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La higiene de tus plantas: el hábito de 15 minutos al mes que multiplica su salud (y mejora su aspecto)

Diego Olivares

20 de febrero de 2026 22:26 h

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Es cierto que en casa las plantas no tienen esos inputs caprichosos de la naturaleza que les hacen estar en pleno esplendor, pero también es cierto que tampoco tienen la capacidad de apagarse de repente de un día para otro. Muchas veces es solo cuestión de darles un push que casi nadie tiene en cuenta: la higiene. En interiores no llueve ni hay viento que limpie sus hojas, y el polvo se acumula poco a poco, bloqueando la luz y dificultando su respiración. 

Las hojas de tus plantas funcionan como pequeños paneles solares: si están cubiertas de polvo, producen menos energía y la planta se debilita poco a poco. Esa pérdida de vigor no es solo estética, afecta directamente a su crecimiento y la vuelve más vulnerable a plagas. La buena noticia es que no necesitas productos especiales ni rutinas complicadas. Con apenas 15 minutos al mes dedicados a su higiene, puedes devolverles brillo, fuerza y una salud mucho más visible. 

Si tu planta no crece, revisa esto primero 

A veces una planta empieza a cambiar sin hacer ruido y no siempre es culpa nuestra. No se marchita ni pierde hojas de golpe. Simplemente deja de avanzar con la misma energía. El crecimiento se ralentiza, los brotes nuevos parecen más pequeños y el verde ya no es tan intenso. Todo parece correcto, pero algo no fluye igual. 

Hay un factor silencioso que casi nunca miramos de cerca. Las hojas no son decoración: son el centro de operaciones. Es ahí donde la planta capta luz, transforma energía y regula su equilibrio. Cuando esa superficie se cubre poco a poco de polvo y suciedad cotidiana, su eficiencia baja y la hoja trabaja por debajo de su capacidad.

Las hojas no son decoración: son el centro de operaciones. Es ahí donde la planta capta luz, transforma energía y regula su equilibrio

¿Qué hacer? Acércate a la hoja, mírala a contraluz, pasa los dedos suavemente. Si notas una película fina o el verde no refleja la luz como antes, ya tienes la respuesta. 

Para limpiar con criterio, lo más sencillo, sin trucos enrevesados, es utilizar un paño húmedo en las plantas de hojas lisas. No hace falta que la empapes ni utilices productos abrillantadores, solo coloca tu mano en la zona inferior de la hoja a modo de apoyo y pasa el trapito con suavidad. Se trata de un momento tranquilo y te llevará su tiempo, así que aprovecha para ir un paso más allá retirando las hojas secas, limpiar restos del sustrato y revisar el envés en busca de señales pequeñas pero reveladoras, como puntitos negros, restos de mudas o zonas pegajosas. A veces no vemos la plaga, pero sí su rastro. 

En el caso de las hojas más pequeñas, no tiene sentido ir una por una con el paño. Aquí funciona mucho mejor una pulverización suave, fina, casi como una bruma ligera que arrastre el polvo sin empapar. Si la planta es frondosa, esa pequeña 'ducha' ayuda a limpiar de forma uniforme sin manipular en exceso cada hoja.

En cambio, cuando se trata de hojas delicadas o con textura, como las de una begonia, lo más prudente es utilizar una brocha suave en seco. Este tipo de plantas suelen tener superficies irregulares, a veces con pequeños pelillos o relieves que retienen el agua. Cuando el agua se queda acumulada en esas microzonas y no se evapora rápido, puede favorecer manchas, podredumbre localizada o incluso la aparición de hongos. Cuidado aquí. 

Errores habituales con la higiene: parecen buena idea (pero no lo son) 

Cuando descubres que la higiene es importante, es fácil caer en mitos sacados de las redes o comentarios de antaño y terminar liándola antes de ayudar a nuestras plantas. 

Uno de los más comunes es usar abrillantadores comerciales siempre. Estos productos prometen hojas más verdes y espectaculares al instante, pero la mala noticia es que muchos dejan una película artificial que altera la superficie natural. A corto plazo parece un éxito estético; a medio plazo, esa capa puede acumular más polvo y dificultar la transpiración. 

Otro clásico es aplicar aceites para 'nutrir' la hoja. Aquí conviene afinar: la nutrición foliar existe, claro, pero no tiene nada que ver con recubrir la hoja con aceite. Un fertilizante foliar funciona porque aporta nutrientes en formas solubles y asimilables (y con una formulación pensada para penetrar sin dañar el tejido). El aceite, en cambio, no alimenta: crea una película que se acumula y puede interferir con la transpiración y el intercambio gaseoso. 

¿Y otros remedios de andar por casa como leche o cerveza? Pues pasa algo parecido… Que algo contenga nutrientes no significa que la hoja pueda aprovecharlos. La absorción foliar no trabaja con azúcares, proteínas o grasas como si la planta comiera por la hoja. Trabaja con iones y compuestos específicos. En la práctica, cerveza y leche tienden a dejar residuos orgánicos que acaban haciendo que el polvo se pegue, favoreciendo la creación de biofilm/microorganismos en la superficie que, además, pueden atraer insectos. Si quieres nutrición foliar, utiliza productos formulados para ello. Si quieres higiene, agua y un paño bien limpio.

Si retiras hojas secas o haces pequeñas podas con tijeras sin desinfectar, puedes trasladar patógenos de una planta a otra sin darte cuenta

Por último, hay un error menos visible pero más relevante: olvidarse de las herramientas. Si retiras hojas secas o haces pequeñas podas con tijeras sin desinfectar, puedes trasladar patógenos de una planta a otra sin darte cuenta. La mejor forma de sanear tus tijeras es con lejía, pero bien utilizada. Prepara una dilución al 10% (una parte de lejía por nueve de agua), impregna bien la zona de corte y deja actuar unos minutos. Después, aclara con agua limpia y seca completamente. Este paso es clave: la lejía es oxidante y, si se deja residuo, puede deteriorar el filo y favorecer la corrosión. 

Desinfectar las herramientas evita la transmisión de hongos, bacterias o virus entre plantas, especialmente cuando retiras tejido enfermo. También puedes usar alcohol al 70%, que es eficaz y menos corrosivo, aunque no matará tantos patógenos como la lejía.

Pero tampoco nos volvamos locos: brillo no es sinónimo de salud. Limpiar con demasiada frecuencia o con demasiada intensidad, frotando en exceso o manipulando constantemente las hojas, genera un estrés mecánico que no nos beneficia. La higiene es mantenimiento periódico, no intervención continua.