Un cuento de hadas forestal
En plena oleada de incendios se publicó este verano, en un diario nacional, ocupando una página entera, un curioso cuento escrito por el catedrático de la UPV Vicente Oliver. Una figura destacada ya que, además de ingeniero forestal, ha sido durante años, presidente de la Plataforma Forestal Valenciana, un “lobby” de intereses forestales bastante activo en organizar congresos con ayudas públicas, publicar artículos o desarrollar proyectos europeos bien financiados, relacionados cierto modelo de gestión forestal, basado en la eliminación de vegetación del bosque, considerada básicamente como combustible.
El artículo toma forma de cuento infantil con reinas y emperadores y especímenes más modernos como ecologistas y científicos. Con gran amenidad y revestido de esta forma literaria, bastante naïf, el Sr. Oliver resumía y explicaba lo que podríamos denominar “relato oficial” o “estándar” sobre los incendios forestales y la gestión de los bosques. Un relato omnipresente que, con matices y variaciones menores, repiten técnicos forestales, políticos, y la mayoría de medios de comunicación. Este relato, por cierto, también se puede considerar “un cuento” en otro sentido de la palabra, el de ser una historia fantasiosa, poco realista y falsa en muchos aspectos.
El cuento del señor Oliver, tras mostrar la terrible situación de los incendios padecidos recientemente, y mostrar retazos de discusiones y posiciones enfrentadas sobre los mismos, hace intervenir a una simpática ancianita, que vive allá en las montañas, rodeada de bosques, atesorando un gran conocimiento “popular” y que narra ante los confundidos urbanitas una idílica situación, la de “antes”, la de “hace muchos años”, cuando los campos y los montes tenían mucha población, había mucha actividad agrícola y ganadera, así como también un intenso aprovechamiento forestal y los montes no ardían, o los fuegos eran apagados rápidamente por los propios vecinos. Todo era felicidad y harmonía y, además, ¡o maravilla!, los bosques eran ricos y diversos, bien gestionados, de manera sostenible que diríamos ahora. Bosques hermosos que cumplían las deseadas funciones ecológicas, también llamadas “servicios ambientales gratuitos” que esperamos que cumplan, para el bien de las sociedades humanas. Luego, no se aclara muy bien y no lo dice el señor Oliver, aunque tal vez fue un vil maleficio de algún brujo o hechicero, pero los montes se despoblaban, se abandonaron tareas, la vegetación creció y creció amenazadoramente y, claro, llegaron los incendios de la mano de tanto desamparo. Después, ya hace poco, vino el malvado cambio climático y los fuegos se convirtieron en inextinguibles, “fuera de la capacidad de extinción”.
Qué bueno que pudiésemos volver a aquella situación, que parece ser la moraleja de este hermoso relato. No habría incendios (o serían pequeños). Los bosques serían una maravilla, superando problemas de contaminación, desorden territorial y urbanístico, especulaciones varias e intereses de multinacionales deseosas de dar “nueva vida” al campo, así como otras plagas modernas que no existirían, como tampoco el pérfido cambio climático, la erosión de los suelos y la consiguiente y progresiva desertificación, ni tampoco la disminución radical de los recursos hídricos o la degradación imparable de ríos y zonas húmedas. Habría muchísima gente, que se dedicaría a hermosas y tranquilas tareas rurales que, sorprendentemente, serían muy rentables, bien pagadas y origen de grandes rentas. ¡Qué bien! La moraleja se capta con facilidad y despierta automáticamente grandes apoyos. Cuentos semejantes se leen miles de veces en todas partes, aunque tal vez no con tantos matices benéficos. Pero el relato, un auténtico cuento infantil, se apoya lamentablemente, en gran cantidad de errores, falsedades y contradicciones y no podrá servir de base, ¡qué pena!, para ninguna solución, puesto que sus fundamentos no son reales, además de otros muchos problemas que no se ahondan en una historia tan feliz.
Para empezar, tenemos ya una gran dificultad en identificar el “cuando” era esa Arcadia feliz imperando en las montañas. No se aclara en el relato (y en general tampoco en las versiones más adultas, que siguen dejándolo en un “antes”, “hace años”, “en el pasado”). Supongo que el autor no se referirá a la época de los neandertales, ni tampoco al lejano Neolítico, ni tan siquiera a la época romana o a la larga edad media… épocas, todas ellas, demasiado lejanas y oscuras, sobre las que aún sabemos poco. En el territorio valenciano, donde nos ubicamos tanto el Sr. Oliver, como yo mismo y la mayoría de lectores, empezamos a tener más datos sobre los bosques y su problemática en los siglos XVII i XVIII, donde los informes bastante fiables de los autores ilustrados como J. A. Cavanilles, J. De la Croix, Antonio Ponz, P. Villanueva y otros, describen una situación muy diferente al cuento. Por ejemplo, Cavanilles dejó escrito:
“Quedan todavía en el reino más de 200 leguas cuadradas, que son los montes, incapaces de cultivo; los cuales a principios del siglo estaban cubiertos de pinos, carrascas, enebros y varios arbustos, cuya espesura se penetraba con bastante dificultad. Al paso que se multiplicaba nuestra especie y la agricultura, se rozaban y talaban los cerros y las faldas de los montes, sin cuidar jamás de replantarlas. Renacían cada día las necesidades, más no los árboles ni arbustos; y no hallando al fin bastante leña en los retoños, arrancaron hasta las raíces. Otros enemigos formidables hacían con frecuencia estragos en el interior de los montes, y sitios apartados de poblado. Los pastores las más veces para lograr mejores pastos, y algunas por malicia, quemaban y destruían en una noche los vegetales. He visto pruebas de esta maldad en los montes de Enguera, de Peñagolosa, del Pinet, sin que los delincuentes hayan sufrido la pena merecida. Finalmente, algunos con la apariencia de utilidad pública han disminuido los bosques útiles: piden licencia para reducir a cultivo parte de ellos; luego hacen un roce general de árboles y arbustos convirtiéndolos en cenizas; aran después la tierra, cogen granos por algunos años y muy pronto la abandonan, resultado de allí la destrucción del monte sin aumento de cultivo. “Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura y frutos del reyno de Valencia". 1.795).
Puede que ese “antes” sea aún posterior, el S. XIX, que ya nos ofrece testimonios más detallados sobre el tema. Destaca por ejemplo el informe que el ingeniero forestal, ilustre antecesor del Sr. Oliver, aunque jugaba en “otra liga”, M.Bosch i Julià. Este autor elaboró un estudio muy detallado, para el Ministerio de Fomento, sobre las graves inundaciones del día de S. Carlos (4 de noviembre) de 1864, en la cuenca del Júcar, para determinar la relación entre el estado de los bosques y la magnitud del desastre, de grandes dimensiones. Sus palabras suenan muy contundentes en estos extractos:
“El estado de los montes es el más lastimoso que pueda imaginarse” … “Si no se detiene la destrucción de los montes de Valencia cada día serán más frecuentes y desastrosas las inundaciones y más precario el estado de la agricultura”. … “Desnudas estas montañas de vegetación arbórea y arbustiva, y siendo grande su inclinación, las aguas de lluvia corren con rapidez a engrosar el caudal del Júcar” … “Los pinares quizá merecerían mejor el nombre de pastaderos. En pocas partes los pinos salpicados quitan el aspecto de aridez del territorio” ... “Los abusos del carboneo y de la ganadería no permiten la reproducción de los pocos árboles que quedan” … “Al recorrer el valle de Agres da compasión ver el estado de las umbrías de Mariola” … “En la región montana que hemos recorrido, sería un error creer que el monte ha sido reemplazado por el cultivo. Conviene repetir mil y mil veces que ordinariamente el monte ha sido transformado en un desierto” ... Miguel Bosch y Julià. “Memoria sobre la inundación del Júcar, en 1864, presentada al Ministerio de Fomento”. 1.866.
En un libro más reciente, publicado por el CEAM i la Generalitat valenciana y dirigido por el también ingeniero forestal Santiago Reyna, se lee una valoración rotunda, como resumen:
“Conclusión general: El panorama forestal desde finales del siglo XVIII a principios del siglo XX era desolador. El aprovechamiento abusivo de leñas, el pastoreo excesivo, la puesta en cultivo de áreas de vocación forestal, fueron las principales causas de deforestación. Los bosques de este periodo eran muy aclarados y con pocos arbustos…” Santiago Reyna i Jorge Boronat. “Evolució de les muntanyes valencianes. I. La Vall d’Albaida des de 1906 a 2002”. CEAM. Generalitat Valenciana. 2.003.
Bien; parece que el “pasado” del Sr. Oliver es más reciente, dado que, en los siglos anteriores, en general, no hay lugar para una Arcadia forestal en hermoso equilibrio con las actividades humanas. Tal vez, atendiendo a la posible edad de la venerable ancianita del cuento, se refiera al S. XX. Pero este periodo, no resulta muy esperanzador ni hermoso, ni para los bosques ni para el mundo rural. Justo apenas iniciado el siglo, en las primeras décadas, empieza un gran éxodo rural que aún ahora perdura, aunque más atenuado en algunos lugares y que ha dejado ese espacio que unos llaman vaciado, con muy baja densidad de población. ¿Por qué se fue la gente? ¿Para ver el mar? ¿Se fueron a las segundas residencias en playas o a ciudades crecientes, atraídos por el bullicio? Cuentos aparte, la situación fue muy grave. Justo debido a la sobreexplotación y degradación tanto de los bosques como del espacio agrícola y ganadero, junto con otras transformaciones externas de alcance mundial, el modelo socio-económico imperante se hundió y llevó al abandono de las actividades tradicionales y a una situación de máxima reducción y degradación forestal. Relatos y testimonios de toda clase referidos a las primeras décadas el siglo, incluso pinturas, como las de Sorolla, o incipientes fotografías que ya comenzaban a generalizarse, corroboran que entonces la mayoría de las montañas estaban peladas, grises o marrones, según se trate de fotografías o pinturas. Un panorama desolador enmarcado en una situación socio-económica de desastre… y eso que aún no había ecologistas para poder acusarles de todo ello. Los datos estadísticos tanto de la economía como de la despoblación son incontestables. El estudio de J. V. Maroto ofrece algunas pinceladas muy descriptivas:
“Hasta el siglo XIX con el aumento de la población fue creciendo la tierra cultivada, siguiendo una cadencia semejante; los bancales fueron edificados cada vez más altos, montaña arriba, en suelos muy magros, talando bosques, para sembrar cultivos de subsistencia como cereales, leguminosas y tubérculos. Esta situación precaria se quebró a finales del pasado siglo (el XIX), forzando al desalojo, al no encontrar más tierras accesibles.
Las primeras oleadas migratorias fueron formadas por los jornaleros sin tierra, pero ya en las posteriores salieron también labradores propietarios de tierras. Por lo que hoy es difícil encontrar asalariados agrarios, algún pastor ya mayor, y como mucho un pequeño número de labradores que intentan obtener ingresos marginales para inversiones realizadas o bien futuras en granjas y maquinaria“. Aproximación a un análisis descriptivo de los sistemas de producción agrarios en las comarcas valencianas. Dirección y coordinación: J. V. Maroto Borrego. Generalitat Valenciana. 1989. (pág. 19).
En definitiva, el bonito cuento de hadas del Sr. Oliver, que más bien parece un calenturiento sueño de una noche de verano, es un camelo, una invención sin conexión con la realidad. Y aunque hubiese existido esa Arcadia en algún momento del pasado (cosa que no se conoce) seguramente sería totalmente imposible regresar a esa maravilla. El mundo de hoy tiene 5 veces más habitantes que en 1990 (de 1.600 a más de 8.300 millones), por ejemplo, y una multitud de factores sociales, económicos, ambientales y políticos que hacen imposible volverse al monte a fundar una Terra nova, que imite un pasado que no existió. Si el pasado hubiese sido tan hermoso, no tendríamos ahora tantas áreas forestales degradadas, con las formaciones vegetales originales (dominadas por carrascas, alcornoques y robles) casi desaparecidas y substituidas por otras de menor valor ecológico, más inflamables y menos resilientes, y con procesos erosivos manifiestos que en algunos lugares han llevado a grandes pérdidas de suelo fértil e incipientes proceso de desertificación (especialmente el áreas del sur) y con unos recursos hídricos cada más mermados (ríos, acuíferos, zonas húmedas…)
Si nos dejamos de cuentos y volvemos a la realidad, hemos de reconocer que ni la solución para los incendios, ni tampoco para tener mejores bosques, ni para fundamentar un desarrollo sostenible en áreas rurales pueden fiarse a una vuelta al pasado, y aún menos considerando procesos como el cambio climático global, cuyos zarpazos son cada vez más destructivos en un territorio que se niega a actuar para evitarlos. Si realmente queremos evitar incendios forestales, hemos de dedicarnos a combatir las causas humanas de los mismos (el 80%) y dejarnos de mirar hacia otra parte, alimentando bulos, historias increíbles y estrategias que han fracaso durante décadas. Necesitamos una nueva y potente estrategia de prevención basada en evitar los incendios. La actual, basada en eliminar vegetación para construir barreras y contenciones al fuego, y para al cual reclama el señor Oliver más y más inversiones, no evita ningún incendio. Estas barreras servirían, en el mejor de los casos, a posteriori, cuando ya ha fracasado la prevención real. Necesitamos, prioritariamente, una estrategia urgente, para combatir las causas humanas de la mayoría de los fuegos. Una estrategia potente para combatir todas las causas concretas, de manera sistemática, bien financiada y con los instrumentos de planificación y regulación necesarios. Hemos de impedir los incendios de origen humano, modificando pautas y actuaciones de riesgo, perfectamente determinadas y sobre las que se podría actuar, de tener los medios necesarios, adecuados y potentes, que ahora no se dedican a este fin. Dejémonos de cuentos, que no sirven para prevenir los incendios, en el sentido literal y real. Ningún problema se resuelve sin actuar sobre las causas del mismo.
- Carles Arnal es doctor en Biología y miembro de la Comisión Forestal de Acció Ecologista-Agró.