El contrato
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El hombre no da crédito observando a esa que está palpando todos los tomates del expositor, uno a uno. La tipa no se limita a tocarlos, los estruja bien para comprobar su consistencia y los vuelve a dejar en el sitio. “Los guantes, señora”, le dice al pasar, y ella esboza un gesto ambiguo y sigue a lo suyo. Un poco más allá, un niño juega a encestar los melocotones en el cajón de donde los coge. Sin guantes, naturalmente. También lo reprende de viva voz, porque patadas en el culo ya no se pueden dar, y la criatura, desafiante, busca con la mirada el aval de su padre que, un poco más allá, indiferente a las travesuras de su retoño, sopesa una sandía con aire experto. Más tarde nuestro hombre coge el metro. Sabe que la joven sabe que él está de pie frente a ella, con la bolsa de la compra entre las piernas, que ya le flaquean, y muchos años repartidos por toda la osamenta, bien visibles, amenazando con tumbarlo en cada frenada, pero ella disimula. La joven ocupa uno de los asientos reservados a los carcamales, las preñadas y los tullidos, atrincherada tras los auriculares y la pantalla del móvil. Pero esta vez él no dice nada, le puede la vanidad. Una cosa es que le cedan a uno el asiento y otra pedirlo, declararse derrotado, así que aguanta todo el trayecto agarrado a ese poste viscoso. Llega a casa tras haberse cruzado a lo largo de la mañana con centenares o miles de personas, con ninguna de las cuales ha intercambiado un buenos días, un gracias o un por favor. Más tarde, tras calentarse el plato precocinado en el microondas, pone el noticiario y vuelve a comprobar que la cosa pinta muy mal en todos los frentes, pero a él, por extraño que parezca, la microfísica del deterioro de la convivencia que su ojo detecta en la vida cotidiana le desasosiega más que las posibilidades de una guerra nuclear. Porque lo que asusta a nuestro personaje es que el contrato social salte por los aires, que la acumulación de esas roturas capilares en el tejido de la convivencia acabe provocando un desgarro irremediable.
Según Rousseau, que es quien popularizó el término aunque el concepto ya existía desde mucho antes, el contrato social nos devuelve una libertad y una bondad naturales (y puramente imaginarias) que se supone que perdemos en el momento en que nacemos en sociedad (no hay alternativa). En el lado opuesto está Hobbes, aquel que dijo lo de que el hombre es un lobo para el hombre, que somos un mal bicho guiado por su feroz instinto de supervivencia. Y en medio, Locke, Montesquieu y unos cuantos más que partían de conceptos más matizados de la condición humana. Desde su particular premisa, cada cual dictaminó su fórmula para solucionar el caos que nos acecha, pero todos fueron a dar al mismo sitio: aquí hace falta un mecanismo que ponga orden, ya sea algo surgido de la voluntad general, de un pacto entre “buenos salvajes” que se sienten despojados de su legendaria libertad, o de un poder tan absoluto e implacable como egoístas e hijos de puta podemos llegar a ser. La solución va por barrios, por coyunturas o por momentos históricos, y puede ser democrática (en uno u otro grado) o no. Muchos, cada vez más a juzgar por el auge de ciertas opciones políticas, ahora mismo no consideran necesario que lo sea. Pero de lo que se trata siempre es de que el gobernado obedezca al gobernante, y que a cambio este, haya surgido de las urnas, de una sopa dinástica de sangre y semen o de un golpe de estado proverbial, garantice la “libertad” del gobernado, es decir, nos proteja a los unos de los otros. Mientras sea así, todo irá bien. Pero si la cosa llega a un punto en que tanto da tener que dormir en medio de la selva con un ojo abierto, que en medio de una civilización que no te da las suficientes garantías de supervivencia, el contrato social pierde toda razón de ser.
Y nuestro hombre, aunque se resiste a verlas, percibe alarmantes señales de que la está perdiendo. Aquí, el único que paga es el último de la fila. Quien más sufre el deterioro ambiental es aquel que no puede permitirse tener en la nevera agua embotellada de los Alpes Franceses, un buen aparato de aire acondicionado o una segunda residencia en el lugar apropiado. Y ya que hablamos de deterioro, lo mismo cabe decir del de las muelas, que la sanidad pública, al paso que vamos, no cubrirá jamás; como mucho seguirá haciendo como los barberos medievales, nos las seguirá arrancando y gracias, piensa mientras se toca la mandíbula medio deshabitada. También le alarma que las exigencias burocráticas requieran un tiempo, una energía y unas habilidades cada vez mayores que ni él ni otros muchos tienen, por eso se ha dejado llevar por un consejo de resonancias mafiosas: paga por los servicios de un gestor o muere frente a la ventanilla o frente al ordenador mientras tratas de descifrar la página web oficial (y aun así). Y aunque se considera un buen ciudadano, le da pánico pensar en verse involucrado en un juicio, porque ha descubierto que la justicia ni es gratuita ni es universal ni va siempre a la misma velocidad. Los mecanismos redistributivos fallan, la acción de los sindicatos y movimientos sociales alcanza cotas de inutilidad manifiesta —siempre hay excepciones—, y cualquier forma de protesta se criminaliza. Nuestro hombre, que en su fuero interno esperaba disfrutar en la vejez de la consideración debida a alguien que ha contribuido a hacer un mundo mejor para las generaciones posteriores, nota que es al revés. No sabe cómo, pero ha hecho un pan como unas hostias. Un reproche generacional flota en el aire, lo percibe y le llena de culpa. Nota que, igual que sus coetáneos, se zombifica frente a una realidad que no entiende, mientras los más jóvenes de sus contemporáneos interiorizan que no tendrán jubilación, ni casa propia, ni estabilidad de ningún tipo. Ni tampoco hijos, y tratan de convertir esa impotencia en convicción. Dicen que es resiliencia, pero a él le parece resignación, aguante revestido de una ideología harapienta que apenas puede tapar una frustración generalizada. Lo que él ve es un presentismo desesperanzado sin propósito ni destino, un hedonismo de chicha y nabo que consiste en acumular viajes low cost, experiencias gastronómicas con aspecto de cebo, baratijas tecnológicas y festivales saturados de decibelios. Como mucho, algunos dejan ver su descontento denunciando en las redes sociales a políticos, jueces, periodistas y magnates con una contundencia y lucidez aparentes que casan mal con su inacción manifiesta, y lo hacen casi siempre apuntando a algún espantajo, es decir, simplificando, casi nunca señalando las causas estructurales de los problemas. Como hace nuestro hombre sin darse cuenta cuando dirige toda su capacidad de indignación hacia la persona que soba tomates en el supermercado.
Es comprensible que nos sintamos tentados de enviar a un campo de reeducación maoísta a esa cochina junto al que va driblando peatones con el patinete, al grafitero que ensucia vagones de tren, al que echa el gato muerto al contenedor de cartón, a quien camina con tacones por el piso de arriba, al que se mea en la piscina municipal o al que cada diez metros escupe en la calle mientras se recoloca el paquete. En algunos casos habría que hacerlo sin pensárselo dos veces, pero en otros no estaría de más escuchar lo que tienen que decir. Es probable que no todos sean unos psicópatas que disfrutan dando por saco a los demás. Quizá descubramos que sienten que alguien les debe algo, aunque no saben exactamente qué es y tampoco saben cómo y a quién cobrárselo. Quizá alguien o algo les está enseñando a ser como son. Quizá su incivilidad es la otra cara de la incivilidad sistémica, la de los que defraudan a gran escala o dejan en la calle a gente desvalida. No tiene sentido indignarse con esos desgraciados y al mismo tiempo votar a quienes vulneran el contrato social incumpliendo promesas electorales, prevaricando y estableciendo mecanismos legales para trasvasar el dinero público a unos pocos bolsillos privados. Da igual el motivo, poco importa que les votemos por el miedo inducido a una amenaza externa, porque realmente estamos convencidos de que nuestros intereses coinciden con los del capital, porque nuestro instinto tribal puede más que nuestro sentido de la justicia, porque somos incapaces de imaginar alternativas mejores o por impulsos que son más parecidos de lo que creemos a los que mueven a algún mala entraña a rayar el coche del vecino con la llave. Somos las víctimas, pero también los avalistas de un contrato diseñado como una máquina que traslada sistemáticamente al último eslabón lo que cuesta hacer funcionar la sociedad, eso que académica y eufemísticamente se denomina «costes de transacción del orden social». Igual que se nos transfiere el IVA, se nos transfieren todos los demás gastos y fatigas, incluida la de servir de carne de cañón llegado el momento, o más bien de carne de dron, de esos cañones y drones que salen de nuestros bolsillos. Lo que empezó con la apariencia de un acuerdo voluntario y se sigue vendiendo como tal, se revela cada vez más claramente como un dispositivo que enmascara la explotación y la desigualdad, que legitima la dominación por parte de unas minorías privilegiadas extremadamente codiciosas y cada vez mejor organizadas. Enfrente, una población a la que se escanea día y noche como a un trozo de merluza con código de barras, que cada vez tiene menos posibilidades de organizarse y menos interés en hacerlo. Donde debería haber tensión social hay cinismo, abulia y una anomia que consiente la vigilancia y alimenta el autoritarismo. A los amos del mundo tan solo les queda declarar oficialmente al Estado administrador exclusivo de sus intereses, eso es en lo que se ha ido convirtiendo de hecho, eso es lo que hemos estado suscribiendo cláusula a cláusula en los últimos tiempos. El día en que el futuro empezó a darnos canguelo, el contrato social que todavía dice estar vigente caducó sin más, sin necesidad de que nadie lo derogara.