Entrevista
Oriol Vilanova, representante español en la Bienal de Venecia: “La postal tiene una promiscuidad nacional interesante”
Oriol Vilanova (Manresa, 1980) trabaja con postales. Las colecciona, las ordena y las exhibe. A veces, incluso se las roban. Hace años, su obra acaparó titulares: una jubilada afanó uno de sus trabajos (una chaqueta azul con unas postales dentro de los bolsillos) del Museo Picasso de París. La señora la tomó por una prenda olvidada y la recuperó a su armario. En la anécdota se sintetizan muchos de los intereses del artista: el trabajo con objetos menores y olvidados, que pasan desapercibidos y, en ocasiones, pueden ser víctimas de estas confusiones.
Vilanova es el representante español en la 61ª. Bienal de Venecia. Desde allí, en una pausa de las labores de montaje de Los restos, nombre que ha dado a la instalación que transformará el pabellón en un gran postalero, atiende esta entrevista.
¿Cuándo empezaron a interesarle las postales?
Pues hace unos 20 años. Estaba estudiando en la universidad, en Barcelona, y empecé a ir al mercadillo para buscar libros y publicaciones baratas. Allí empecé a comprar postales, pero lo hacía como coleccionista, sin voluntad de transformarlas en objeto artístico.
¿En qué momento comienza a pensar: “Bueno, quizás esto es mi obra”?
Tardé unos años porque, en realidad, tardé en empezar a trabajar como artista. Mis primeras obras no tenían que ver con las postales, pero es verdad que se presentaron rápidamente como un material susceptible de formar parte de ellas.
Un artista catalán afincado en Bruselas representa a España en Venecia. Siendo la Bienal, en esencia, un certamen en el que cada país lleva a su abanderado, menuda cabriola...
Sí, los pabellones han funcionado como embajadas. Realmente aún siguen este modelo, aunque el ecosistema sea más fluido. Respecto a esto, la postal tiene una promiscuidad nacional que me parece interesante. Para mí es un pabellón en el que lo nacional estará, pero atravesado, porque las postales viajan. Aunque se presenten en Venecia, en realidad también hacen muchos ecos a España, pero no presento series con carácter nacional. Creo que es más transnacional.
Para mí, el pabellón —y no quiero parecer naive— es casi como una exposición en Venecia. Soy muy consciente de dónde es y de que lo verá mucho público, pero me relaja pensarlo de este modo. No me veo como representante de nada.
En las imágenes que adelantan su proyecto para el pabellón aparecen unos montículos tapados con lonas. Son muy misteriosos, ¿es un cliffhanger?
Son imágenes del mercadillo, del rastro de Bruselas. En días de lluvia, los vendedores tapan todo con esas mantas de plástico para que no se deterioren sus productos. A veces, también lo hacen porque se van a tomar un café o se van, yo qué sé, a rezar. Es un momento de ocultación que es, también, de exposición. Las imágenes pertenecen a una serie fotográfica llamada Reproducciones. Cuando voy al mercadillo no solo busco postales: en realidad me interesa todo del mercadillo. Las postales son casi la excusa. Me interesa la economía del mercado, el teatro y los personajes, tanto los vendedores como los compradores. Todos formamos una masa, una fauna humana que allí se da de una manera muy natural pero que en otros lugares sería imposible.
Desde un profesor que está investigando algo e intenta encontrar libros descatalogados hasta gente en busca de cosas baratas. Objetos olvidados. Me fijo sobre todo en las composiciones que hacen los vendedores. El display, que es algo muy propio de los museos, pero también de los escaparates. El mercadillo está lleno de composiciones involuntariamente poéticas. En este momento, en el que acabamos de presentar el pabellón y en el que aún no puedes o no quieres desvelar demasiado, estas fotografías me servían para enseñar el fuera de campo de la propuesta.
¿Van a formar parte de la exposición?
No. Estuve pensando en incluirlas, pero he ido depurando la intervención hasta dejarla sin añadidos superfluos.
Hablemos entonces de la propuesta.
¡Claro, claro! El título tiene mucha importancia para mí. Los restos. No se traducirá al inglés ni al italiano. Se trata de hacer una especie de microhistoria a partir de los objetos olvidados. Se desarrolla por las seis salas del pabellón: en relación con los espacios, la luz y las transiciones, voy armando distintos capítulos en los que se contraponen imágenes que, de algún modo, se hablan y se llevan la contraria unas a otras. La intervención principal es esto: utilizar el pabellón como un gran postalero.
También habrá una performance no anunciada, El fantasma de la libertad, que sucederá en los Giardini y en el Arsenale. Hace referencia a ese momento de la película de Buñuel en el que la pareja protagonista se escandaliza al ver unas postales que reproducen clichés banales. De forma muy discreta, un performer se acercará a otra persona y le mostrará una postal. Después, ambos se separan y se van sin intercambiar palabra. El cuerpo queda convertido en un dispositivo de exposición.
A mí me interesan especialmente las postales que no son especiales. Son las que aparecerán en el pabellón, porque son las que colecciono. Las comunes. Las que cumplen su función de cliché por acumulación, por repetición y por abundancia. Quizás me atrevería a llevarle la contraria a Benjamin: estos objetos reproducidos técnicamente de manera idéntica se cargan de aura aquí. Como si, de algún modo, se la añadiese cada espectador. Es casi como una instalación colectiva, anónima, porque las postales, aunque están hechas y repetidas a miles y a lo bestia, acaban teniendo una biografía única, y eso se nota en el material. Como decía Goya, el tiempo también pinta, y es eso lo que pasa en los materiales, y no solo en la postal: en todos los objetos, que son capaces de contener memoria. Las manchas, si les ha dado el sol o la humedad... No les doy la vuelta (porque solo muestro la imagen) pero allí están todas las historias, la pequeña literatura, las frases banales y repetidas como la postal misma. La propia colección transmite este efecto del tiempo.
La postal también es un objeto anacrónico.
Es como un síntoma. Te enseña cómo se ve, en un momento histórico concreto, un asunto. Por ejemplo, tengo una serie sobre el frío. Es muy interesante ver cómo siempre se fotografía el cielo azul con la nieve blanca. Nunca el momento de la tormenta o el día después de la nevada, cuando ya se acaba ese momento teatral. No sabes exactamente cuándo empezó ese cliché ni cuándo se va a acabar. Seguramente venga de la pintura, continúa en la postal y seguirá después en las redes.
¿Las redes no han cambiado esto?
Es muy evidente que el imaginario va migrando de medios, pero sigue siendo el mismo.
Hay algo irónico en llevar objetos pobres y comunes a una cita tan significada como la Bienal de Venecia. También, considerando que la postal es un artefacto indesligable del turismo y que la muestra se emplaza en una ciudad tan afectada por sus consecuencias.
Parecería que Venecia es un espacio natural para la postal. Ya desde Canaletto, que para mí es el creador de estas imágenes: que se inventaba las vistas y las deformaba. A la Bienal parecería que tienes que llevar las mejores galas en vez de los restos de la colección, la sociedad o la memoria.
Aunque no me interesan nada estas fronteras, la postal es un objeto que se lee como de baja cultura, ¿no? Pero piensa que el museo las ha utilizado históricamente para difundir sus colecciones, sus tesoros. Esta diferencia entre la imagen turística y la imagen producida por las instituciones culturales es interesante. Es un objeto que, entre comillas, no es elitista, pero que tiene muchas capas, que se leen según el conocimiento que tengas sobre el lugar o el motivo que reproducen, etcétera. También hablamos de un objeto pensado para ser vendido al máximo de gente posible. Igual que Venecia, ¿no? Ambas buscan lo mismo.
Y tiene que interpelar a un señor de Helsinki y a otro de Zimbabue.
Sí, sí, sí. Y quiere gustar al máximo. Aunque, como en las postales, a veces encuentras algunas que dices: “Y esto, ¿cómo ha llegado aquí?”. Cosas que escapan al cliché, que realmente no están pensadas ni para una minoría, sino que, en alguna etapa de la producción o la edición, ha ocurrido algún cortocircuito.
¿Cómo es trabajar en la Bienal? Es un encargo poco habitual.
El pabellón tiene unas características en las que a veces no se repara. Por ejemplo, no hay calefacción ni aire acondicionado. Y esto quiere decir que hacemos una instalación a la intemperie.
Lo digo en el buen sentido: aquí entras a una iglesia y ves los Bellinis y los Carpaccios que están ahí desde hace siglos expuestos en unas condiciones que los museos no permitirían. O sea, dirían: “Por encima de mi cadáver”. Hay algo tramposo en la conservación de los museos, en querer guardar las obras por los siglos de los siglos.
Y el pabellón tiene esta particularidad: es un espacio abierto. Durante el tiempo que dura la Bienal está con las puertas abiertas. Es como un interior… exterior. Parece una especie de teatro. Sería bonito que lo montaran y desmontaran para la ocasión. Para mí tiene algo de circo ambulante: un esqueleto fijo y un interior que cambia. Se trabaja de un modo distinto a como se trabaja con una institución más estable, como un museo. El equipo es mucho menor, pero está funcionando todo.
Durante el montaje, ¿ha tenido ocasión de ver qué están haciendo otros artistas?
Pues… ¡Es que no hay nadie aún!
Usted es un pionero.
Es un privilegio llegar cuando aún no hay nadie. Es precioso. Conozco a algunos de los artistas que vienen a hacer pabellones. Creo que va a ser una edición interesante.