La araña

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Algunas veces, atravesamos etapas en que nos sentimos desubicados en nuestra vida. Nos sentimos prisioneros de nuestro pequeño mundo y dudamos entre romper todas las ataduras en un salto gigantesco o permanecer tristes y amargados en el centro del engranaje que hemos creado a lo largo de tantos años.

De pronto, me fijo en una araña y observándola a lo largo de varias semanas, creo hallar en ella la inspiración para resolver mi dilema al tiempo que le dedico este cuento.

La araña llevaba tanto tiempo en el centro de su tela que incluso había olvidado el instante exacto en que decidió quedarse allí. No era inmovilidad por miedo ni por pereza, sino por una forma de atención que exigía quietud: desde ese punto preciso percibía cada vibración, cada mínima alteración del equilibrio que ella misma había tejido. Los hilos que había tejido y lanzado lo más lejos que había sido capaz, no eran simples filamentos; eran tensiones emocionales, vínculos sostenidos en el tiempo, ausencias que aún temblaban cuando algo las rozaba. Permanecer en el centro era su manera de cuidar la red completa, aunque quien la observa pudiera interpretar que no hacía nada.

Desde ese lugar, la araña aprendió a distinguir vibraciones procedentes de puntos de enganche alejados y por lo tanto más antiguos, de las de alta frecuencia que indicaban que su origen era más cercano. Las primeras se caracterizaban por oscilaciones más lentas, casi previsibles, cuyo ritmo mecía toda la estructura dulcemente, lo que impresionaba de poco peligrosas. Sin embargo, su duración prolongada en el tiempo, acababa desequilibrando el conjunto.

Dado que los hilos por donde viajaban esas vibraciones, eran antiguos, desgastados por todo lo que habían tenido que soportar, terminaban por romperse poco a poco. Micra por micra perdían consistencia hasta que, por fin, en un último golpe, se soltaban de aquel punto en lo que parecía un sólido muro y quedaban colgando, esperando que el siguiente golpe de viento, los alejara por siempre de la tela de araña.

Las otras irrumpían sin aviso, sacudiendo la tela con una urgencia que obligaba a tensar todo el cuerpo. No todas merecían la misma respuesta. Algunas pedían atención inmediata; otras solo necesitaban ser sentidas, reconocidas, y luego dejarlas en su vaivén natural.

Con el tiempo comprendió que la tela no era un refugio, sino una extensión de sí misma. Cada hilo había sido colocado con una intención concreta, incluso aquellos que ahora parecían innecesarios o frágiles. Había tejido para no caer, para no dispersarse, para sostener aquello que temía perder. Y en ese acto inicial, silencioso y meticuloso, ya se había definido su manera de estar en el mundo: vinculada, atenta, siempre en relación.

A veces un hilo se rompía. El sonido era seco, breve, pero la sacudida recorría toda la estructura. La araña sentía entonces una tentación conocida: abandonar el centro, correr hacia el punto exacto de la ruptura, reparar de inmediato lo perdido. Sin embargo, sabía que moverse impulsivamente podía debilitar el resto de la red. Había aprendido —no sin dolor— que no toda rotura debía ser evitada, y que insistir en sostener ciertos hilos acababa desgastando todos los demás.

Hubo un tiempo en que creyó que su valor residía en la perfección de la tela, en mantener cada vínculo intacto. Permanecía alerta, rígida, anticipando vibraciones que aún no existían. Fue entonces cuando el centro empezó a pesarle. La inmovilidad dejó de ser elección y se convirtió en obligación. No porque la tela lo exigiera, sino porque ella había olvidado que también podía saltar, pero ¿a qué precio? ¿qué haría si dejaba esa tela? ¿Acaso su misión en la vida no era tejer una sucesión de telas de araña? Y ¿qué significaba esa tela de araña?

Tras reflexionar sobre esas cuestiones comenzó a relajarse. Poco a poco le fue encontrando un sentido a su existencia y a su lugar en el mundo. Permanecer en el centro ya no significaba sacrificarse, sino confiar en que la red podía transformarse sin desaparecer. La red podía temblar, algunos hilos podían ceder y otros tensarse y ella seguiría en el centro, equilibrando el conjunto.

La araña no se movió, pero algo en su forma de estar cambió.

Desde fuera, seguía pareciendo inmóvil. Pero ahora sabía que sostener no es lo mismo que retener, y que incluso en la quietud más absoluta existe un movimiento interno: el de quien aprende a habitar sus vínculos sin perderse en ellos.

Dedicado a todas las personas que en algún momento nos hemos sentido arañas.

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