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'La vida Barcelona': la comedia romántica que genera rechazo por idealizar una ciudad marcada por la gentrificación

Juanjo Villalba

Barcelona —
14 de julio de 2026 22:01 h

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Una joven holandesa aterriza en Barcelona para trabajar en una agencia creativa. Descubre la ciudad, se enamora, encuentra su lugar en el mundo y termina construyendo una nueva vida bajo el sol mediterráneo.

La premisa podría pasar por una comedia romántica más dentro del catálogo de plataformas de streaming. Sin embargo, antes incluso de que el primer episodio haya visto la luz, esa historia ya ha desencadenado un intenso debate sobre turismo, vivienda, identidad y el futuro de Barcelona. No son pocos los vecinos que consideran que representa exactamente el modelo de ciudad contra el que llevan años movilizándose.

El primer foco mediático llegó a comienzos de julio, cuando El Periódico de Catalunya publicó un amplio reportaje desde el rodaje de la serie. La pieza describía La vida Barcelona como una posible heredera de la exitosa Emily in Paris.

La serie aspira a seducir al público joven a través de una Barcelona luminosa, cosmopolita y aspiracional. Entre las localizaciones figuran el Born, la Ciutadella, Montjuïc o el día de Sant Jordi, mientras que el reparto combina intérpretes neerlandeses con nombres conocidos en España como Greta Fernández, Martiño Rivas o Priscilla Delgado.

Los responsables de la producción defienden una mirada optimista sobre la ciudad. La directora Katina Medina Mora habla de una Barcelona “viva” y “encantadora”, pero las críticas en redes sociales no han tardado en aparecer.

La sinopsis supone, a ojos de muchos usuarios, la representación perfecta de un fenómeno que lleva años transformando Barcelona: la llegada de trabajadores internacionales con mayor poder adquisitivo, la presión sobre el mercado inmobiliario y la progresiva expulsión de los residentes de sus barrios.

En Instagram, la cuenta @lavidabarcelona, creada por el activista Tommy Blanco, dirigida a llamar la atención sobre la gentifricación, suma casi seis mil seguidores. “La serie no es el problema, es el síntoma”, apunta Blanco, que reconoce que creó la cuenta desde la rabia profunda.

“Esta rabia nace de ver cómo los barrios se vacían de vida real para llenarse de pisos turísticos, comercios tradicionales que cierran y vecinos que tienen que marcharse. Esta serie no es la causa de todo eso, es la gota que confirma un patrón que llevamos años sufriendo”, explica el activista.

Su mensaje ha conectado con un sentimiento ampliamente compartido entre muchos barceloneses. “La respuesta ha sido muchísimo mayor de lo que esperaba”, confiesa. “Creo que demuestra el agotamiento que existe con el modelo turístico y económico que ha terminado imponiéndose en la ciudad”.

Blanco también relativiza el impacto real que pueda tener una sola producción audiovisual. “El problema es quién nos ha llevado hasta aquí. Es el lobby turístico y determinados intereses económicos”, apunta. “La ficción simplemente llega en un momento en el que la situación ya resulta insostenible para mucha gente”.

Una ciudad convertida en producto

Entre las voces más críticas figura también la periodista, humorista y guionista Ana Polo, que interpreta la polémica como una consecuencia lógica del momento que atraviesa Barcelona.

“Mi reacción al saber de la serie fue de hartazgo e indignación”, explica. “Tenemos la sensación de que nos están expulsando de nuestros barrios y ahora, además, vamos a verlo romantizado en una serie. Esa es la parte que provoca todavía más rabia”.

“Barcelona no es una marca. Es la ciudad donde vivimos, y no necesita más promoción”, continúa. El discurso de Polo cuestiona uno de los argumentos más habituales utilizados para justificar este tipo de proyectos: el supuesto retorno económico para la ciudad. “Se habla mucho de atraer riqueza, pero esa riqueza no llega a quienes trabajan atendiendo turistas o intentando pagar un alquiler”, apunta. “Los beneficios se concentran siempre en los mismos sectores”.

Polo considera que las administraciones deberían revisar el tipo de producciones que reciben apoyo institucional, permisos de rodaje y subvenciones. “Quienes gobiernan tendrían que proteger la ciudad y a quienes viven en ella”, señala. “Si una producción contribuye a reforzar un modelo que agrava estos problemas, debería existir una reflexión antes de facilitar ese tipo de proyectos”.

La ciudad como decorado

La portavoz del Sindicat de Llogateres de Barcelona, Carme Arcarazo, cree que el problema de La vida Barcelona no es que venga gente de fuera a vivir a Barcelona, sino que se presenta un perfil muy concreto: “Personas con trabajos mucho mejor remunerados que los de la mayoría de la población local”.

En su opinión, la serie convierte la ciudad en un escenario donde desaparecen las tensiones sociales que forman parte de la realidad cotidiana. “Barcelona acaba funcionando como un decorado donde no existe ningún conflicto”, resume. “Todo parece pacificado, como si la llegada de estas personas no tuviera consecuencias para quienes ya viven aquí”.

Arcarazo también cuestiona el modelo de ciudad que, a su juicio, proyecta la ficción. “Se transmite la idea de que puedes vivir en cualquier parte del mundo sin implicarte en nada, completamente desarraigado”, sostiene. “Hay una fuerte despolitización de lo que significa vivir en un lugar y formar parte de una comunidad”.

Desde su punto de vista, este tipo de ficciones contribuyen a reforzar un imaginario con efectos nefastos sobre el mercado inmobiliario. “Funcionan como un imán para atraer más turistas y más nómadas digitales. Después hay que preguntarse dónde se aloja toda esa gente. No viven en alquileres regulados, sino en alquileres de temporada o en colivings que alimentan nuevas formas de especulación y siguen empujando los precios al alza”, explica.

Arcarazo recuerda además que Barcelona ha sido la ciudad española donde más Golden Visa [permiso de residencia que se otorga a extranjeros a cambio de una inversión significativa en el país] se han concedido durante los últimos años, una política que, en su opinión, ha favorecido la llegada de inversión inmobiliaria especulativa orientada al mercado internacional.

El humor, la indignación y las redes como altavoz

Si Tommy Blanco impulsó el movimiento de protesta, otras voces muy conocidas en redes sociales han ayudado a amplificar el debate. Una de ellas fue la de Carlos Ramírez, más conocido como Calva Tatuada, creador de contenido que lleva mucho tiempo divulgando sobre vivienda, desigualdad y gentrificación.

Su primera reacción al conocer la serie, asegura, fue una mezcla de enfado y preocupación. “Sentí mucho miedo por lo que puede venir”, confiesa. “La serie vuelve a presentar Barcelona como un oasis donde cualquiera puede venir a vivir una experiencia maravillosa, cuando la realidad de muchos vecinos es muy distinta”.

Ramírez ha convertido el humor en su principal herramienta para abordar cuestiones sociales. Cree que el lenguaje de internet permite abrir conversaciones que, de otra forma, apenas tendrían recorrido. “Es una forma de compartir estas preocupaciones sin convertirlas en un sermón”, afirma. “Los memes y los vídeos ayudan a que el debate llegue a mucha más gente y permiten expresar una rabia que existe desde hace mucho tiempo”.

Su propuesta para luchar contra iniciativas como La vida Barcelona pasa por mantener viva la conversación pública y expresar el rechazo social al proyecto. Respecto al papel de las administraciones, el activista opina que deberían preguntarse qué tipo de producciones autorizan y qué retorno real generan para la ciudad y para quienes viven en ella. “El beneficio no puede medirse únicamente en términos económicos”, apunta. “También debería tenerse en cuenta el impacto social”.

¿Hasta dónde llega la responsabilidad de los actores?

Una de las cuestiones que más división ha generado en los últimos días tiene que ver con la participación de intérpretes españoles y catalanes en la producción. Las críticas señalaban la falta de sensibilidad ante los problemas de una Barcelona sofocada por el turismo masivo y el aumento de los precios de la vivienda, producido, entre otras cosas, por la llegada de miles de expats.

Las respuestas, sin embargo, están lejos de ser unánimes. Polo admite comprender las dificultades económicas del sector audiovisual, aunque reconoce que personalmente le costaría mucho aceptar un proyecto con estas características. “Todo el mundo necesita trabajar y pagar las facturas”, explica. “Pero a mí no me gustaría que mi nombre quedara asociado a una producción que, en mi opinión, puede contribuir a agravar un problema que ya sufrimos. Creo que cada uno debe reflexionar sobre dónde decide poner su granito de arena”.

Ramírez comparte parte de esa reflexión, aunque introduce matices con respecto, por ejemplo, al personal técnico. “No señalaría a quienes trabajan en departamentos muy precarizados porque todos necesitamos sobrevivir. Otra cuestión son las caras más visibles del proyecto”, señala. “Ahí sí creo que existe un mayor margen para decidir y para plantearse si merece la pena participar en una historia que parte de un imaginario tan problemático para quienes vivimos aquí”.

Frente a esas posiciones aparece otra visión muy distinta. La periodista Noelia Ramírez, que recientemente publicó una columna en El País sobre este fenómeno, considera que centrar el foco sobre los actores puede desviar la atención del verdadero problema.

“El sector está muy mal pagado y no voy a criticar a quien acepta un trabajo para poder pagar el alquiler. Ojalá les hayan pagado muy bien. En una profesión tan precaria resulta complicado exigir a los intérpretes que asuman ese coste individual”, explica.

Este periódico se ha puesto en contacto con los representantes de Greta Fernández y Martiño Rivas para darles la oportunidad de dar su opinión. Los representantes de Rivas han comunicado que el actor está actualmente inmerso en otros proyectos y que por ahora no dará declaraciones al respecto de esta serie. Al cierre de este artículo, no se ha recibido contestación de los de Greta Fernández.

Cuando el rechazo también se convierte en publicidad

Paradójicamente, la enorme repercusión que ha tenido la polémica podría acabar beneficiando a la propia serie. La periodista Noelia Ramírez recuerda que, según la información publicada por medios especializados, la distribución inicial de La vida Barcelona parecía bastante limitada y estaba prevista, principalmente, para una plataforma neerlandesa.

“Con todo el boicot y todo el ruido que se ha generado, la serie ha conseguido una publicidad enorme”, apunta. “Tengo la impresión de que ahora es mucho más probable que alguna plataforma internacional termine comprándola”.

La periodista introduce además una reflexión que amplía el foco del debate. Durante décadas, explica, buena parte de la cultura occidental ha consumido relatos protagonizados por europeos o norteamericanos que viajaban a otros lugares para reinventarse. Novelas, películas y series ambientadas en Marruecos, Tailandia o Bali construyeron una mirada romántica sobre esos destinos sin prestar demasiada atención a quienes vivían allí.

Ahora, sostiene, Barcelona ocupa ese mismo lugar en el imaginario internacional. Quizá por eso la reacción haya sido tan intensa. Muchos vecinos sienten que, por primera vez, les toca ocupar el papel de quienes observan cómo su ciudad aparece retratada como el escenario perfecto para cumplir los sueños de otros.