Estreno de cine
‘En mar abierto’, el digno regreso al cine de tiburones del director de ‘Deep Blue Sea’
El cine concebido para arrasar en taquilla que solemos denominar blockbuster es inseparable de los tiburones. Su relación con ellos no deja de ser, sin embargo, bastante conflictiva, por cuanto fue una película protagonizada por uno de estos peces el primer blockbuster oficial de la historia del cine (el Tiburón de Steven Spielberg, naturalmente), mientras que con los años el grueso de la producción dedicada a estos ha acostumbrado en realidad a pertenecer a la serie B o la serie Z. Cine de muy bajo presupuesto, cuya conexión con la obra iniciática de Spielberg tiende a diluirse.
El reestreno de Tiburón el verano pasado por su 50 aniversario le llevó a cruzarse en salas con películas tan humildes como Dangerous Animals y Tiburón blanco: La bestia del mar. Y la extrañeza era inevitable, forzándonos a proponer que lo único que tendría en común Spielberg con la ristra inagotable de películas baratas de tiburones que vino después —acaso revitalizada hace 10 años en función a una ventana de estreno inamovible para la temporada veraniega, con el estreno de Infierno azul de Jaume Collet-Serra— sería… ¿el entusiasmo? ¿Una mirada desprejuiciada y juguetona, incapaz de arredrarse ante los reveses presupuestarios? La accidentada producción de Tiburón (y la forma tan caradura en que Spielberg salvó la papeleta) está muy documentada, de forma que no es tan descabellado invocar el nombre de otro director de blockbusters: Renny Harlin.
En los 90, este cineasta finlandés encadenó varias superproducciones, contando con presupuestos mucho más prominentes de los que se beneficiara inicialmente Spielberg, y haciendo gala de una intuición para el entretenimiento frenético y explosivo de lo más encomiable. Desgraciadamente, la inflación en la escala del blockbuster sobre la que Hollywood se abalanzaba estos años iba a contar con Harlin entre sus víctimas, al encadenar su exitosa Máximo riesgo protagonizada por Sylvester Stallone con La isla de las cabezas cortadas. Una película de piratas, bastante veraniega aunque se estrenara en Navidades —aquel verano de 1995 estuvo marcado asimismo por otro fiasco acuático, Waterworld—, convertida entonces en el mayor fracaso de la historia del cine.
El blockbuster noventero no llegó a hundirse, sin embargo. Los piratas no reaparecieron hasta que Johnny Depp se convirtió en Jack Sparrow llegados los 2000, pero James Cameron insistió en la superproducción pasada por agua con Titanic para un taquillazo histórico, y hasta Harlin pudo sobreponerse. Su Deep Blue Sea de 1999 es la película que conviene recordar hoy que estrena En mar abierto y apunta a ser un regreso a casa —volvemos a hablar de tiburones— aparentemente imposible. Por todo lo que ha cambiado. En Hollywood, y en la carrera de un director que ya no puede aspirar a los presupuestos de otros tiempos.
El azul y profundo mar
Sería el entusiasmo, y en absoluto algo parecido a las ínfulas autorales, lo que ha acostumbrado a guiar la carrera de Harlin. El cine de acción es lo suyo y es donde tras triunfar con la cuarta entrega de Pesadilla en Elm Street a finales de los 80 corrió a asentarse con considerable pericia. Abusando un poco de la cámara lenta y las explosiones alargadas (seguramente por una cuestión de modas), pero inspirando la suficiente confianza en los productores como para que le dejaran hacer Deep Blue Sea tras la debacle de La isla de las cabezas cortadas —causa de la bancarrota de una productora, Carolco, que durante años había arrasado con películas de Arnold Schwarzenegger o el citado Stallone— y su mediático divorcio con Geena Davis. Justamente, protagonista de dicho filme.
El caso es que Harlin pudo estrenar Deep Blue Sea en el marco de un año, 1999, que marcaría cambios drásticos en la relación del blockbuster con la tecnología digital. Entre La momia, Matrix y Star Wars: La amenaza fantasma, los efectos visuales empezaban a abandonar la fisicidad en pos de las oportunidades incalculables que ofrecía un CGI democratizado, al alcance de cada vez más directores fuera del binomio Spielberg/Cameron. Deep Blue Sea destaca entre estas producciones no solo por su desigual gestión de la tecnología —garante de unos tiburones que a veces son convincentes y otras, la mayoría, todo lo contrario—, sino por su actitud arrogante. Entraba en los cálculos de Harlin que este CGI no convenciera, que resultara cutre. Porque de esta forma se entregaba a los brazos de algo tan básico en el cine de bajo presupuesto como es la complicidad.
Deep Blue Sea era una película de acción claustrofóbica en la senda de la misma Jungla de cristal de la que Harlin había firmado una secuela en 1990 —ahí un aeropuerto, en Deep Blue Sea un laboratorio submarino—, al tiempo que un slasher (splasher, que lo llamaría el crítico Álvaro Peña) donde las cuchilladas eran sustituidas por los mordiscos de los escualos. Mordiscos veloces y desbordantes de humor negro, que junto a las malas interpretaciones y el irregular CGI apuntalaba una estética muy provechosa para la sucesiva consolidación del cine de tiburones. Deep Blue Sea es primordial, en conclusión, para entender cómo el legado de Spielberg ha derivado en todo tipo de producciones genéricas destinadas invariablemente al mercado doméstico o la cartelera veraniega.
O al streaming, claro. La desvergüenza y el oportunismo maridan bien con el funcionamiento de las plataformas, así que hace un par de años En las profundidades del Sena tuvo mucho éxito en Netflix. Mientras que este mismo 2026 ya llevamos dos películas de streaming interesadas en tiburones: La boca del diablo en Amazon y Embestida nuevamente en Netflix, donde se coquetea con el cine de catástrofes al situar a los impertinentes animales en los despojos de un huracán. Esta estrategia de hibridación conecta finalmente con En mar abierto, pues aquí los tiburones solo aparecen cuando un avión se estrella en el Pacífico, y los supervivientes han de esquivarlos hasta que los rescaten.
¿Cómo ha llegado Harlin aquí, entretanto? Pues de una forma bastante enrevesada. Harlin no pudo retener los grandes presupuestos con el cambio de milenio y su firma fue perdiendo cada vez más significado, amontonando películas de acción muy mediocres que anticiparon, llegado 2015, su sorpresiva mudanza a China. Anticipándose a una comprensión más amplia de cómo Hollywood (y en general EEUU) podía ir perdiendo aplomo frente a los progresos del gigante asiático, Harlin dirigió unas cuantas películas en este territorio, una de ellas con Jackie Chan. Pero no se quedó ahí mucho tiempo. Hoy por hoy, el director de En mar abierto es un nómada.
Reencontrarse con uno mismo entre tiburones
Desde que tomó distancia de Hollywood Harlin ha dirigido superproducciones chinas, una comedia en su Finlandia natal y, en un regreso más bien extravagante que inauguró un discreto film de acción con Pierce Brosnan (Ladrones de élite), tres películas de Strangers. Esta última jugada ha pasado por dirigir simultáneamente una trilogía de secuelas para la susodicha saga de terror —fundamentalmente con capital de Eslovaquia, aunque nutriéndose también de ventajas fiscales entre Canadá y Bizkaia— que culminó el pasado abril, antecediendo el estreno de En mar abierto.
Frente a todo este curioso deambular, En mar abierto reclama para sí una imagen más determinante, por mover el recuerdo de Deep Blue Sea —una de tantas películas despachadas con condescendencia en los 90 que hoy exigen reivindicación urgente— y sobre todo por el inesperado aplomo con el que ha sido puesta en pie. Pudiendo ejercer de derivación nostálgica del film que protagonizaron Saffron Burrows y Thomas Jane hace 17 años, En mar abierto opta por trabajar una identidad propia, que finalmente solo coincide con Deep Blue Sea en cuanto a la visualización de los tiburones —en deferencia al subgénero que el mismo Harlin apuntaló, convenientemente desaliñada— y la bienvenida energía del director, acercándose en ella a sus grandes hits noventeros.
Harlin nunca ha sido un realizador brillante, pero sí un artesano que podía alcanzar momentos verdaderamente eléctricos —sobre todo entre Máximo riesgo, quizá su película más pulida, y Deep Blue Sea con su ritmo implacable— gracias a la precisión y el esmero de todo buen artesano. Es en esta línea lo que más sorprende de En mar abierto: su sólida planificación, preocupada ante todo porque la geografía de cada secuencia quede meridianamente clara y partiendo de ahí pueda fluir en toda su contundencia el suspense o la brutalidad. La secuencia del accidente de avión, por ejemplo, no tiene mucho que envidiarle al Bayona de La sociedad de la nieve, y una vez los personajes son rodeados por tiburones la cámara salta ágilmente entre cada subtrama sin que nada resulte confuso, guiando al espectador con total seguridad en un paisaje apocalíptico.
El tratamiento del espacio vuelve a ser, como lo fue en los 90, el punto fuerte de Harlin, y una inyección de dignidad para En mar abierto cuando, además de los proverbiales tiburones, le rodean tantas películas parecidas extremadamente disfuncionales y sin interés alguno por el planteamiento escénico. En mar abierto puede ser sin mucha discusión la mejor película de tiburones de los últimos años, aunque más por el penoso nivel general que por unos valores realmente categóricos.
Que los hay, sin duda, pero muchas veces quedan deslucidos por una escritura de personajes demasiado esquemática —donde podría destacar, sin embargo, la entrega de Aaron Eckhart frente a la dejadez de un Ben Kingsley en eterna espera del cheque—, alineada letalmente con ramalazos de cursilería. Sin que falte humor negro en la orquestación de muertes, En mar abierto siente la necesidad de que nos importen algunos de sus supervivientes, y para ello ha de subrayar con música y diálogos lacrimógenos diversos vínculos o traumas ingentemente ridículos.
Por suerte, esta ridiculez esencial no llega a desinflar los propósitos de una película tan honesta como En mar abierto —incluso puede intensificar, desde otros lugares, su voluntad dicharachera de artefacto para disfrutar en un próximo cine de verano—, ni a rebajar la saludable felicidad que la imbuye. La propia de un artesano que, simplemente, ha recuperado el entusiasmo.