El ejemplo empieza por la palabra
Tengo que confesar que no soporto la falta de autocrítica o la ausencia de crítica interna. Ninguna persona, entidad, administración o, incluso, partido político, son tan eficaces como para hacerlo todo de forma correcta. Nos equivocamos, erramos, fallamos, lo intentamos pero no llegamos, no acertamos, decidimos mal o tomamos el camino menos certero muchas veces. Sí, todo esto ocurre casi a diario pero, en ocasiones, poco se asume y se reconoce; al menos a mí no me llegan esos ecos de autoexamen o autoanálisis.
Es por esa falta de autorreflexión por la que siento la necesidad de plasmar estas líneas en las que quiero hacer una defensa a ultranza del cuidado del lenguaje, hablado y escrito, en las instituciones públicas, como es el caso del Parlamento de Canarias.
Y no se trata de ser purista o extremadamente literario o técnico como para que la sociedad sienta que estamos alejados de la realidad, pero lo que no podemos permitir es que no se cuide el lenguaje, no se fomente el uso de canarismos o se den puntapiés al diccionario constantemente. Desde mi humilde punto de vista, somos lo que proyectamos, pero también debemos saber que no es lo mismo hablar o dialogar en una corrillo de pasillo, en una cafetería con amigos, en casa con la familia o en un ámbito de tanta relevancia como el Parlamento de Canarias.
Y ahí está la clave, en saber adaptarse a cada espacio, a cada lugar, a cada momento, a cada ámbito y a cada público. No todo vale y, como diputados que representamos a la población canaria, debemos expresarnos y orar desde la tribuna parlamentaria con el máximo respeto, y eso implica hablar con propiedad, cuidar el lenguaje, respetar y cumplir las normas lingüísticas, y utilizar y respetar nuestro dialecto.
Es verdad que no siempre se llega a máximos, y aquí entono el mea culpa, pero sí es cierto que debemos dignificar esta Institución en cada sesión parlamentaria. Debemos hacerlo por quienes han pasado por ella, por quienes vendrán, porque somos reflejo de una sociedad que quiere seguir mejorando y porque debemos dar ejemplo. Siempre será más gratificante intentar igualarnos por arriba y cultivar el saber y la cultura que doblegarnos ante la dejadez.
Probablemente levante ampollas este artículo, pero me mantengo firme en mi pensamiento. Hablar bien, con propiedad, cumpliendo las normas lingüísticas básicas se entiende que forma parte también de nuestro trabajo parlamentario. Sencillamente expresarnos de forma correcta; luego va ya en cada uno ser más o menos rimbombante, fino, culto o técnico, pero lo que no cabe es ser vulgar. No puede ser que haya grupos parlamentarios que pidan mayor incremento presupuestario en el área de Educación, que es lícito como grupo de la oposición, pero que después se suban a la tribuna y no den muestras de que fueron a la escuela. Eso no es guay, no se equivoquen, y no debe ser ejemplo para las futuras generaciones. No puede ser que un adolescente nos pregunte qué es un “curasán” porque se lo escuchó decir a un diputado. Mire, “curasán” no existe, punto. Es croissant. Se puede pronunciar mejor o peor, pero no inventemos palabras. Y así con el dequeísmo o el laísmo o leísmo. No cuesta tanto cuidar el lenguaje y hablar con propiedad.
Tuve la fortuna de poder estudiar en la universidad porque ese era mi deseo, y siempre recuerdo las palabras de mi padre en las que me pedía que pasara por la universidad, que tanto él como mi madre harían el esfuerzo, pero que también la universidad pasara por mí. No tuvo que decírmelo dos veces.
Pues ese mensaje, con matices, mando hoy desde esta columna. Dignifiquemos el Parlamento, cuidemos el lenguaje, respetemos las normas básicas, apostemos por el uso de canarismos y demostremos a la ciudadanía de esta tierra que somos los mejores exponentes de una sociedad que nos ha elegido para que los representemos de la mejor manera posible, también hablando bien y esforzándonos por superarnos cada día.
Sobre este blog
Espacio de opinión de Canarias Ahora
0