“Se ha confundido usted de exposición”: la Frida Kahlo original compite contra su apabullante inmersión

Julia llega al Palacio de Neptuno y pregunta por la exposición de Frida Kahlo. Una empleada le señala unas gafas de realidad virtual, después una galería fotográfica y le dice que la inmersión está una planta más arriba. “¿No están aquí sus obras?”, dice disgustada la octogenaria. “Se ha confundido usted de exposición”, admite la recepcionista. “Yo no quería esta, pero ya que estoy aquí...”, se resigna.

La vida y obra de Frida Kahlo a través de una exposición multisensorial

Saber más

Lo que le ocurrió a Julia es justamente lo que temen que pase en la Casa de México de Madrid, donde se acaba de inaugurar Frida Kahlo: Alas para volar con 31 obras originales. Que el público se confunda y termine pagando por la muestra equivocada. No sería difícil, pues los carteles, marquesinas y posicionamientos en Internet inclinan la balanza hacia la Frida mainstream.

La experiencia inmersiva de Frida Kahlo es una competidora más fuerte y con más recursos. Aterrizó en Madrid el pasado noviembre y desde entonces ha ampliado fechas un par de veces por la buena acogida. Alas para volar tiene el señuelo perfecto, pero mucho menos dinero para invertirlo en publicidad. “Eso sí fue muy complicado. Yo llevo 25 años viviendo en este país y no había escuchado hablar de Frida en todo este tiempo. Y justo cuando organizamos nuestra exposición, tiene que coincidir con esa fridomanía y estas inmersiones”, lamenta Ximena Caraza, directora de Casa México. “Por eso en todas nuestras comunicaciones ponemos que hay 31 obras originales”, añade con sorna. Esta última se mantendrá hasta el Día de Todos los Santos, cuando la despedirán con un “altar de muertos”.

Sacar a Frida Kahlo de México es una misión casi imposible. La última vez que Madrid acogió una exposición con obras originales de la idiosincrática artista corría el año 1985, y se celebró en la Biblioteca Nacional. A aquella fue Julia con su marido, aunque ambos llevaban tiempo tras su pista. Él era un fan absoluto del Surrealismo, pero cuenta que fue ella quien le descubrió a Kahlo. “Aún no se hablaba de ella y yo recortaba sus cuadros de los periódicos”, explica la mujer de 83 años. Le atrajo “lo raro, lo difícil, su vida y sus sufrimientos” cuando pocos la conocían. Hoy Frida es un mito y no hace falta ir a una exposición para llegar a su imaginario: está estampada en tazas, camisetas, tote bags y hasta en zapatillas Converse.

“Antes la seguía, pero ahora me cuesta porque estoy sola y tengo que venir de lejos”, dice Julia. La tecnología también le ha supuesto una traba. Su hijo le ayudó a sacar las entradas y pinchó en el primer enlace que aparecía. “Esto está muy bien, es muy moderno, pero claro, no es lo mismo”, admite en plena sala inmersiva, con una bonita música de fondo y coloridas ilustraciones flotando por el techo y las paredes.

Además de Julia, hay un par de personas de su edad, un grupo de veinteañeras y dos parejas. Son los resquicios de público que acude antes de que acabe mayo y con él la exposición de Next Exhibition, una de las empresas líderes del mundo en experiencias inmersivas. No quieren desvelar los números de visitantes porque son “datos sensibles”, pero presumen de haber organizado más de un centenar de muestras y de seguir sumando. La entrada general cuesta 16 euros y tienen opción de pase VIP por 28, que incluye una bebida y observar la exposición en un alto dispuesto a dos metros del suelo. En viernes víspera de festivo y por la mañana, la sala VIP está cerrada y no hay rastro del mezcal.

César y Sara son una de las parejas que rondan por el palacio Neptuno. Han venido desde Murcia para pasar el puente y reconocen que se les encendió la bombilla al ver las marquesinas del metro. “Yo soy fan de Frida, pero no conozco mucho su obra”, reconoce ella. Están satisfechos con lo que les ha ofrecido la inmersión, a pesar de que no incluye ni un solo cuadro original de la artista mexicana.

La totalidad de Frida Kahlo: la experiencia se basa en fotografías de su vida y en montajes audiovisuales con colores chillones, frases célebres y enormes ilustraciones. Al inicio el visitante se sienta en una butaca con unas gafas de realidad virtual que recrean un paseo por el exterior de la Casa Azul, donde Frida y Diego Rivera vivieron y concibieron sus obras. El resultado es aceptable y original, aunque lo acompaña una locución con acento español que expulsa al visitante de la atmósfera mexicana.

Al viaje virtual le sigue una sucesión de fotografías que advierten en las cartelas que son “impresiones digitales modernas”. En ellas aparece Frida con su familia, en la cama, con sus amigos, con sus animales, con sus camaradas del Partido Comunista y, por supuesto, con Diego. Ya arriba se tuerce la cosa.

La inmersión se divide en cinco actos, pero es difícil diferenciarlos. De nuevo, alguna fotografía en blanco y negro se mezcla con la técnica de videomapping. Hay flores, elefantes y el tranvía que se accidentó con Frida dentro y cuyo barrote le atravesó el cuerpo. La información biográfica se queda abajo, con las fotografías. Arriba se sube a “sentir”, pero hay demasiada artificialidad. Y sin embargo, la exposición está comisariada por Alejandra López, una experta reconocida y encargada de la restauración del legado y de Kahlo en México. En Next Exhibition tampoco dan información sobre la obtención –o denegación– de los derechos de sus obras.

A unos pocos kilómetros de allí, Frida Khalo: Alas para volar consigue una atmósfera lúgubre que transmite el sufrimiento, la desesperación y la pasión de la artista mexicana. Las 31 obras y 90 fotografías que se exponen en Casa México proceden de la mayor coleccionista privada de cuadros de Kahlo y de Diego Rivera, Dolores Olmedo. La directora Ximena Caraza define la logística “como un parto”. Los contratos para sacar a Frida de México son muy minuciosos y ellos estuvieron a punto de renunciar. Pero lo consiguieron y lograron alargar la muestra siete meses. La entrada cuesta 15 euros y todo lo que se recaude irá a parar a becas para estudiantes mexicanos en España. “No vamos a compensar ni los gastos de la exposición”, promete Caraza.

Tanto ella como uno de los coleccionistas privados que han cedido sus cuadros y acompañan el debut de la exposición se muestran reacios hacia la fridomanía. “Si Dolores Olmedo levantara la cabeza y viera las exposiciones inmersivas, se moría de nuevo”, bromea él. “En mi opinión esos dibujos gigantescos la distorsionan”.

El Museo Dolores Olmedo es dueño de cuadros icónicos como La niña Virginia (1929), una obra fundacional, o El camión, que representa toda la sociedad mexicana, desde el obrero, el ama de casa, el hombre blanco o la mujer pobre mestiza. La segunda sala se dedica a la simbología sexual y al aborto. Incluye Sol y vida, donde unas plantas en forma de falo eyaculan sobre una vagina, o Frida y el aborto, un dibujo casi científico donde narra sus tres embarazos fallidos. La artista quedó estéril después de sufrir el accidente de tranvía donde la barra le atravesó el útero. La última sala se reserva a su enfermedad y a su compromiso social. En ella está el primer cuadro que representó un feminicidio, Unos cuantos piquetitos, La columna rota o Autorretrato con changuito, donde aparecen los animales que le dieron consuelo físico y espiritual.

A diferencia de la Frida Kahlo inmersiva, el público que acude a Casa México sabe lo que va a encontrar y lo busca. Quiere ver de cerca uno de los inaccesibles lienzos de la pintora mexicana más famosa de todos los tiempos. “Si uno conoce su vida y ve el cuadro, se da cuenta de su frustración”, dice Caraza, que cree que la fridomanía ha romantizado los aspectos más dramáticos de la vida de Kahlo. “Pero yo creo que todo lo que sea promover a Frida nos nutre y es positivo. Ojalá la gente que haya ido a la Frida inmersiva tenga ganas de conocer la original”, acaba concediendo la directora. “Además, en ninguno de sus vídeos están nuestros cuadros”, añade.

Si La experiencia de Frida Kahlo comienza con una galería de fotos enormes, Alas para volar hace lo propio al terminar: 90 fotografías, pero a tamaño real y originales. Algunas son obra del mítico retratista Manuel Álvarez Bravo y apuntalan todo lo percibido con los cuadros. El sentimiento de desazón aumenta con un gigantesco móvil formado por páginas del diario de Frida. Son bocetos, frases, dibujos y poemas que se suspenden fantasmagóricos al final de la exposición. En uno de ellos se lee: “Pinto flores para que así no mueran”. Las de Frida son eternas y por primera vez en mucho tiempo florecen en Madrid.

Julia llega al Palacio de Neptuno y pregunta por la exposición de Frida Kahlo. Una empleada le señala unas gafas de realidad virtual, después una galería fotográfica y le dice que la inmersión está una planta más arriba. “¿No están aquí sus obras?”, dice disgustada la octogenaria. “Se ha confundido usted de exposición”, admite la recepcionista. “Yo no quería esta, pero ya que estoy aquí...”, se resigna.

La vida y obra de Frida Kahlo a través de una exposición multisensorial

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Lo que le ocurrió a Julia es justamente lo que temen que pase en la Casa de México de Madrid, donde se acaba de inaugurar Frida Kahlo: Alas para volar con 31 obras originales. Que el público se confunda y termine pagando por la muestra equivocada. No sería difícil, pues los carteles, marquesinas y posicionamientos en Internet inclinan la balanza hacia la Frida mainstream.

La experiencia inmersiva de Frida Kahlo es una competidora más fuerte y con más recursos. Aterrizó en Madrid el pasado noviembre y desde entonces ha ampliado fechas un par de veces por la buena acogida. Alas para volar tiene el señuelo perfecto, pero mucho menos dinero para invertirlo en publicidad. “Eso sí fue muy complicado. Yo llevo 25 años viviendo en este país y no había escuchado hablar de Frida en todo este tiempo. Y justo cuando organizamos nuestra exposición, tiene que coincidir con esa fridomanía y estas inmersiones”, lamenta Ximena Caraza, directora de Casa México. “Por eso en todas nuestras comunicaciones ponemos que hay 31 obras originales”, añade con sorna. Esta última se mantendrá hasta el Día de Todos los Santos, cuando la despedirán con un “altar de muertos”.

Sacar a Frida Kahlo de México es una misión casi imposible. La última vez que Madrid acogió una exposición con obras originales de la idiosincrática artista corría el año 1985, y se celebró en la Biblioteca Nacional. A aquella fue Julia con su marido, aunque ambos llevaban tiempo tras su pista. Él era un fan absoluto del Surrealismo, pero cuenta que fue ella quien le descubrió a Kahlo. “Aún no se hablaba de ella y yo recortaba sus cuadros de los periódicos”, explica la mujer de 83 años. Le atrajo “lo raro, lo difícil, su vida y sus sufrimientos” cuando pocos la conocían. Hoy Frida es un mito y no hace falta ir a una exposición para llegar a su imaginario: está estampada en tazas, camisetas, tote bags y hasta en zapatillas Converse.

“Antes la seguía, pero ahora me cuesta porque estoy sola y tengo que venir de lejos”, dice Julia. La tecnología también le ha supuesto una traba. Su hijo le ayudó a sacar las entradas y pinchó en el primer enlace que aparecía. “Esto está muy bien, es muy moderno, pero claro, no es lo mismo”, admite en plena sala inmersiva, con una bonita música de fondo y coloridas ilustraciones flotando por el techo y las paredes.

Además de Julia, hay un par de personas de su edad, un grupo de veinteañeras y dos parejas. Son los resquicios de público que acude antes de que acabe mayo y con él la exposición de Next Exhibition, una de las empresas líderes del mundo en experiencias inmersivas. No quieren desvelar los números de visitantes porque son “datos sensibles”, pero presumen de haber organizado más de un centenar de muestras y de seguir sumando. La entrada general cuesta 16 euros y tienen opción de pase VIP por 28, que incluye una bebida y observar la exposición en un alto dispuesto a dos metros del suelo. En viernes víspera de festivo y por la mañana, la sala VIP está cerrada y no hay rastro del mezcal.

César y Sara son una de las parejas que rondan por el palacio Neptuno. Han venido desde Murcia para pasar el puente y reconocen que se les encendió la bombilla al ver las marquesinas del metro. “Yo soy fan de Frida, pero no conozco mucho su obra”, reconoce ella. Están satisfechos con lo que les ha ofrecido la inmersión, a pesar de que no incluye ni un solo cuadro original de la artista mexicana.

La totalidad de Frida Kahlo: la experiencia se basa en fotografías de su vida y en montajes audiovisuales con colores chillones, frases célebres y enormes ilustraciones. Al inicio el visitante se sienta en una butaca con unas gafas de realidad virtual que recrean un paseo por el exterior de la Casa Azul, donde Frida y Diego Rivera vivieron y concibieron sus obras. El resultado es aceptable y original, aunque lo acompaña una locución con acento español que expulsa al visitante de la atmósfera mexicana.

Al viaje virtual le sigue una sucesión de fotografías que advierten en las cartelas que son “impresiones digitales modernas”. En ellas aparece Frida con su familia, en la cama, con sus amigos, con sus animales, con sus camaradas del Partido Comunista y, por supuesto, con Diego. Ya arriba se tuerce la cosa.

La inmersión se divide en cinco actos, pero es difícil diferenciarlos. De nuevo, alguna fotografía en blanco y negro se mezcla con la técnica de videomapping. Hay flores, elefantes y el tranvía que se accidentó con Frida dentro y cuyo barrote le atravesó el cuerpo. La información biográfica se queda abajo, con las fotografías. Arriba se sube a “sentir”, pero hay demasiada artificialidad. Y sin embargo, la exposición está comisariada por Alejandra López, una experta reconocida y encargada de la restauración del legado y de Kahlo en México. En Next Exhibition tampoco dan información sobre la obtención –o denegación– de los derechos de sus obras.

A unos pocos kilómetros de allí, Frida Khalo: Alas para volar consigue una atmósfera lúgubre que transmite el sufrimiento, la desesperación y la pasión de la artista mexicana. Las 31 obras y 90 fotografías que se exponen en Casa México proceden de la mayor coleccionista privada de cuadros de Kahlo y de Diego Rivera, Dolores Olmedo. La directora Ximena Caraza define la logística “como un parto”. Los contratos para sacar a Frida de México son muy minuciosos y ellos estuvieron a punto de renunciar. Pero lo consiguieron y lograron alargar la muestra siete meses. La entrada cuesta 15 euros y todo lo que se recaude irá a parar a becas para estudiantes mexicanos en España. “No vamos a compensar ni los gastos de la exposición”, promete Caraza.

Tanto ella como uno de los coleccionistas privados que han cedido sus cuadros y acompañan el debut de la exposición se muestran reacios hacia la fridomanía. “Si Dolores Olmedo levantara la cabeza y viera las exposiciones inmersivas, se moría de nuevo”, bromea él. “En mi opinión esos dibujos gigantescos la distorsionan”.

El Museo Dolores Olmedo es dueño de cuadros icónicos como La niña Virginia (1929), una obra fundacional, o El camión, que representa toda la sociedad mexicana, desde el obrero, el ama de casa, el hombre blanco o la mujer pobre mestiza. La segunda sala se dedica a la simbología sexual y al aborto. Incluye Sol y vida, donde unas plantas en forma de falo eyaculan sobre una vagina, o Frida y el aborto, un dibujo casi científico donde narra sus tres embarazos fallidos. La artista quedó estéril después de sufrir el accidente de tranvía donde la barra le atravesó el útero. La última sala se reserva a su enfermedad y a su compromiso social. En ella está el primer cuadro que representó un feminicidio, Unos cuantos piquetitos, La columna rota o Autorretrato con changuito, donde aparecen los animales que le dieron consuelo físico y espiritual.

A diferencia de la Frida Kahlo inmersiva, el público que acude a Casa México sabe lo que va a encontrar y lo busca. Quiere ver de cerca uno de los inaccesibles lienzos de la pintora mexicana más famosa de todos los tiempos. “Si uno conoce su vida y ve el cuadro, se da cuenta de su frustración”, dice Caraza, que cree que la fridomanía ha romantizado los aspectos más dramáticos de la vida de Kahlo. “Pero yo creo que todo lo que sea promover a Frida nos nutre y es positivo. Ojalá la gente que haya ido a la Frida inmersiva tenga ganas de conocer la original”, acaba concediendo la directora. “Además, en ninguno de sus vídeos están nuestros cuadros”, añade.

Si La experiencia de Frida Kahlo comienza con una galería de fotos enormes, Alas para volar hace lo propio al terminar: 90 fotografías, pero a tamaño real y originales. Algunas son obra del mítico retratista Manuel Álvarez Bravo y apuntalan todo lo percibido con los cuadros. El sentimiento de desazón aumenta con un gigantesco móvil formado por páginas del diario de Frida. Son bocetos, frases, dibujos y poemas que se suspenden fantasmagóricos al final de la exposición. En uno de ellos se lee: “Pinto flores para que así no mueran”. Las de Frida son eternas y por primera vez en mucho tiempo florecen en Madrid.

Julia llega al Palacio de Neptuno y pregunta por la exposición de Frida Kahlo. Una empleada le señala unas gafas de realidad virtual, después una galería fotográfica y le dice que la inmersión está una planta más arriba. “¿No están aquí sus obras?”, dice disgustada la octogenaria. “Se ha confundido usted de exposición”, admite la recepcionista. “Yo no quería esta, pero ya que estoy aquí...”, se resigna.

La vida y obra de Frida Kahlo a través de una exposición multisensorial

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Lo que le ocurrió a Julia es justamente lo que temen que pase en la Casa de México de Madrid, donde se acaba de inaugurar Frida Kahlo: Alas para volar con 31 obras originales. Que el público se confunda y termine pagando por la muestra equivocada. No sería difícil, pues los carteles, marquesinas y posicionamientos en Internet inclinan la balanza hacia la Frida mainstream.