La portada de mañana
Acceder
La fórmula que cuestiona el Supremo en la ley de nietos se aplicó en 2008
¿Puede la IA perder el control y amenazar a la humanidad?
Opinión - 'Todos los jueces pueden ser criticados', por Javier Pérez Royo

Festival de Venecia

El genocidio en Gaza, contado por 24 soldados y miembros de la inteligencia israelí: “Los perros se comen los cadáveres”

Javier Zurro

Venecia —
10 de septiembre de 2026 21:57 h

0

En 1963, la filósofa Hannah Arendt creó el concepto de 'banalidad del mal'. Lo hizo tras acudir al juicio al nazi Adolf Eichmann por crímenes contra la Humanidad. Arendt intentaba entender cómo tantas personas habían participado en el Holocausto. ¿Por qué nadie dijo que no? Había miles de personas trabajando en esa maquinaria que masacraba a los judíos sin decir nada. Guardianes de los campos de concentración, limpiadores, funcionarios… ¿Nadie se negó? Lo que pretendía explicar es que las barbaridades no eran solo cometidas por monstruos, sino que se asentaban en la connivencia de muchas personas de a pie que simplemente, y como explicaron en los juicios, obedecían órdenes.

Es imposible no pensar en la banalidad del mal cuando uno ve Naza, el estremecedor documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, cineastas israelíes y parte del cuarteto ganador del Oscar por otro trabajo imprescindible, No Other Land. El filme se ha presentado a competición por el León de Oro en el Festival de Venecia, donde ha dejado muda la sala con una propuesta que desde la austeridad y el periodismo aporta hasta 24 testimonios de soldados y miembros de la inteligencia israelí que narran con frialdad y completa normalidad sus trabajos. Algunos diseñaron inteligencia, otros espiaron, otros dieron el ok a atentados y otros dispararon. Todos sabían lo que hacían. Todos eran parte de un genocidio planificado que incluso llegan a reconocer. “Sí, absolutamente, lo es”, dice una de las personas entrevistadas.

Sus rostros están en penumbra y sus voces, alteradas para que no se les reconozca, pero sus testimonios ponen los pelos de punta. Ellos mismos reconocen que trabajan como si fuera “una factoría” donde lo que pretenden es “borrar Gaza en una escala masiva”. Algunos responsabilizan a toda Palestina del atentado del 7 de octubre, el punto de inflexión en algo que, sin embargo, lleva décadas. Aciertan los directores en ofrecer contexto y remontarse a los años 70, cuando fueron los israelíes los que pusieron las primeras antenas telefónicas en Gaza. Los palestinos no podían construirlas ellos solos, estaba prohibido. ¿El resultado? Un sistema de espionaje y vigilancia mejorado, ahora con modernos software e inteligencia artificial.

Es así como mapean cada barrio y como señalan sus objetivos. Una inteligencia artificial localizó a más de 70.000 objetivos. Una de las personas que trabajó en ella reconoce que hay un riesgo de más del 15% de que ese software se equivoque al localizar posibles terroristas. Son muchas posibles víctimas erróneas. No les importa. De hecho, reconocen que buscan un “asesinato masivo” y que el ataque se produce cuando estos están en sus casas. Da igual que haya un bebé, un niño o toda la familia de celebración. Es cuando se encuentra en su domicilio cuando actúan. De hecho, hay una máxima, “cuantos más mejor”.

El título, Naza, hace referencia al número de civiles que se asesinan en cada ataque. Lo que se suele llamar ‘daños colaterales’. Una operación es un 12 Naza, si mueren 12 personas que no eran el objetivo en ella. Los testimonios hablan de las operaciones en las que han trabajado y muestran hasta qué punto han deshumanizado a los palestinos. Para ellos son solo un número. Yuval Abraham, quien realiza las entrevistas, pregunta a varios cuál es el Naza más alto que han vivido. Uno de ellos dice un número terrorífico: 500.

Lo que sorprende, y lo que hace que uno piense en esa banalidad del mal, es que solo un par de ellos se arrepienten. “Si los nazis eran el mal, ¿entonces qué soy yo?”, dice uno de ellos, el que articula los remordimientos de forma más clara. El resto dice que ellos son solo parte del engranaje. Que ellos no aprietan el gatillo, solo cumplen su trabajo. Un trabajo que, dicen explícitamente, consiste en “echarlos a todos”, en “asfixiarlos”. “Si no tienen condiciones para vivir, se irán todos al sur”, explican. Por eso queman sus casas.

Uno de los testimonios más duros es el que dibuja el esquema de cómo los francotiradores juegan a asesinar a aquellos que se atrevan a ir a por comida o a volver a sus casas a por restos de sus pertenencias. Más de diez en una hora pueden matar. “Gaza está llena de cuerpos. Hay fosas comunes y los perros se comen los cadáveres”, dicen ante la mirada de Abraham. Lo hacen como si “fuera un videojuego”, ellos solo avanzan en la siguiente pantalla. 

Soy judío israelí, tengo familia que es superviviente del Holocausto, y vivimos en un mundo donde el antisemitismo se usa para justificar acciones que son injustificables, como asesinar civiles en Gaza

Todo se dice desde las azoteas de Tel Aviv, mientras a menos de 60 kilómetros se sigue matando a gente. Sin embargo, en los edificios de la ciudad israelí la gente sigue con sus vidas. Hacen gimnasia, ven la televisión, salen a correr y disfrutan de una cerveza en la calle. Esa cotidianeidad, unido al tono austero del documental, y ese plano en la penumbra de las entrevistas hace que todo duela más. También esa última parte en donde se dice que no solo se persigue a la gente en Gaza, sino que los servicios de inteligencia chantajean y amenazan a aquellos que quieren acudir a la corte internacional para denunciar los crímenes. La persecución no acaba allí, y sigue actualmente. 

Un genocidio desde dentro

Naza está producido por la sección de documentales de The Guardian junto a Jim Wilson, productor de La voz de Hind. Cuenta, además, con la coproducción de Jonathan Glazer, que acudió a Venecia en apoyo del equipo, atendió a la prensa y recordó que muchas de las cosas que se cuentan en el documental ya se habían publicado en reportajes, pero que “hay cosas que aunque ya se sepan, es diferente oírlo en boca de los que ejecutaban esos sistemas”. “Una película muestra cosas que se pierden con el periodismo. Hemos podido mostrar la sociedad en la que esto pasa, ese Tel Aviv donde se encuentran también las oficinas de la inteligencia”, dijo Rachel Szor.

Yuval Abraham cree que con Naza muestran que “los crímenes de Israel son sistémicos”, y lo hacen con testimonios de las personas que comenten ese “asesinato masivo basado en la vigilancia”. “No sé si el cine es la mejor forma de contar la verdad, pero la verdad ya estaba ahí, ya era evidente gracias a la labor de los periodistas, pero como directores israelís hemos sentido la responsabilidad de usar nuestra posición para traer esos testimonios que cuentan desde dentro cómo funciona ese sistema de asesinato masivo”, explicó.

Abaraham citó a Primo Levi, que habló entonces de “deshumanización”, la misma que los israelíes han ejercido sobre los palestinos. “Soy judío-israelí, tengo familia que es superviviente del Holocausto, y vivimos en un mundo donde el antisemitismo se usa para justificar acciones que son injustificables, como asesinar civiles en Gaza”, opinó. Por eso cree que escuchar esos testimonios hará “más difícil negar esos crímenes”.

Esta misma semana, una escuela ha sido bombardeada y una niña asesinada junto a su padre. Por eso creen que Naza es importante, porque no se trata solo de “declaraciones”, sino de “pasar a la acción” con medidas concretas de los países para “presionar a Israel para que paren”. Mientras, les acusarán de ser “antisemitas”. Jim Wilson dejó claro que no lo es, y que sabe que sus colegas (tanto él como ellos son judíos) no lo son, pero que “eso es una estrategia para reprimir que se cuente la verdad”. Una verdad que, como el año pasado con La voz de Hind, ha llegado a Venecia para sacudir un certamen a punto de concluir.