El psicólogo David Amselem explica los beneficios de las conversaciones triviales: “Las habilidades sociales se entrenan”
A menudo son desterradas a la categoría de algo útil y solemos pensar en ellas como algo innecesario y superfluo. Las charlas informales y los encuentros triviales con desconocidos, bajo una falsa apariencia de trivialidad, en realidad pueden ser una forma eficaz de generar conexiones más profundas de lo que en un principio podríamos pensar. El típico momento en el ascensor en el que solemos evitar incluso el contacto visual, el silencio entre los pasajeros en el tren o la pausa incómoda con algún compañero de trabajo son momentos en los que, en la mayoría de los casos, asumimos que es mejor permanecer en silencio en lugar de entablar una charla informal.
Sin embargo, las investigaciones sugieren todo lo contrario: incluso los intercambios breves tienden a hacernos sentir mejor, a menudo más conectados. Como este estudio, según el cual intercambiar algunas palabras de forma regular con desconocidos aumenta el sentido de pertenencia a un grupo más amplio, fortaleciendo así el tejido social. Y no se trata de convertir cada charla en una conversación sincera, sino en aprovechar bien los pequeños momentos para que se conviertan en oportunidades para una conexión real.
Los beneficios de las ‘microrrelaciones’ o los ‘vínculos débiles’
Podemos vivir decenas de momentos en los que, a lo largo del día, hablamos con el cartero o con un vecino sobre temas triviales. Son lo que se denominan ‘vínculos débiles’ o ‘micro relaciones’, intercambios educados sobre el tiempo, el trabajo o los planes de fin de semana. Pero que pueden ser tan importantes como los fuertes lazos que formamos con nuestro círculo más íntimo. Para David Amselem Ramírez, psicólogo general sanitario, estas “interacciones superficiales o sin demasiada profundidad con otras personas que no conocemos bien sí pueden tener beneficios claros”.
Aunque a menudo se desestiman como superficiales, las charlas informales no carecen de sentido: actúan como una especie de pegamento social, aliviando tensión y abriendo la puerta a la conexión. Y lo son fundamentalmente porque “somos animales sociales y esas interacciones no solo hacen que ‘lo pasemos bien’, sino que pueden influir en nuestro estado de ánimo”, afirma Amselem. Si bien no todas las conversaciones son especialmente interesantes, no es razón para dejar de hablar, porque incluso las conversaciones promedio suman, para ayudarnos a sentir un poco más de confianza y un poco menos de miedo.
Estos intercambios breves pueden mejorar la salud y la felicidad, elevar el estado de ánimo, la energía y el bienestar general. Las interacciones sociales mínimas, como una sonrisa, un cumplido o una charla rápida, son buenas para todo el mundo. “Mantener estas interacciones superficiales podría verse como un ejercicio de mantenimiento de un buen estado de ánimo, de la misma manera que intentamos comer de forma equilibrada o hacer algo de ejercicio para mantener una buena salud física”, afirma Amselem.
Con estos encuentros conseguimos además lo que el experto llama como enriquecimiento ambiental. Y esto es algo positivo porque es distinto a lo que tenemos con los vínculos más fuertes, con los que estamos expuestos siempre a los mismos estímulos, lo que hace que “el poder de gratificación pierda algo de fuerza”. “Introducir otro tipo de interacciones nos aporta variabilidad, novedad, mayor estimulación, y eso previene la apatía y el aburrimiento”, afirma Amselem.
Para el especialista, se trata de una “especie de ‘gimnasio social’ que nos ayuda a ser más hábiles socialmente, no nos exige tanto porque son de ‘bajo riesgo’ y apenas hay consecuencias negativas si nos equivocamos en algo o la charla es sosa”. A la larga, si fomentamos este tipo de encuentros, nos ayudará a ser “más sociales, más eficaces, estaremos más cómodos con las relaciones sociales, mejora la imagen que desprendemos a los demás, y la calidad y profundidad de las interacciones futuras”, afirma Amselem.
¿Por qué a unas personas se les da tan bien y a otras se les hace una montaña?
No a todas las personas les gustan las charlas informales ni se sienten cómodas con estos encuentros triviales. Y no es porque sean groseros ni antisociales. “Creo que aquí la principal causa es lo que llamamos historia de aprendizaje, aunque también podemos hablar de la personalidad o las propias habilidades sociales”, admite Amselem. Y esto tiene que ver con “todas las cosas que hemos vivido y experimentado a lo largo de nuestra vida, que han acabado moldeando las cosas que hacemos, cómo nos sentimos y, en definitiva, quiénes somos”, admite el especialista.
Para una persona que le cueste este tipo de charlas, es posible que “en su contexto no se fomentara este tipo de interacciones (‘¡no hables con desconocidos!’) o que, con el tiempo, se asociasen a una cierta incomodidad o incluso miedo. Estas personas suelen estar influidas por reglas personales internas como ‘voy a molestar’ o ‘quedaré en ridículo’”, afirma Amselem. Aquí podemos entrar en un círculo vicioso: cuanto menos nos relacionamos así, menos hábiles e incómodos nos sentimos, por tanto, no lo hago.
“Todo este proceso, para bien o para mal, está directamente relacionado con las habilidades sociales que desarrolla una persona”, matiza Amselem. Aquí podemos hablar de la extroversión, que “tiene mucho que ver con el nivel de estimulación que necesitamos para sentirnos bien”, afirma Amselem. Por eso una persona extrovertida busca estimulación externa para sentirse bien: no paran de salir, de hacer cosas, de hablar con gente. En cambio, “a las personas introvertidas, les pasa al revés”, reconoce Amselem, y escogerán otro tipo de actividades, como leer o quedarse en casa.
“Con una base de activación biológica muy alta, a las personas introvertidas las cosas muy estimulantes las saturan y les hacen estar incómodas”, afirma Amselem. “No es que las personas extrovertidas tengan nada de especial, es que simplemente han practicado más”.
Consejos para mejorar estos pequeños encuentros
“Las habilidades sociales se entrenan”, afirma Amselem. Por tanto, si queremos fomentar este tipo de encuentros en nuestro día a día tendremos que practicar. “Uno de los mejores consejos es usar el contexto a nuestro favor, no hablar de cosas aleatorias, sino de lo que ambos estamos viendo: la cola del súper, el perro que lleva la otra persona o el libro que tiene sobre la mesa”, afirma Amselem, que aconseja, además, tener en cuenta esta serie de consejos:
- Hacer preguntas abiertas: en lugar de decir ‘¿Te gusta el café?’, que se responde con un sí o un no, podemos probar con un ‘¿Qué tal el café de aquí?’. “Esto aumenta las probabilidades de que la otra persona nos responda con algo más detallado y favorece que la conversación continúe”, afirma Amselem.
- Aceptar que las otras personas suelen ser más amables de lo que pensamos: muchas veces, lo que nos impide avanzar en este tipo de encuentros es pensar, de forma equivocada, que el otro no está interesado en conectar con nosotros. Aunque a veces puede ser así, otras muchas no. “Hay que aprender a leer el contexto y saber cuándo es buena idea y cuándo no, y para eso tendremos que lanzarnos y probar”, sostiene Amselem.
- Aprender a cerrar la conversación: no es necesario mantener un discurso largo y sostenido, ni alargar el tema de forma innecesaria. Para Amselem, es importante “saber detectar cuándo tiene que cerrarse una conversación, porque la otra persona no quiere hablar tanto, porque tiene prisa o se siente incómoda, es indispensable para que aprendamos a ser eficaces en estas situaciones”.
En todos los casos, la práctica es la clave porque es la que nos permitirá “enfrentarnos a estas situaciones”, concluye Amselem.