No es raro que esa sal te sepa a huevo frito: la razón por la que la sal negra tiene un sabor tan característico

La primera vez que alguien prueba sal negra suele venir acompañada de una reacción inmediata: “¿esto sabe a huevo?”. No es sugestión ni un truco del cerebro. Esa sensación tan concreta —a clara y yema fritas— tiene una explicación química muy clara y una historia que nos lleva bastante lejos de nuestras cocinas.

Conocida también como Kala Namak, esta sal negra del Himalaya procede, igual que la famosa sal rosa, de las minas de Khewra, en Pakistán. Desde allí se ha utilizado durante siglos tanto en la gastronomía del subcontinente indio como en la medicina tradicional ayurvédica. Y sí, su olor puede ser sorprendente, pero precisamente ahí está su encanto.

Por qué la sal negra sabe a huevo frito

La clave del sabor de la sal negra está en un compuesto químico: el sulfuro de hidrógeno. Este elemento es el responsable directo de ese aroma sulfuroso tan reconocible, muy similar al que desprende un huevo cocido o frito.

Durante el proceso natural de formación de esta sal volcánica, los minerales reaccionan entre sí y liberan pequeñas cantidades de este gas, que queda atrapado en los cristales. El resultado es una sal con un perfil aromático completamente distinto al de la sal común.

Por eso, cuando se añade sal negra del Himalaya a un plato caliente, el olor se intensifica y aparece esa nota inequívoca a huevo, incluso aunque no haya ni rastro de él en la receta.

Qué es exactamente la sal negra del Himalaya

A diferencia de las sales refinadas, la sal negra es una sal mineral de roca, sin procesar industrialmente. Además de cloruro sódico, contiene hierro, azufre, magnesio y otros oligoelementos que le dan su color oscuro —entre rosado, violáceo y negruzco— y su perfil nutricional.

Uno de los aspectos más interesantes de la sal negra del Himalaya es que tiene menos sodio que la sal común, lo que la convierte en una alternativa interesante para personas con hipertensión o que buscan reducir el consumo de sal sin renunciar al sabor.

Kala Namak: mucho más que una sal curiosa

En India y Pakistán, la Kala Namak no es una rareza gastronómica, sino un básico. Se utiliza en frutas, ensaladas, chaats, bebidas y platos calientes. Su uso no es decorativo, sino funcional: aporta profundidad y un punto umami muy marcado.

Dentro de los beneficios de la sal negra que se le atribuyen tradicionalmente, destacan sus efectos digestivos. Se considera un laxante suave y se utiliza para aliviar hinchazón, gases y digestiones pesadas. También se valora su contenido en magnesio, especialmente entre deportistas, por su papel en la prevención de calambres musculares.

Además, se le atribuye un efecto regulador sobre los niveles de azúcar en sangre y la retención de líquidos, precisamente por su menor contenido en sodio frente a la sal convencional.

Por qué se ha hecho tan popular en la cocina vegana

Hay un colectivo que ha abrazado la sal negra con entusiasmo: la cocina vegana. El motivo es evidente. Gracias a su sabor, permite recrear platos con “sabor a huevo” sin utilizar ningún producto de origen animal.

Tofu revuelto, mayonesas vegetales, cremas o salsas adquieren otra dimensión con una pizca de Kala Namak. El resultado es un guiño gustativo inmediato que engaña al paladar sin necesidad de artificios.

Cómo usar la sal negra sin complicarse

No hace falta ser un chef ni dominar técnicas complejas para disfrutar de la sal negra del Himalaya. Funciona especialmente bien en preparaciones sencillas: unas patatas fritas recién hechas, un puré de verduras, una ensalada de pasta o una tostada con aceite de oliva.

Eso sí, conviene usarla con moderación. Su aroma es intenso y puede dominar el plato si se añade en exceso. Aquí, menos es más.

Un ingrediente que desconcierta… y engancha

La sal negra es uno de esos productos que no dejan indiferente. Puede chocar al principio, pero una vez se entiende su lógica —y su química—, se convierte en una aliada culinaria con personalidad propia.

Porque pocas cosas hay más curiosas en la cocina que saborear un huevo frito… sin que haya ningún huevo en el plato. Y ahí, la sal volcánica juega con ventaja.