Cambio de hora de invierno: un experto en sueño explica por qué gusta menos, pero nos sienta mucho mejor
Cada vez que se acerca el cambio de hora en octubre surge el mismo debate por la sensación de que las tardes se acortan y la tristeza de la falta de luz. Socialmente, la preferencia por los atardeceres tardíos y el disfrute al aire libre tras la jornada laboral parece clara, pero la cronobiología plantea un diagnóstico muy distinto: mientras nuestras preferencias de ocio buscan tardes luminosas, nuestro cerebro necesita mañanas claras.
“Hay una diferencia entre la luz que nos gusta y la luz que nuestro cuerpo necesita”, aclara el especialista en sueño Alfredo Rodríguez-Muñoz, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro Dormir para vivir.La ciencia del descanso en la era del cansancio (Kailas). “Queremos la luz cuando más podemos disfrutarla, pero nuestro cerebro la necesita especialmente cuando empieza el día”, explica.
“La luz de la mañana es una de las señales más potentes que tiene el cerebro para sincronizar el reloj interno. Nos ayuda a activarnos al empezar el día y a mantener nuestros ritmos más alineados con el ciclo natural de luz y oscuridad”, señala el experto, incidiendo en que no todas las horas de luz ambiental producen el mismo impacto. “La luz al final de la tarde y por la noche, en cambio, tiende a retrasar ese reloj”, puntualiza.
Por este motivo, las principales sociedades científicas dedicadas a la medicina del sueño y los ritmos circadianos coinciden en que, si se tuviese que elegir un único horario permanente para todo el año, el de invierno es el que mejor encaja con nuestra biología, argumenta Rodríguez-Muñoz. “El horario de verano permanente nos regalaría tardes luminosas, sí, pero las pagaríamos con mañanas más oscuras”, destaca.
Ese desajuste, explica, afecta de forma especial a los adolescentes y a las personas con tendencia natural a acostarse tarde, porque si su reloj biológico ya tiende a retrasarse esto se potencia si se retrasa también el anochecer, mientras que el horario de comienzo de institutos y trabajos se mantienen inalterado. “El horario de invierno favorece una mejor alineación entre nuestro reloj interno y los horarios sociales. Puede facilitar unos horarios de sueño algo más tempranos, reducir el jet lag social y disminuir la tendencia a acumular falta de sueño”, incide el catedrático.
El debate adquiere un matiz singular en España debido a la combinación de su ubicación geográfica y unos horarios sociales especialmente tardíos. “Ya somos especialistas en cenar, terminar el día y acostarnos tarde, y prolongar todavía más la luz al final de la jornada no ayuda precisamente a adelantar nuestros relojes”, añade el experto, que razona que el cambio al horario de verano suele asociarse con pérdida de sueño y mayor somnolencia.
Para aprovechar el ritmo natural de la luz y favorecer el bienestar durante los meses fríos, Rodriguez-Muñoz recomienda tres pautas sencillas: “Lo más importante es intentar recibir luz natural durante la primera parte del día y por la noche, lo contrario, reducir progresivamente la intensidad de la luz. También conviene mantener cierta regularidad en las horas de levantarnos y acostarnos”. “No hace falta vivir con disciplina militar, pero nuestro reloj biológico agradece cierta previsibilidad”, concluye el especialista.