Crítica Estrenos de cine

'First Cow', una preciosa fábula sobre una vaca y unos bollos que hacen tambalear los fundamentos del capitalismo

Francesc Miró

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Cookie es un joven cocinero que acaba de llegar a un asentamiento en Oregón, en 1820. Le contrataron para una expedición de cazadores de pieles pero no dio la talla: no es como los hombres rudos y agresivos que habitan el campamento. Pronto conocerá a un inmigrante chino llamado King Lu, con el que trabará una amistad inmediata en ese ambiente hostil. 

Una noche, ambos descubrirán una vaca que pasta en mitad de un tupido bosque aún no arrasado por la mano humana. La ordeñarán sin que nadie los vea y cocinarán unas magdalenas que venderán con mucho éxito en el asentamiento. La treta, sin embargo, despertará suspicacias. 

La vaca, llamada Eva, resulta ser propiedad de uno de los caciques de esa tierra sin dueños pero con propietarios. Cookie y King Lu descubrirán entonces que unos simples bollitos recién horneados pueden darle la vuelta a sus vidas de forma radical. 

Así arranca First Cow, la nueva película de Kelly Reichardt que llega a nuestras pantallas tras haber triunfado en el D'A Film Festival y el Festival de Gijón. También tras haberse convertido en el ojito derecho del cine independiente estadounidense durante la pandemia, siendo considerada la mejor película del año para el New York Film Critics Circle y una de las mejores según la National Board of Review. 

La fiebre de antes del oro

Como género seminal –nacido prácticamente al mismo tiempo que el cine mismo en aquella Asalto y robo de un tren, de Edwin S. Porter–, el wéstern sentó las bases sobre las que se construirían múltiples mitos americanos. Para explicarse a sí mismos, los colonos tuvieron a bien obviar las historias de los nativos e imponer sus leyendas sobre heroicos buscadores de fortuna y exploradores incansables. 

Por eso, en la búsqueda de unas raíces que expliquen mejor algunas de las características de la psique americana, la realizadora Kelly Reichardt sitúa la acción de First Cow antes de la fiebre del oro, antes de una Guerra Civil cuyas cicatrices definirían para siempre la historia de norteamérica –y la del wéstern–. El de su nueva película es un mundo precivilizado en el que, como sostienen sus protagonistas, “la Historia aún no ha llegado”. 

En esta tierra, los hombres se enfrentan a una naturaleza desbordante y sin domesticar. Sobreviven con muy poco y si no se matan entre ellos, es el bosque quien les procura un destino funesto. En un ambiente tan salvaje, el hallazgo de la primera vaca en llegar transportada por mar hasta Oregón, supone un terremoto de esperanzas y posibilidades.

Sin embargo el noble animal conduce sin remedio a Cookie y King Lu –maravillosamente interpretados por los casi desconocidos John Magaro y Orion Lee–, a las puertas del pecado original de la psique americana: la sacrosanta propiedad privada. En cuanto unos mendigos zaparrastrosos tocan lo que pertenece a un terrateniente local –interpretado por el siempre expedito Toby Jones–, aunque sea con cariño e infinita más delicadeza que su amo, se despiertan los peores temores del hombre que no cree en que hay suficientes recursos para todos si no hay demasiados para él. 

En First Cow, Kelly Reichardt construye una historia sobre un capitalismo pretérito vinculado a la explotación y la desigualdad que los pioneros de los futuros Estados Unidos traían bien aprendidas de Europa. Una exquisita fábula llena de bondad y crítica, términos hoy en día aparentemente antitéticos en una sociedad en la que la afabilidad se confunde con el remilgo y la crítica se prefiere despiadada antes que compasiva.

Sensibilidad o barbarie

Además de todo lo dicho, cabe destacar sin matices que First Cow es una película bellísima. La aproximación cauta y sensible de Reichardt a la imponente naturaleza confiere a la película un aire conscientemente perturbador. La cámara se esfuerza en captar la belleza de unos bollos horneados al amanecer, de la pesca en un río caudaloso, de la recolección respetuosa e inteligente de setas. Reichardt enmarca la actividad humana en el paisaje y la ennoblece cuando no resulta invasiva. 

No en vano, como bien recordaba el crítico Daniel de Partearroyo, la realizadora dedica la cinta al cineasta Peter Hutton. Un artista célebre por sus larguísimos retratos cinematográficos de paisajes, normalmente sin la mediación de voces humanas: naturalezas mudas, pero no silenciosas gracias a algún efecto de misteriosa sinestesia. 

En este espacio la cineasta teje una amistad llena de confianza y empatía entre dos hombres. Felices de vivir y convivir juntos, de ayudarse y de participar de labores hogareñas. Tranquilos y sensibles en el tratamiento no solo de su complicidad manifiesta, también de su relación con el bovino y la naturaleza del paisaje de ese Oregón salvaje.

“La exuberancia virgen de la tierra, los placeres simples y cotidianos de la vida doméstica y la amistad se ven amenazados por las fuerzas del capitalismo”, escribía la historiadora Déborah García en su canal de Patreon sobre análisis de la imagen y estudios fílmicos.

Frente a personas que respetan su entorno y prefieren dejar la menor huella posible en él, sólo triunfan quienes arrasan con todo, llenando el mundo de fango al tiempo que sus bolsillos de oro. Acabando, durante el proceso, con todo rastro de humanidad y humanismo.

Cookie es un joven cocinero que acaba de llegar a un asentamiento en Oregón, en 1820. Le contrataron para una expedición de cazadores de pieles pero no dio la talla: no es como los hombres rudos y agresivos que habitan el campamento. Pronto conocerá a un inmigrante chino llamado King Lu, con el que trabará una amistad inmediata en ese ambiente hostil. 

Una noche, ambos descubrirán una vaca que pasta en mitad de un tupido bosque aún no arrasado por la mano humana. La ordeñarán sin que nadie los vea y cocinarán unas magdalenas que venderán con mucho éxito en el asentamiento. La treta, sin embargo, despertará suspicacias. 

La vaca, llamada Eva, resulta ser propiedad de uno de los caciques de esa tierra sin dueños pero con propietarios. Cookie y King Lu descubrirán entonces que unos simples bollitos recién horneados pueden darle la vuelta a sus vidas de forma radical. 

Así arranca First Cow, la nueva película de Kelly Reichardt que llega a nuestras pantallas tras haber triunfado en el D'A Film Festival y el Festival de Gijón. También tras haberse convertido en el ojito derecho del cine independiente estadounidense durante la pandemia, siendo considerada la mejor película del año para el New York Film Critics Circle y una de las mejores según la National Board of Review. 

La fiebre de antes del oro

Como género seminal –nacido prácticamente al mismo tiempo que el cine mismo en aquella Asalto y robo de un tren, de Edwin S. Porter–, el wéstern sentó las bases sobre las que se construirían múltiples mitos americanos. Para explicarse a sí mismos, los colonos tuvieron a bien obviar las historias de los nativos e imponer sus leyendas sobre heroicos buscadores de fortuna y exploradores incansables. 

Por eso, en la búsqueda de unas raíces que expliquen mejor algunas de las características de la psique americana, la realizadora Kelly Reichardt sitúa la acción de First Cow antes de la fiebre del oro, antes de una Guerra Civil cuyas cicatrices definirían para siempre la historia de norteamérica –y la del wéstern–. El de su nueva película es un mundo precivilizado en el que, como sostienen sus protagonistas, “la Historia aún no ha llegado”. 

En esta tierra, los hombres se enfrentan a una naturaleza desbordante y sin domesticar. Sobreviven con muy poco y si no se matan entre ellos, es el bosque quien les procura un destino funesto. En un ambiente tan salvaje, el hallazgo de la primera vaca en llegar transportada por mar hasta Oregón, supone un terremoto de esperanzas y posibilidades.

Sin embargo el noble animal conduce sin remedio a Cookie y King Lu –maravillosamente interpretados por los casi desconocidos John Magaro y Orion Lee–, a las puertas del pecado original de la psique americana: la sacrosanta propiedad privada. En cuanto unos mendigos zaparrastrosos tocan lo que pertenece a un terrateniente local –interpretado por el siempre expedito Toby Jones–, aunque sea con cariño e infinita más delicadeza que su amo, se despiertan los peores temores del hombre que no cree en que hay suficientes recursos para todos si no hay demasiados para él. 

En First Cow, Kelly Reichardt construye una historia sobre un capitalismo pretérito vinculado a la explotación y la desigualdad que los pioneros de los futuros Estados Unidos traían bien aprendidas de Europa. Una exquisita fábula llena de bondad y crítica, términos hoy en día aparentemente antitéticos en una sociedad en la que la afabilidad se confunde con el remilgo y la crítica se prefiere despiadada antes que compasiva.

Sensibilidad o barbarie

Además de todo lo dicho, cabe destacar sin matices que First Cow es una película bellísima. La aproximación cauta y sensible de Reichardt a la imponente naturaleza confiere a la película un aire conscientemente perturbador. La cámara se esfuerza en captar la belleza de unos bollos horneados al amanecer, de la pesca en un río caudaloso, de la recolección respetuosa e inteligente de setas. Reichardt enmarca la actividad humana en el paisaje y la ennoblece cuando no resulta invasiva. 

No en vano, como bien recordaba el crítico Daniel de Partearroyo, la realizadora dedica la cinta al cineasta Peter Hutton. Un artista célebre por sus larguísimos retratos cinematográficos de paisajes, normalmente sin la mediación de voces humanas: naturalezas mudas, pero no silenciosas gracias a algún efecto de misteriosa sinestesia. 

En este espacio la cineasta teje una amistad llena de confianza y empatía entre dos hombres. Felices de vivir y convivir juntos, de ayudarse y de participar de labores hogareñas. Tranquilos y sensibles en el tratamiento no solo de su complicidad manifiesta, también de su relación con el bovino y la naturaleza del paisaje de ese Oregón salvaje.

“La exuberancia virgen de la tierra, los placeres simples y cotidianos de la vida doméstica y la amistad se ven amenazados por las fuerzas del capitalismo”, escribía la historiadora Déborah García en su canal de Patreon sobre análisis de la imagen y estudios fílmicos.

Frente a personas que respetan su entorno y prefieren dejar la menor huella posible en él, sólo triunfan quienes arrasan con todo, llenando el mundo de fango al tiempo que sus bolsillos de oro. Acabando, durante el proceso, con todo rastro de humanidad y humanismo.

Cookie es un joven cocinero que acaba de llegar a un asentamiento en Oregón, en 1820. Le contrataron para una expedición de cazadores de pieles pero no dio la talla: no es como los hombres rudos y agresivos que habitan el campamento. Pronto conocerá a un inmigrante chino llamado King Lu, con el que trabará una amistad inmediata en ese ambiente hostil. 

Una noche, ambos descubrirán una vaca que pasta en mitad de un tupido bosque aún no arrasado por la mano humana. La ordeñarán sin que nadie los vea y cocinarán unas magdalenas que venderán con mucho éxito en el asentamiento. La treta, sin embargo, despertará suspicacias.