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‘Gentrifi...¿qué?’, un juego para explicar la gentrificación a adolescentes: “Me han desahuciado cuatro veces en media hora”

Sandra Vicente

Barcelona —
22 de junio de 2026 21:01 h

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Una viuda de edad avanzada mira su futuro con preocupación. Vive en un barrio bonito y, aunque su pensión no es nada del otro mundo, le llega para pagar el piso en el que lleva viviendo tantos años. Pero se hace mayor y se siente un poco sola. “Me gustaría que se hiciera un centro de salud y un parque”. Sus deseos son escuchados pero, en el momento en que la administración acepta construirlos, queda automáticamente expulsada del barrio.

Esta anciana desahuciada no existe. En realidad, es el alter ego de un adolescente de origen migrante. Está participando del taller ‘Gentrifi...qué!?’, un juego para explicar qué es la gentrificación, a quién afecta y con qué consecuencias. Y, quizás, cómo resistirse a ella. Está pensado para adaptarse a cualquier territorio y edad y para personas que no necesitan tener conocimientos previos. Hoy, los escogidos son alumnos de 4º de la ESO del Instituto Angeleta Ferrer, de Barcelona.

Se trata de una especie de juego de las sillas —más complejo y político— en el que los participantes encarnan personajes a los que les han sido asignados unos puntos. Por otro lado, hay barrios con un determinado nivel de vida y ocupación máxima. La dinámica es sencilla: nadie puede estar ni sobrepoblar una zona con un estatus superior al de los puntos que tenga. El objetivo es evitar la expulsión.

El juego no es tan fácil como parece: construir un hospital, pacificar una calle o erigir una nueva promoción de pisos sube el nivel de vida. También es posible que, por sorpresa, aparezcan inversores, especuladores o productores de HBO que pongan al barrio en el mapa y hagan que los vecinos de siempre se vean substituidos por expats, parejas adineradas y turistas.

El juego ha sido ideado por Memòria, Lluita i Resistència, un colectivo que se dedica a investigar y a divulgar sobre los efectos del capitalismo en la vida diaria de la gente. Su idea es llegar a un público no iniciado, ese que se pierde en el mar normativo y en los conceptos académicos. Al que, aunque los debates no le interpelen, forma parte de ese 48% de la población con problemas para llegar a final de mes y pagar la renta.

Los activistas usan el juego para “generar conciencia”, pero también para “recordar que al sistema sólo se le puede vencer en colectivo”, explica Marc Sureda Rovira, arquitecto, miembro del colectivo y el encargado de dinamizar el taller en este instituto de Barcelona. Además de colegios, también lo imparten en asambleas de barrio y asociaciones diversas. El material, de hecho, está disponible para que cualquiera lo descargue y juegue por su cuenta.

Hace casi una década que nació este juego y, después de decenas de sesiones, han recogido la experiencia en el libro Gentrifi...què?! (Deskontrol, 2026), una guía para entender la gentrificación y pensar estrategias para plantarle cara.

Aprender desde la experiencia

El joven alumno del instituto Angeleta Ferrer que encarna a la anciana desahuciada mira fastidiado su carta de personaje: tiene medio punto menos del que necesita para quedarse en su barrio. Entre risas, se levanta a buscar otra mesa para asentarse. Instintivamente, lo hace con uno de sus amigos, que también ha sido expulsado. Pero deben separarse: la anciana tiene 6,3 puntos, mientras que el otro, un joven migrante en situación irregular, apenas llega a 3,5.

No sólo no volverán a ser vecinos en lo que resta de juego, sino que ambos serán expulsados diversas veces. “Me han desahuciado cuatro veces en media hora. Cada vez que encuentro un sitio, me expulsan”, se lamenta el alumno que representa al joven migrante.

Una compañera le escucha, asintiendo. Ella es una madre soltera, abandonada por su marido y debe cuidar tanto de su hija como de su madre. Tiene un 3,3 y lleva otros tantos desahucios a sus espaldas. “¡Pues plántate donde estés y no te muevas!”, le grita desde la otra punta de la sala. Pero esas no son las normas. “¿Y qué? Si las normas no son justas, no sirven”, sostiene.

Aunque esta alumna no lo identifique así, ha decidido ocupar su vivienda. Hace pocos minutos, era una de las que reconocía tener prejuicios contra quienes hacen lo mismo en la vida real, pero ahora está incentivando a sus compañeros a hacer lo necesario para sobrevivir y conservar un techo bajo el que dormir.

Llegados a este punto, Sureda sonríe. Esta chica, sin saberlo, ha encontrado una de las maneras de ganar el juego. “Si se siguen las normas, es imposible hacerlo”, sostiene. “Los chavales ya saben qué es la gentrificación, pero no saben que se le llama así. La han experimentado en la calle o en su casa con expulsiones, presiones por impago…”, sigue el tallerista.

En esta clase hay dos alumnos que han pasado por un desahucio, aunque no lo han explicado. Las docentes se han enterado sólo porque han detectado cambios en su conducta. “Los ves distintos y, a base de preguntar y preguntar, te acabas enterando, pero hay mucha vergüenza”, sostiene Verena Blume, docente del centro.

Esta maestra es miembro de Docents 008, un colectivo de profesores movilizados contra los desahucios. “Puede parecer raro que no pidan ayuda, pero se entiende cuando ves que se culpan de su situación”, añade Blume. Este centro, situado en la periferia del Eixample, es muy diverso. El 20% de alumnos viene de familias vulnerables, una cifra parecida a la de los que provienen de hogares migrantes. Estos conviven con hijos de la clase media, de padres con buenos sueldos y segundas residencias.

“La crisis de la vivienda es una ruleta totalmente injusta y muchos no entienden por qué a ellos les afecta y a sus compañeros no. Y, lo que es casi peor, los más privilegiados no comprenden que la gente no se marche de sus casas si no pueden pagarlas”, sigue Tura Tremoleda, también docente y, en su caso, activista en el Sindicat de Llogateres.

De esa opinión es uno de los alumnos que participa en el juego. Él mismo se presenta voluntario para irse cuando se sortean plazas para una vivienda protegida entre quienes han sido expulsados del barrio. “Mudarse no es tan drama. Es bueno cambiar de aire de vez en cuando y, si es como ahora, que no puedes pagar, pues mira... Ya tienes una excusa”, afirma.

Ante estas palabras, Blume mira a su pupilo perpleja y, antes de que se levante de la mesa, le pregunta: “¿Pero te vas porque quieres o porque te han echado?”. Y se hace el silencio. “No es lo mismo, ¿verdad?”. El joven responde que no, pensativo, y se va a buscar un nuevo lugar en el que vivir. Cuando empieza la búsqueda, se da cuenta de que a penas puede permitirse nada.

En este punto del juego, buena parte de las mesas tienen niveles de vida impensables para la mayoría de jugadores. Muchos han tenido que ocupar, o bien, irse a barrios periféricos en los que no hay infraestructuras ni servicios, lo que se representa con falta de sillas y material necesario para seguir la partida.

El estatus de los barrios ha subido a medida que se han pacificado calles, se han construido mejores viviendas, nuevas paradas de metro o se han rehabilitado escuelas y parques. Pero también se debe a la llegada de inversores extranjeros que gentrifican barrios sin avisar.

Al principio de la sesión, el dinamizador avisó de que un redactor de TripAdvisor había llegado a la ciudad y buscaba un barrio sobre el que escribir bien. Al instante, todos los barrios se prestaron voluntarios, ansiosos de ser reconocidos por el mundo como un lugar envidiable para vivir. Los alumnos no sabían que esa reseña tenía un alto precio: al instante, la zona escogida subió más de tres puntos su nivel de vida y quienes antes rogaban por esas palabras bonitas, estaban cogiendo sus cosas y marchándose.

“Las lecciones en este juego se aprenden rápido”, comenta Sureda, que tenía más ases que sacarse de la manga. Unas cuantas rondas después, anuncia la llegada de un inversor de Airbnb que quería comprar una promoción de viviendas para dedicarlas al turismo. No se levanta ninguna mano.

“El taller ayuda a identificar a los verdaderos culpables de la gentrificación y que los chavales dejen de sentir rencor por sus familias por no poder mantener cierto nivel de vida”, apuntan las docentes.

Al final del juego, las caras han cambiado. Muchos empezaron con la idea de estar jugando al Monopoli, pero acaban con un profundo sentimiento de injusticia. “No es mi culpa ser pobre y no poder pagar estos barrios. Los que se han quedado no han hecho nada para merecerlo”, lamenta uno de los alumnos, en acabar la partida.

Finalmente, nadie ha ganado. “La expulsión de nuestros barrios es violenta y ataca cuando menos lo esperáis. La única salida es uniros y protegeros entre vosotras”, les explica Sureda, que les muestra la imagen real de una familia siendo desahuciada por los Mossos. “Puede ser una palabra muy difícil, pero en realidad, la gentrificación tiene esta pinta”, añade.

Los chavales, después de una hora y media de taller, salen del aula. Sus profesoras, que les miran irse haciéndose bromas y haciendo el tonto, aseguran que “aunque parezca que no, lo han entendido todo. Y el mensaje les ha calado”.