Las procesiones y las muertas
La Cofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo de Sagunto ha vuelto a votar que no. Que las mujeres seguirán sin poder ser cofrades de pleno derecho. Que el artículo primero de sus estatutos, ese que reserva la condición de hermano a quien sea “varón bautizado”, permanece intacto, augusto, inamovible, como si fuera el Génesis y no un documento societario del siglo XXI.
Y España ha respondido con lo que sabe hacer mejor cuando algo huele a cura y a retroceso: indignarse colectivamente, llenar los platós, escribir editoriales encendidos. Bien. La discriminación es discriminación aunque lleve capirote. Pero yo quiero hacer una pregunta:
¿cuántas portadas han dedicado esos mismos medios a las 14 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en lo que llevamos de 2026? ¿Y a las tres criaturas asesinadas por sus padres en tres meses, el peor inicio de año en violencia vicaria desde que hay registros? ¿Saben sus nombres?Yo tampoco. Y ese es el problema.
La posición que debería tener cualquier administración pública que se tome en serio la Constitución es tan sencilla como esto: si discriminas, no cobras. El Estado español es aconfesional. Ninguna administración local tiene por qué sufragar ni con alfombras ni con policía de tráfico ni con escenarios montados por empresas públicas a una organización que veta a las mujeres. Esto no debería ser valiente. Debería ser lo normal.
Y sin embargo llevamos días hablando de esto como si fuera lo más urgente que le ocurre a las mujeres en España.
En Andalucía, miles de mujeres llevan meses esperando los resultados de sus mamografías. El programa de cribado acumula retrasos que superan el año. El cáncer no espera. Y sin embargo ese escándalo no ha llenado ni un plató.
Los servicios de atención a víctimas de violencia de género están privatizados en varias comunidades. Lo que debería ser una red pública accesible a cualquier mujer que llame a las tres de la mañana porque tiene miedo, funciona a través de empresas que ganan y pierden concursos. A las mujeres que llaman esto les da igual. Ellas solo necesitan que alguien coja el teléfono.
Y la mujer que huye de una relación violenta y no tiene adónde ir porque no puede pagar un alquiler. La madre que cría sola y cada mes hace la misma aritmética imposible. Las mujeres de Gaza, de Sudán, de todos los conflictos bélicos actuales, que están siendo violadas y asesinadas de maneras que preferimos no imaginar.
La indignación es un recurso escaso. Si la agotamos en lo que resulta fácil —en lo que tiene imagen, en lo que nos hace quedar bien sin costar nada— no nos queda para lo que de verdad duele.
La entrada de las mujeres en una cofradía es un asunto simbólico. Importante, con consecuencias legales, pero simbólico. Los asesinatos machistas no son simbólicos. Las mamografías que no llegan no son simbólicas. La mujer que esta noche no tiene dónde dormir no es simbólica.
Las procesiones son fotogénicas. Las muertas, no tanto.
*Escribo desde la convicción de que ninguna confesión religiosa tiene carácter estatal en España. Eso es además de un posicionamiento político, el artículo 16 de la Constitución.