nivel del río subía amenazante. Ver los números grabados en el granito es hoy un recuerdo de aquellas cicatrices de una resurrección que definen al pueblo.
Fue un trabajo durísimo que permitió que la historia no se hundiera definitivamente en el lodo del embalse. La perseverancia de la comunidad logró rescatar la memoria física de un pasado que parecía destinado al olvido profundo. La joya de la corona en este traslado monumental fue, sin duda, la imponente iglesia-fortaleza de San Nicolás, también llamada de San Juan. Construida entre los siglos XII y XIII por la Orden de los Hospitalarios, su aspecto macizo refleja su doble función religiosa y defensiva. Sus muros, que vigilaron durante centurias el paso del Miño, fueron trasladados íntegramente a la plaza central del nuevo núcleo urbano. El diseño de este templo se vincula a la escuela del Maestro Mateo, autor del Pórtico de la Gloria, lo cual se aprecia en su majestuoso rosetón. Sus portadas están adornadas con figuras de los ancianos del Apocalipsis y un Pantocrátor que preside el tímpano con autoridad eterna.
No solo la gran fortaleza fue rescatada de las profundidades, sino que otros tesoros arquitectónicos siguieron el mismo camino hacia la superficie. La fachada románica de la iglesia de San Pedro, con su característica torre campanario, también fue salvada y reconstruida. De igual modo, construcciones civiles de gran valor, como el Pazo del Conde de la Maza y el de los Berbeteros, evitaron la inundación. Incluso se rescató un arco del antiguo puente medieval, que hoy forma parte de la escalinata que da acceso a la villa. Esta escalera de granito conduce a la Capilla de las Nieves, otra pieza del patrimonio que encontró refugio en las alturas del Monte do Cristo. Cada uno de estos elementos ayuda a preservar la identidad de una villa que se negaba a ser una simple nota al pie en la historia.
Gracias a este esfuerzo, el nuevo Portomarín mantiene un aire de autenticidad medieval que cautiva a quien lo visita. Las piedras movidas una a una reconstruyeron la silueta de un pasado que se resistió a quedar bajo el agua. El diseño del nuevo asentamiento no fue fruto del azar, sino de un plan urbanístico liderado por los arquitectos Pons Sorolla y Moreno Lacasa. Ellos proyectaron un pueblo que, aunque moderno en su ejecución, respetara la estética tradicional gallega de calles aportaladas y plazas amplias. La Plaza Mayor se concibió como el centro neurálgico, rodeada por el ayuntamiento y los edificios más representativos de la vida civil. Las viviendas fueron construidas con granito y fachadas blancas, buscando armonía con el paisaje verde que rodea al embalse de Belesar.
El pueblo que emerge
Aunque el nuevo Portomarín tiene poco más de sesenta años, pasear por sus soportales evoca una antigüedad que parece heredada de sus cimientos sumergidos. Es un equilibrio delicado entre la funcionalidad de un pueblo joven y el peso histórico de sus monumentos milenarios. El resultado es una villa singular, diferente a cualquier otra en su entorno, nacida de una necesidad de supervivencia. El trazado actual respeta la esencia de los barrios antiguos que se dividían a ambas orillas del río. Sin embargo, el viejo Portomarín nunca se fue del todo y reclama su presencia de manera intermitente cuando el nivel del agua desciende. Durante los periodos de sequía, las ruinas del pueblo antiguo emergen del lodo como un truco de magia invertido. Es entonces cuando se pueden distinguir los cimientos de las casas, los restos del puente romano y los viejos canales de riego.
Para los vecinos de mayor edad, este resurgir es una herida que se abre, una oportunidad de caminar por las calles de su infancia ahora cubiertas de barro. Los peregrinos suelen detenerse asombrados ante este paisaje espectral donde los troncos de árboles muertos asoman entre las aguas. Ver los restos del cementerio o los pilares del puente medieval conecta directamente el presente con ese pasado que el progreso intentó borrar. Es un recuerdo mudo de que, bajo la calma del embalse, yace una historia que el Miño no pudo digerir por completo. La visión intermitente de la villa sumergida evoca una nostalgia compartida entre sus habitantes y visitantes.
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