El litoral catalán se queda sin playas: “Hemos urbanizado muy mal y el mar recupera lo que es suyo”

Sandra Vicente

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Juan Manuel es hijo de la migración. Se mudó de la costa gallega a Terrassa allá por los 70 para tener más oportunidades laborales. Después de una vida trabajando quiso regresar cerca del mar, pero para no separarse de sus nietos escogió el litoral catalán. Hizo de Montgat (Barcelona) su hogar y cada mañana, al poco de salir el sol, iba a pasear por la playa. Pero ya no puede hacerlo porque el mar ha ganado terreno a la arena y las olas ya llegan a lamer las vías del tren. Unas vías que, cuando hay temporal, se vuelven peligrosas porque la ausencia de arena las ha dejado desprotegidas de las inclemencias del clima.

El estudio ambiental para regenerar las playas del sur de València afirma que la ampliación del Puerto supone "una clara amenaza para la Albufera"

Saber más

El caso de Montgat es uno de los más paradigmáticos, puesto que, de los dos kilómetros que tenía de playas, ahora quedan apenas 500 metros. Pero hay muchos otros municipios de la costa catalana que también se han quedado sin zona de baño o que han visto reducida su extensión. De hecho, según datos del Àrea Metropolitana de Barcelona (AMB), se ha empezado la temporada actual con un 15% menos de arena.

Esta situación no es nueva. Lleva dándose desde 2014. A partir de ese año, se empezaron a registrar temporales más frecuentes y violentos. Además, se comenzó a notar un cambio en la dirección de la ventisca y las mareas, que pasaron de venir del norte a atacar desde el sur, causando estragos en playas que, hasta entonces, estaban intactas. La pérdida permanente de arena desde 2014 hasta 2017 fue del 20%.

Esto ha llevado a los municipios afectados a pedir actuaciones extraordinarias al Ministerio de Transición Ecológica, responsable de trasvasar arena a las playas más afectadas. Pero estas acciones dejaron de hacerse en 2010, después de que los 170 millones invertidos en la costa catalana desde 2004 para aportar 600.000 metros cúbicos de arena se revelaran como un dispendio poco razonable. Teniendo en cuenta que el precio del metro cúbico es de seis euros y que se pierden unos 30.000 metros cúbicos de arena al año, el mar se ha tragado más de 1.500 millones de euros en la última década.

Pero, además de las pérdidas económicas, el trasvase de arena es poco recomendable también por razones ambientales. “Es la solución más aceptada desde los años 80, pero tiene problemas importantes. Si sacas la arena de la zona sumergida, el impacto para el ecosistema es irreversible”, explica Joan Vilaplana, director del observatorio de georiesgo del Col·legi de Geòlegs de Catalunya.

La otra opción es tomar arena de las playas que tienen excedente, pero esta solución tampoco es buena. “Reponer en una costa regresiva no tiene sentido. Sobre todo siendo que, al remover la tierra, la pérdida es mayor que la aportación”, explica Daniel Palacios, jefe del servicio de playas de la AMB, quien asegura que por cada 100 metros cúbicos que se retiran, se pierden 150.

Una urbanización problemática

La regresión de las playas es algo inevitable, tal como coinciden los expertos entrevistados para este reportaje. Y esto se debe, en parte, a que “hemos urbanizado muy mal la costa y, ahora, el mar está recuperando lo que es suyo”, asegura Vilaplana. La construcción de viviendas, pero también de puertos deportivos, paseos marítimos, playas artificiales o líneas férreas se ha dado, históricamente, “sin tener en cuenta las dinámicas del litoral”. “Se ha construido donde antes había playa y se ha hecho playa donde antes había mar”, resume Palacios.

Y esto supone no solo que el mar esté recuperando terreno, sino que, al cambiar la estructura de la costa, se han eliminado elementos de protección contra los temporales. Para suplir estas barreras naturales, se han construido otras artificialmente, que pueden resultar más perjudiciales que útiles. Un ejemplo son los espigones o los muros de cemento. “Cuando una ola encuentra una playa natural, la energía se disipa en la arena. Pero si construimos barreras, la energía de choque se concentra y provoca que la ola se lleve más tierra hacia el mar”, explica Vilaplana.

Se ha construido donde antes había playa y se ha hecho playa donde antes había mar

Esto es lo que está pasando en muchas playas, pero sobre todo en Montgat, donde, además de espigones, también hay una línea de tren a escasos metros de la costa. El ferrocarril se construyó a mediados del siglo XIX, convirtiéndose en la primera línea férrea de España, pensada para unir Barcelona con las fábricas del Maresme.

Pero el mar lleva años acercándose peligrosamente a las vías, motivo por el cual se han tenido que ir construyendo más muros, “agravando el problema”, considera el geólogo. “Hay que repensar el litoral de arriba abajo. Tenemos que mover carreteras, paseos y viviendas, porque hay muchas zonas que dentro de cincuenta años estarán inundadas”, asegura.

Esta previsión de Vilaplana está basada en las predicciones del IPCC, que tienen en cuenta la progresión del aumento de temperatura. Este gráfico muestra cómo podría ser la situación de litoral del AMB, teniendo en cuenta las previsiones del IPCC.

El problema de las playas no está en el mar

La ciudad de Barcelona es una de las zonas en las que más se notaría este posible incremento del nivel del mar. Y no es porque allí el cambio climático sea más agresivo, sino porque la mayoría de sus playas son artificiales. Forman parte del plan de transformación que vivió la ciudad antes de las Olimpiadas, que reformó una zona que era “decadente y que impedía el contacto con el mar”, explica Aitor Rumín, jefe del servicio de Gestión Operativa de Playas del Ayuntamiento de Barcelona.

El resultado es que, hoy, esas playas que suponen buena parte del atractivo turístico de la ciudad son insostenibles. Al ser artificiales, no se alimentan de manera natural, por lo que la ciudad depende de un sistema de gestión propio de la arena que cuesta 60.000 euros al año. Esta solución ayuda a que las playas se mantengan más o menos estables temporada tras temporada, pero no evita que, durante los temporales, queden desnudas.

“Ahora tenemos más herramientas que nos ayudarían a mejorar el planteamiento que se hizo hace 30 años. Se tendrían que haber creado estas playas con mejores estrategias, pero lo que está claro es que Barcelona tiene que tener playa”, argumenta Rumín. Por eso, para no perder este activo de ciudad, el Ayuntamiento estudia otras medidas “blandas” para remodelar los paseos marítimos y garantizar que la arena se quede donde está.

Pero para el geólogo Josep Vilaplana estas soluciones no son suficientes. “Para salvar el litoral no tenemos que mirar solo al mar”, argumenta. El científico sostiene que gran parte de las causas de la falta de arena se originan tierra adentro. “Lo que permite que haya playas son factores naturales como los ríos. Y si edificamos en los cauces, estos no aportan sedimentos al mar”, dice Vilaplana.

El geólogo advierte que, ante el cambio climático, hace falta una mirada holística. Y entender que tras el problema del litoral catalán se esconden cuestiones relacionadas con la urbanización o las emisiones de carbono. Así lo cree también Juan Manuel, que ahora tiene que coger el tren para poder ir a pasear a la playa que, antes, tenía frente a su casa. “No sé de quién es culpa, pero si alguien pensó que podía luchar contra el mar, es que no ha entendido nada”, dice este jubilado, camino a su paseo diario.

Juan Manuel es hijo de la migración. Se mudó de la costa gallega a Terrassa allá por los 70 para tener más oportunidades laborales. Después de una vida trabajando quiso regresar cerca del mar, pero para no separarse de sus nietos escogió el litoral catalán. Hizo de Montgat (Barcelona) su hogar y cada mañana, al poco de salir el sol, iba a pasear por la playa. Pero ya no puede hacerlo porque el mar ha ganado terreno a la arena y las olas ya llegan a lamer las vías del tren. Unas vías que, cuando hay temporal, se vuelven peligrosas porque la ausencia de arena las ha dejado desprotegidas de las inclemencias del clima.

El estudio ambiental para regenerar las playas del sur de València afirma que la ampliación del Puerto supone "una clara amenaza para la Albufera"

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El caso de Montgat es uno de los más paradigmáticos, puesto que, de los dos kilómetros que tenía de playas, ahora quedan apenas 500 metros. Pero hay muchos otros municipios de la costa catalana que también se han quedado sin zona de baño o que han visto reducida su extensión. De hecho, según datos del Àrea Metropolitana de Barcelona (AMB), se ha empezado la temporada actual con un 15% menos de arena.

Esta situación no es nueva. Lleva dándose desde 2014. A partir de ese año, se empezaron a registrar temporales más frecuentes y violentos. Además, se comenzó a notar un cambio en la dirección de la ventisca y las mareas, que pasaron de venir del norte a atacar desde el sur, causando estragos en playas que, hasta entonces, estaban intactas. La pérdida permanente de arena desde 2014 hasta 2017 fue del 20%.

Esto ha llevado a los municipios afectados a pedir actuaciones extraordinarias al Ministerio de Transición Ecológica, responsable de trasvasar arena a las playas más afectadas. Pero estas acciones dejaron de hacerse en 2010, después de que los 170 millones invertidos en la costa catalana desde 2004 para aportar 600.000 metros cúbicos de arena se revelaran como un dispendio poco razonable. Teniendo en cuenta que el precio del metro cúbico es de seis euros y que se pierden unos 30.000 metros cúbicos de arena al año, el mar se ha tragado más de 1.500 millones de euros en la última década.

Pero, además de las pérdidas económicas, el trasvase de arena es poco recomendable también por razones ambientales. “Es la solución más aceptada desde los años 80, pero tiene problemas importantes. Si sacas la arena de la zona sumergida, el impacto para el ecosistema es irreversible”, explica Joan Vilaplana, director del observatorio de georiesgo del Col·legi de Geòlegs de Catalunya.

La otra opción es tomar arena de las playas que tienen excedente, pero esta solución tampoco es buena. “Reponer en una costa regresiva no tiene sentido. Sobre todo siendo que, al remover la tierra, la pérdida es mayor que la aportación”, explica Daniel Palacios, jefe del servicio de playas de la AMB, quien asegura que por cada 100 metros cúbicos que se retiran, se pierden 150.

Una urbanización problemática

La regresión de las playas es algo inevitable, tal como coinciden los expertos entrevistados para este reportaje. Y esto se debe, en parte, a que “hemos urbanizado muy mal la costa y, ahora, el mar está recuperando lo que es suyo”, asegura Vilaplana. La construcción de viviendas, pero también de puertos deportivos, paseos marítimos, playas artificiales o líneas férreas se ha dado, históricamente, “sin tener en cuenta las dinámicas del litoral”. “Se ha construido donde antes había playa y se ha hecho playa donde antes había mar”, resume Palacios.

Y esto supone no solo que el mar esté recuperando terreno, sino que, al cambiar la estructura de la costa, se han eliminado elementos de protección contra los temporales. Para suplir estas barreras naturales, se han construido otras artificialmente, que pueden resultar más perjudiciales que útiles. Un ejemplo son los espigones o los muros de cemento. “Cuando una ola encuentra una playa natural, la energía se disipa en la arena. Pero si construimos barreras, la energía de choque se concentra y provoca que la ola se lleve más tierra hacia el mar”, explica Vilaplana.

Se ha construido donde antes había playa y se ha hecho playa donde antes había mar

Esto es lo que está pasando en muchas playas, pero sobre todo en Montgat, donde, además de espigones, también hay una línea de tren a escasos metros de la costa. El ferrocarril se construyó a mediados del siglo XIX, convirtiéndose en la primera línea férrea de España, pensada para unir Barcelona con las fábricas del Maresme.

Pero el mar lleva años acercándose peligrosamente a las vías, motivo por el cual se han tenido que ir construyendo más muros, “agravando el problema”, considera el geólogo. “Hay que repensar el litoral de arriba abajo. Tenemos que mover carreteras, paseos y viviendas, porque hay muchas zonas que dentro de cincuenta años estarán inundadas”, asegura.

Esta previsión de Vilaplana está basada en las predicciones del IPCC, que tienen en cuenta la progresión del aumento de temperatura. Este gráfico muestra cómo podría ser la situación de litoral del AMB, teniendo en cuenta las previsiones del IPCC.

El problema de las playas no está en el mar

La ciudad de Barcelona es una de las zonas en las que más se notaría este posible incremento del nivel del mar. Y no es porque allí el cambio climático sea más agresivo, sino porque la mayoría de sus playas son artificiales. Forman parte del plan de transformación que vivió la ciudad antes de las Olimpiadas, que reformó una zona que era “decadente y que impedía el contacto con el mar”, explica Aitor Rumín, jefe del servicio de Gestión Operativa de Playas del Ayuntamiento de Barcelona.

El resultado es que, hoy, esas playas que suponen buena parte del atractivo turístico de la ciudad son insostenibles. Al ser artificiales, no se alimentan de manera natural, por lo que la ciudad depende de un sistema de gestión propio de la arena que cuesta 60.000 euros al año. Esta solución ayuda a que las playas se mantengan más o menos estables temporada tras temporada, pero no evita que, durante los temporales, queden desnudas.

“Ahora tenemos más herramientas que nos ayudarían a mejorar el planteamiento que se hizo hace 30 años. Se tendrían que haber creado estas playas con mejores estrategias, pero lo que está claro es que Barcelona tiene que tener playa”, argumenta Rumín. Por eso, para no perder este activo de ciudad, el Ayuntamiento estudia otras medidas “blandas” para remodelar los paseos marítimos y garantizar que la arena se quede donde está.

Pero para el geólogo Josep Vilaplana estas soluciones no son suficientes. “Para salvar el litoral no tenemos que mirar solo al mar”, argumenta. El científico sostiene que gran parte de las causas de la falta de arena se originan tierra adentro. “Lo que permite que haya playas son factores naturales como los ríos. Y si edificamos en los cauces, estos no aportan sedimentos al mar”, dice Vilaplana.

El geólogo advierte que, ante el cambio climático, hace falta una mirada holística. Y entender que tras el problema del litoral catalán se esconden cuestiones relacionadas con la urbanización o las emisiones de carbono. Así lo cree también Juan Manuel, que ahora tiene que coger el tren para poder ir a pasear a la playa que, antes, tenía frente a su casa. “No sé de quién es culpa, pero si alguien pensó que podía luchar contra el mar, es que no ha entendido nada”, dice este jubilado, camino a su paseo diario.

Juan Manuel es hijo de la migración. Se mudó de la costa gallega a Terrassa allá por los 70 para tener más oportunidades laborales. Después de una vida trabajando quiso regresar cerca del mar, pero para no separarse de sus nietos escogió el litoral catalán. Hizo de Montgat (Barcelona) su hogar y cada mañana, al poco de salir el sol, iba a pasear por la playa. Pero ya no puede hacerlo porque el mar ha ganado terreno a la arena y las olas ya llegan a lamer las vías del tren. Unas vías que, cuando hay temporal, se vuelven peligrosas porque la ausencia de arena las ha dejado desprotegidas de las inclemencias del clima.

El estudio ambiental para regenerar las playas del sur de València afirma que la ampliación del Puerto supone "una clara amenaza para la Albufera"

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El caso de Montgat es uno de los más paradigmáticos, puesto que, de los dos kilómetros que tenía de playas, ahora quedan apenas 500 metros. Pero hay muchos otros municipios de la costa catalana que también se han quedado sin zona de baño o que han visto reducida su extensión. De hecho, según datos del Àrea Metropolitana de Barcelona (AMB), se ha empezado la temporada actual con un 15% menos de arena.