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Greta

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Circulaba por la ciudad de Valencia y aledaños —me extrañaría mucho que todavía lo hiciese— un chiste muy popular, una leyenda urbana, más bien. Se decía que, durante un trayecto en tranvía, una señora en avanzado estado de gestación fue interpelada por un gañán con estas palabras: «¡Cuán caliente debía de estar el hierro para levantar tal ampolla!». A lo que la aludida, impertérrita, contestó con fingido desdén: «Pues no lo estaba tanto, que lo cogí con la mano», de manera que las maliciosas sonrisas que levantó el primer comentario se trocaron en una feroz carcajada. Seguramente habrá quien piense que la cosa no tiene gracia y que el sujeto merecía ir de cabeza al cuartelillo y salir en primera página. Puede ser. Pero los inestimables custodios de la moral al servicio del régimen franquista todavía no habían llegado. La anécdota se remonta por lo menos a la II República, cuando la cultura sicalíptica estaba en su apogeo. En aquellos tiempos las mujeres que iban en tranvía no tenían otra que mostrarse más descaradas que sus efusivos admiradores, y el incidente tenía la consideración de pícara improvisación entre versadores, unos juegos florales en los que esta señora se había alzado incuestionablemente con la Flor Natural. Lo más seguro es que después del intercambio dialéctico todos hubieran seguido compartiendo trayecto en armonía y con una sonrisa en los labios (dónde, si no).

Probablemente —le gusta imaginar a uno— ambos, el faltón y la dama, se dirigían al mercado de la ciudad, ese que Blasco Ibáñez glosó en Flor de Mayo, allí donde «en el derroche de indecencias que se cruzaban entre ambos bandos —mozos y pescaderas— con acompañamiento de amigables risas, enviábanse a tocarse lo otro y lo de más allá, barajando tranquilamente las blasfemias más monstruosas con los distintivos del sexo». Puede que fuera así o puede que fueran al dentista. En todo caso, aquel es un mundo periclitado sobre el que no hay más que decir. Pero viene a cuento, si es que viene, a raíz del rifirrafe entre la activista medioambiental Greta Thungberg y un tal Andrew Tate, un streamer negacionista, homófobo, machista, misógino, pederasta y antivacunas —un chuloputas, habríamos resumido en tiempos más procaces—, que se ha resuelto con él entre rejas. Aunque la noticia ha quedado sepultada entre los desechos generados por la industria de la actualidad durante casi mes y medio, muchos lectores recordarán el caso. El tipo le vaciló a Greta presumiendo de lo mucho que le gusta contaminar el planeta con sus treinta y tres coches de lujo ahora confiscados, y como le pedía una dirección de correo electrónico para enviarle la lista de emisiones de COâ‚‚, ella le dijo que podía escribirle a energiadepichacorta@comprateunavida.com. Escocido, herido en su orgullo, el otro intentó prolongar la polémica con un vídeo, pero este solo sirvió para que la policía le localizara y lo metiera en chirona, porque estaba en busca y captura acusado de trata de personas (concretamente, lo que en tiempos se llamaba trata de blancas).

Lo que a uno le llama la atención del asunto es la respuesta de la joven sueca. Acostumbrado a ver a Greta encima de una tarima lanzando razonadas y graves exortaciones sobre la necesidad de actuar ante el cambio climático, uno hubiera esperado de ella una filípica moralista que tratara de sacar al impresentable influencer de sus múltiples errores de perspectiva. Pero no. La chica le dio donde más le dolía al otro, poniendo en cuestión públicamente la talla de sus atributos. ¿Para qué más? Lo hizo como lo habría hecho la embarazada del tranvía o una pescadora de aquellas a las que se refería Blasco, si bien es verdad que sin su gracejo. Y acertó de lleno. Lo de que el individuo acabara detenido fue una propina de la Providencia. A ese tipo de elementos los sermones redentores se la soplan. No es así como se les combate, sino con un buen sopapo. No perdió un segundo con él. Y esa lucidez y desparpajo sorprende aún más por cuanto viene de una mujer nórdica, supuestamente alejada del desenfado que, supuestamente también, es patrimonio del carácter mediterráneo. Uno hubiera esperado una respuesta así de la Sofía Loren que se deshacía de los babosos por las calles de Nápoles como si fueran moscas en Ayer, hoy y mañana, la película de Vittorio De Sica, pero no de una chica criada en esa cámara frigorífica llamada Escandinavia. Parece que a medida que el calor avanza paralelos arriba, se lleva consigo la frescura del carácter meridional.

Es un asunto que lleva también a pensar en el cajón de sastre en el que unos y otros han convertido el concepto de corrección política. De un lado despropósitos a tutiplén, y del otro se intenta meter ahí todo lo que molesta con la intención de desprestigiarlo. La penúltima víctima de esa maniobra es el activismo medioambiental, al que es difícil atacar de frente y al que algunos eminentes pensadores —Savater ha sido el último— se refieren como «ecolatría» con ánimo peyorativo. Sin duda es sobredimensionar en exceso la anécdota, pero el pragmatismo demostrado por Greta Thungberg en su tuit poco tiene que ver con la afición a las peroratas moralizantes a las que tan aficionados son otros movimientos que, esos sí, integran por méritos propios el policorrectismo más necio e ineficaz. Sea cual sea el motivo, siempre hay sitio para que algún impresentable haga el paripé o el ridículo en alguna performance, pero el ambientalismo, y en general la ecología política, no deja mucho espacio para la retórica a la que se prestan cierto tipo de reivindicaciones. Será porque percibe la premura de lo ineluctable, solo queda tiempo para ir al grano, y eso es lo que esta chica parece que hace, incluso cuando sucumbe a la tentación de perderlo para darle un toque a un imbécil.

Circulaba por la ciudad de Valencia y aledaños —me extrañaría mucho que todavía lo hiciese— un chiste muy popular, una leyenda urbana, más bien. Se decía que, durante un trayecto en tranvía, una señora en avanzado estado de gestación fue interpelada por un gañán con estas palabras: «¡Cuán caliente debía de estar el hierro para levantar tal ampolla!». A lo que la aludida, impertérrita, contestó con fingido desdén: «Pues no lo estaba tanto, que lo cogí con la mano», de manera que las maliciosas sonrisas que levantó el primer comentario se trocaron en una feroz carcajada. Seguramente habrá quien piense que la cosa no tiene gracia y que el sujeto merecía ir de cabeza al cuartelillo y salir en primera página. Puede ser. Pero los inestimables custodios de la moral al servicio del régimen franquista todavía no habían llegado. La anécdota se remonta por lo menos a la II República, cuando la cultura sicalíptica estaba en su apogeo. En aquellos tiempos las mujeres que iban en tranvía no tenían otra que mostrarse más descaradas que sus efusivos admiradores, y el incidente tenía la consideración de pícara improvisación entre versadores, unos juegos florales en los que esta señora se había alzado incuestionablemente con la Flor Natural. Lo más seguro es que después del intercambio dialéctico todos hubieran seguido compartiendo trayecto en armonía y con una sonrisa en los labios (dónde, si no).

Probablemente —le gusta imaginar a uno— ambos, el faltón y la dama, se dirigían al mercado de la ciudad, ese que Blasco Ibáñez glosó en Flor de Mayo, allí donde «en el derroche de indecencias que se cruzaban entre ambos bandos —mozos y pescaderas— con acompañamiento de amigables risas, enviábanse a tocarse lo otro y lo de más allá, barajando tranquilamente las blasfemias más monstruosas con los distintivos del sexo». Puede que fuera así o puede que fueran al dentista. En todo caso, aquel es un mundo periclitado sobre el que no hay más que decir. Pero viene a cuento, si es que viene, a raíz del rifirrafe entre la activista medioambiental Greta Thungberg y un tal Andrew Tate, un streamer negacionista, homófobo, machista, misógino, pederasta y antivacunas —un chuloputas, habríamos resumido en tiempos más procaces—, que se ha resuelto con él entre rejas. Aunque la noticia ha quedado sepultada entre los desechos generados por la industria de la actualidad durante casi mes y medio, muchos lectores recordarán el caso. El tipo le vaciló a Greta presumiendo de lo mucho que le gusta contaminar el planeta con sus treinta y tres coches de lujo ahora confiscados, y como le pedía una dirección de correo electrónico para enviarle la lista de emisiones de COâ‚‚, ella le dijo que podía escribirle a energiadepichacorta@comprateunavida.com. Escocido, herido en su orgullo, el otro intentó prolongar la polémica con un vídeo, pero este solo sirvió para que la policía le localizara y lo metiera en chirona, porque estaba en busca y captura acusado de trata de personas (concretamente, lo que en tiempos se llamaba trata de blancas).