Frescos o en conserva: cuatro formas de cocinar mejillones para disfrutar de todo su sabor
Hay pocos productos que ofrezcan tanto a cambio de tan poco. Los mejillones son baratos, fáciles de encontrar durante todo el año y, bien tratados, capaces de competir en placer con mariscos que triplican su precio. Sin embargo, siguen cargando con cierta fama de recurso modesto, casi de apaño, como si su lugar natural estuviera en una lata o en una ración rápida de bar.
Nada más lejos de la realidad. Detrás de su concha oscura hay un ingrediente versátil, agradecido y profundamente ligado a la cocina cotidiana de la costa. Y también a la del interior, donde las conservas han permitido que su sabor viajara durante décadas sin perder identidad.
Frescos o en lata, los mejillones admiten preparaciones sencillas que realzan su carácter y recuerdan por qué siguen siendo un clásico. Estas son cuatro maneras de cocinarlos que conviene tener a mano cuando apetece comer bien sin complicarse la vida.
Mejillones al vapor, el punto de partida que nunca falla
Antes de experimentar, merece la pena volver a lo básico. El mejillón al vapor es la forma más directa de entender el producto: calor, humedad y poco más. Si la materia prima es buena, el resultado roza la perfección.
Lo primero es limpiarlos. Basta retirar las barbas, raspar la concha si tiene adherencias y desechar los que estén rotos o permanezcan abiertos tras darles un pequeño golpe. Después, a la cazuela.
No hace falta cubrirlos de agua. De hecho, añadir demasiado líquido es uno de los errores más comunes. Con el que sueltan es suficiente. Un chorrito de vino blanco, una hoja de laurel o unos granos de pimienta pueden acompañar sin robar protagonismo.
En pocos minutos comenzarán a abrirse. Ese es el momento de apagar el fuego: si se pasan, se vuelven secos y pierden gracia. Servidos tal cual, con su propio jugo, o con unas gotas de limón, funcionan como aperitivo inmediato y también como base para otras recetas.
Además, el caldo resultante es oro. Colado, puede enriquecer arroces, sopas o salsas marineras.
Mejillones en escabeche casero
La conserva de mejillones en escabeche es una de las reinas indiscutibles del picoteo. Pero prepararlos en casa tiene algo de ritual que engancha: permite ajustar el equilibrio entre acidez, especias y aceite, y da como resultado un bocado con personalidad propia.
El proceso comienza igual que en el vapor. Una vez abiertos, se retiran de la concha y se reservan. Aparte, se elabora el escabeche: aceite de oliva, vinagre suave, vino blanco, pimentón, laurel y, si gusta, unos granos de pimienta o un diente de ajo.
La mezcla se cocina unos minutos para que pierda agresividad y, todavía caliente, se vierte sobre los mejillones. Tras unas horas de reposo —mejor de un día para otro—, el sabor se redondea y aparece esa profundidad que asociamos a las buenas latas.
Servidos con patatas fritas, sobre una tostada o simplemente solos, son un recordatorio de que la tradición conservera tiene mucho que enseñar a la cocina doméstica.
Mejillones en salsa marinera
Si hay una preparación que convierte cualquier comida en fiesta, es esta. La salsa marinera pide pan desde el primer minuto y consigue que una cazuela de mejillones desaparezca a velocidad sospechosa.
Aquí el jugo que han soltado al vapor vuelve a jugar un papel fundamental. Sobre un sofrito de cebolla y ajo —hay quien añade tomate, hay quien lo evita— se incorpora harina o pan rallado para dar cuerpo. Luego llegan el vino, el caldo de los propios mejillones y, finalmente, ellos.
Unos minutos al fuego bastan para que todo se integre. Perejil fresco por encima y a la mesa.
La clave está en la intensidad. Debe ser una salsa sabrosa, pero que no oculte el carácter yodado del molusco. Cuando se logra ese equilibrio, el resultado es puro invierno, sobremesa larga y manos manchadas de mojar sin disimulo.
Mejillones en conserva, pero con un giro inesperado
A veces el mérito no está en cocinar, sino en saber transformar. Las latas de mejillones —en escabeche, al natural o en salsa— son un salvavidas magnífico para comidas rápidas, pero también pueden convertirse en platos que van mucho más allá del aperitivo improvisado.
Un ejemplo sencillo: una ensalada templada de patata cocida, cebolla morada y mejillones en escabeche, aliñada con parte de su propio líquido y un poco más de aceite. Otro: incorporarlos a un arroz casi al final de la cocción para que aporten profundidad sin necesidad de fumet.
Incluso triturados pueden dar juego. Mezclados con queso crema o yogur espeso, unas gotas de limón y pimienta, se convierten en un paté perfecto para untar.
La ventaja es evidente: el trabajo previo ya está hecho. Solo hay que abrir, pensar un poco y dejar que el producto brille.
Un sabor que siempre encaja
Los mejillones tienen algo reconfortante. Son fáciles de preparar, agradecen la compañía justa y rara vez decepcionan.
En tiempos en los que buscamos recetas rápidas, pero memorables, conviene recordar ingredientes así, capaces de adaptarse a lo que tenemos a mano sin perder carácter. Da igual si llegan en malla desde la pescadería o en lata desde la alacena: con un poco de atención, ambos caminos conducen al mismo sitio.