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'Iván y Hadoum', la película que “hace diez años no se podía hacer” y que confía en el poder transformador del cine

Javier Zurro

19 de junio de 2026 21:33 h

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En 1987, Pedro Almodóvar ganó en el Festival de Berlín el premio Teddy por La ley del deseo. Era la primera vez que se entregaba un galardón que surgía para reconocer aquellas obras que mejor plasmaran la realidad del colectivo LGTBIQ+. Casi 40 años después, en febrero de este año, una película española volvía a ganar. El debutante en la ficción Ian de la Rosa cogía el testigo del maestro y era reconocido por su debut, Iván y Hadoum, una revisión queer de Romeo y Julieta ambientada en la recogida de tomates en Almería. Se trataba de un filme en el que el conflicto de clase es más potente que el de la identidad de género de su protagonista, Iván, un chico trans que se enamora de Hadoum. 

La película de De la Rosa muestra el deseo y los cuerpos trans de una forma sorprendente, sin ahondar en algo que da por superado, y centrándose en otros temas como el machismo inherente en cualquier persona (también en los hombres trans) o las normas capitalistas que nos hacen explotar al siguiente eslabón de la cadena. 

Han pasado más de cuatro meses desde aquel premio, y la película acaba de llegar a las salas. En este tiempo, Ian de la Rosa cree que se ha reforzado muchísimo algo en lo que él creía, y es que al final su película “es una historia de amor y un abrazo al espectador”. Un abrazo que llega en un momento de aumento de los delitos de odio y de la extrema derecha, y por ello el cineasta cree que la gente le está dando las gracias tras los coloquios y las proyecciones, “por hacer una película donde haya luminosidad y esperanza”. 

“Si hablamos de una historia con personajes trans, con una trama transcultural hispano marroquí, que sucede en el campo almeriense, tenemos unos elementos que te llevan a pensar en un dramón, en una tragedia. Pero nunca quise hacer eso. Quería una película que te diera paz y que te aportara esperanza”, comienza diciendo. Este admite que “hace diez años esta película no se podía hacer”. Desde entonces estuvo pensando en la historia, y finalmente ha levantado el proyecto. Para él, que ahora se haya hecho dice mucho de los avances logrados. 

Pensando en el futuro, tiene claro que él espera “poder seguir luchando”. “Yo lo voy a hacer. No ha sido fácil tampoco llegar hasta aquí. Y hace diez años no estábamos en un momento megaguay para las personas trans y LGTBI. Era muy difícil, no podíamos llegar, o empezamos a llegar muy lentamente. Sí, estamos viviendo un momento bastante difícil y por eso necesitamos estar más fuertes que nunca. Yo, como creador, me veo con un futuro totalmente fuerte”, asegura.

No tiene problemas en defender el poder revolucionario del amor, del deseo, y del cine, y no le importa que le digan que es algo “naif”. Apunta a cómo Hollywood lo sabe. “Las grandes producciones lo saben, los grandes imperios económicos lo saben, y utilizan la imagen para transmitir su ideología y la forma en que ellos quieren que sea el mundo y cómo quieren que veamos el mundo. Evidentemente, esto es David contra Goliat, porque somos muy pequeños, pero claro que se puede. El cine tiene ese poder inmenso y también esa responsabilidad, de representación y de espejo de la sociedad”, analiza. 

Es como si las personas trans tuviéramos que pedir perdón y permiso a la vez por existir. En un entorno tan hostil muchas veces como que das gracias porque te dejen existir

En el cine las historias han mostrado a “personajes trans que pagan un peaje tremendo, a veces con su propia vida solo por el hecho de ser trans”. “Si yo veo eso todo el rato, a lo mejor me planteo transitar y a lo mejor vivo toda mi vida metido en un armario, fingiendo que soy la persona que no soy en el fondo. Y esa es la mayor de las cruces. Eso es horrible. Eso es no vivir”, asevera.

Los diez años que ha tardado en hacer la película también han provocado evoluciones en su tratamiento. Por ejemplo, la ausencia de conflicto en el cuerpo del protagonista, que muestra con naturalidad y que él cree que es “una evolución natural”. “Quizás si hubiera hecho la película hace nueve años sí hubiera habido conflictos con el cuerpo. Pero la he hecho ahora, y ha habido alguna película de por medio con personajes trans, donde eso ya se ha contado y recontado. Yo estaba simplemente cansado y necesitaba otra cosa”, aclara.

Él mismo se da cuenta de que primero dice que ha habido muchas historias trans, y que realmente no han sido tantas. Algo que plasma cierto mensaje extendido entre el público más conservador, que empieza a señalar las historias queer diciendo que hay muchas, como también hacen con las de la Guerra Civil. Él mismo confiesa que lo escuchó cuando la estaba desarrollando al principio: “Hubo alguna cara y algún comentario sobre eso, y yo les dije que, primero, no había tantas. Y segundo, que yo podría decir lo mismo del resto de películas con otros personajes. Ocurre también cuando me preguntan qué es el cine queer… ¿y el cine hetero? Yo qué sé, es que es una forma de pensar muy binaria, y en el fondo ese tipo de comentarios referentes a lo trans son una forma más de transfobia”.

Lo que sí atraviesa todo en su película es la clase social, y cree que es algo natural al tener una película “que transcurre en un almacén de invernaderos de Almería, y una historia entre una envasadora y un carretillero”. La palabra clase no se mencionó durante el desarrollo, o cuando hablaban de los conflictos que abordaría el filme. No lo estaba “porque ya estaba metido dentro de la historia”. Lo que en el guion estaba más presente y con más importancia era la unión entre las trabajadoras de la fábrica. De la Rosa desvela que, en un principio, el guion era “mucho más sindicalista”, pero lo fue puliendo por “miedo a que pudiera quedar panfletario”.

En Iván y Hadoum el machismo está presente en todos, y cree que ese es uno de los “aprendizajes de la película”. “Hay que liberarse de esa carga del género y del patriarcado. En el fondo, Iván quiere performar un patriarcado, porque al final es el único hombre adulto de la familia al morir su padre. Es una reafirmación de género. Él lo que hace es cuidar, y la forma que entiende de cuidar, en su nueva forma de género, por así decirlo, es proveer. Seguramente si no hubiera transitado también haría lo mismo. Es como si las personas trans tuviéramos que pedir perdón y permiso a la vez por existir. En un entorno tan hostil muchas veces como que das gracias porque te dejen existir. Estamos hablando de algo muy fuerte, como si estuvieras dando las gracias todo el rato internamente para que no te peguen una paliza o porque hayas podido tener una vida medio plena”, zanja. Por eso cree que ese mensaje de amor es tan importante en este momento y lo ha querido lanzar con su primer largo.