‘Prácticamente magia 2', un embarazoso intento de rentabilizar un fenómeno generacional de los años 90
Es sumamente complicado entender por qué una película funciona, así que a veces es socorrido tirar de apuntes sociológicos. Estudiar tendencias, atender a éxitos pasados y futuros, prefigurar en resumen un zeitgeist (un “espíritu del tiempo”) y concluir que el que una obra funcione o no ha de deberse siempre a él. Pero a veces no basta. No basta cuando la película que nos ocupa ni tiene buenas críticas ni triunfa en taquilla. Prácticamente magia fue, en octubre de 1998, un simple y llano fracaso. En el marco de una temporada que incluye fenómenos como Armageddon, Salvar al soldado Ryan o Mulan no hay lugar para Prácticamente magia. Simplemente, no funcionó.
Ocurre, por otra parte, que Prácticamente magia se estrenó el mismo mes que Warner, el estudio involucrado, estrenaba en televisión una serie de esquema similar, Embrujadas. Nos topábamos de nuevo con jóvenes y atractivas actrices, encarnando al igual que Nicole Kidman y Sandra Bullock a hermanas brujas. Así que, ups, algo de zeitgeist debía haber después de todo. En años inmediatamente anteriores, además, habían desfilado por las pantallas obras como El retorno de las brujas, Jóvenes y brujas o Sabrina, cosas de brujas. La cultura popular de los 90, no cabe otra conclusión, estaba interesada en las brujas. Y eso por no hablar de todo lo que supuso la publicación de Harry Potter y la piedra filosofal en 1997. Brujas y magos corrían a definir la época.
Quizá por eso salió adelante Prácticamente magia, a fin de cuentas. Hollywood se interesó por una novela de Alice Hoffman que parecía hacerse eco de esta pasión brujeril, y el que la película saliera mejor o peor —el consenso crítico fue que el guion no tenía ni pies ni cabeza y que el director Griffin Dunne no había sabido darle un tono coherente— era lo de menos. Una fracción de público sin voz ni voto en el discurso cultural —bien porque fuera muy pequeño para contabilizar entradas de cine, bien porque simplemente estuviera copado por niñas— iba a hacer suya Prácticamente magia. La película retendría un potente aliento generacional y, con el tiempo, irían llegando las reivindicaciones. Así funciona el ciclo. A Prácticamente magia le tocó entre 2017 y 2018.
El motivo es tan sencillo como que el público entusiasta que en los 90 apenas era adolescente había alcanzado firmas públicas —con espectadoras además muy afines a las creaciones de Hoffman, que en 2006 había dado pie a otro título de culto, Aquamarine— y, además, podía releer Prácticamente magia según los rigores de la actualidad. Buena parte del filme la centraba la violencia machista y la alianza de las hermanas Owens para librarse de un novio maltratador (luego un fantasma igualmente peligroso). Así que, ¿no venía a cuento reivindicarla dentro del marco del MeToo, en paralelo a tantas películas desechadas originalmente en base a su público feminizado? Es el trato que acabó experimentando Prácticamente magia y que ha fundamentado una secuela tardía… tal y como ha ocurrido con todas las ficciones de brujas que le precedieron en los 90.
El nuevo retorno de las brujas
Los cómics de Sabrina la bruja adolescente volvieron a la pequeña pantalla con Las escalofriantes aventuras de Sabrina a tiempo para el Halloween de 2018. Poco después, entre 2020 y 2022, aparecieron tanto un reboot de Jóvenes y brujas como El retorno de las brujas 2. Y ahora se estrena Prácticamente magia 2, curiosamente en vísperas de que los libros de Harry Potter que habían nacido cerca del filme original vuelvan a ser adaptados de cabo a rabo, con una superproducción de HBO que se estrena estas Navidades. El revival es real. Magos y brujas noventeros vuelven encaramados al culto que han ido cosechando con el paso de los años, emborronando el recuerdo de que la taquilla fue originalmente mejorable, y sobredimensionando el clima afectivo.
Esto de la sobredimensión es clave. Hollywood, ansioso por revitalizar éxitos pretéritos con los que disimular su sequía creativa, a veces confunde el culto con la propiedad intelectual lucrativa, para partiendo de ahí fracasar a lo grande. Lo ocurrido con TRON brilla con luz propia porque Disney ha acometido hasta dos “secuelas nostálgicas” según el recuerdo parcialmente ficticio de que la original le interesa a un público masivo, y tanto TRON: Legacy como la más reciente TRON: Ares se hundieron. Pero ni siquiera tenemos que acudir a franquicias ajenas. Quedándonos con las brujas —y dejando Harry Potter al margen, pues en detrimento de nuestra dignidad como seres humanos es muy posible que la nueva serie arrase—, este continuo malentendido también es evidente.
La nueva entrega de Jóvenes y brujas fue un fracaso total. Y, por mucho que las redes sociales pidieran una secuela de El retorno de las brujas, la película correspondiente no ha tenido el menor impacto. Es posible que muchos ni se hayan enterado de que El retorno de las brujas 2 se estrenó en Disney+ —ahí sigue, tristona, en su catálogo—, y continúen insistiendo en un hipotético retorno de las hermanas Sanderson. Porque así de caprichosos son los flujos del culto generacional, así de ambiguas o arbitrarias son las recompensas que puede ofrecerle al Hollywood más desesperado.
Se trata de una coyuntura ciertamente inestable, y ha de serlo todavía más si lidiamos con una secuela de Prácticamente magia. Porque en fin, si nadie estaba muy seguro de lo que estaba haciendo en la película original —de ahí esa anarquía que la crítica le afeó en su momento—, mucho menos va a estarlo en Prácticamente magia 2. Una secuela levantada sobre cimientos porosos, eminentemente líquidos, que hay que asegurar con todo lo que se tenga a mano. Por ejemplo recurriendo de nuevo a Hoffman, habiendo publicado una secuela en 2020 (The Book of Magic) que serviría de fuente testimonial para la nueva película.
Más importante que esto, claro, es asegurarse la reaparición de las actrices. Nicole Kidman y Sandra Bullock vuelven junto a sus tías (Stockard Channing y Dianne Wiest), al tiempo que junto a Bullock vemos otra maniobra de control de daños: quien dirige en lugar de Dunne es la danesa Susanne Bier, cineasta que se apartó hace tiempo del ecosistema de autor europeo para ser una mercenaria del mainstream y darle a Netflix su primer gran hito de audiencia en cuanto a largometrajes. A ciegas (2018) justo estaba protagonizada por Bullock, y traza con Prácticamente magia 2 una continuidad estética muy concreta. La del producto de streaming. Correcto, olvidable y de usar y tirar.
La maldición de las Owens
A priori es lo único que puede llamar la atención de una propuesta tan lastimosa como Prácticamente magia 2: al contrario que pasaba en la primera película, aquí hay un control escrupuloso del tono y la forma en que la trama se comunica con nosotros. No hay nada parecido a giros bruscos o frívolos, estilo cuando las Owens decidían que había llegado la “hora de los margaritas” a pocos minutos de asesinar a un hombre. En su lugar la secuela se preocupa de que no haya disonancias, continuando la historia de forma lógica, coherente y, sí, eminentemente aburrida.
Los problemas de esta familia de brujas pasan por una maldición centenaria según la cual todo hombre que una Owens ame, terminará muriendo. Es con lo que lidiaban de forma aparatosa Sally (Bullock) y Gilly (Kidman) en el filme de 1998, y con lo que lidia ahora la hija de Sally (Joey King, llegada de Mi primer beso). Kylie también tiene una hermana, encarnada por la Maisie Williams de Juego de tronos, pero el guion no sabe qué hacer con esta (forzándola a acometer una interpretación de lo más desubicada) y prefiere centrarse en el drama de la primera, que ha de presenciar cómo su novio (Xolo Maridueña, llegado de la Blue Beetle de DC para intensificar con su recuerdo el aire trasnochado de la función) está a punto de sucumbir a la maldición familiar.
Prácticamente magia 2 se ocupa de los intentos de las Owens para deshacer dicha maldición, lo que les llevará a un viaje a Inglaterra y a conocer a un seductor mago (Lee Pace, Fundación) con el que la reprimida Sally bien podría rehacer su vida. La aventura de las hermanas no tiene más piezas que mover, y solo precisa que Kidman intente retratar a Gilly con el mismo atolondramiento y jovialidad que en el 98 —permitiendo esta intérprete de 59 años que afloren los instantes más bochornosos de la película—, mientras el empeño de aclimatar el tono pasa por hacerlo todo soso y rígido, y los toques de comedia solo transmitan estupor y vergüenza ajena.
Ni que decir tiene, la película está espantosamente escrita y realizada, y lo peor de todo es que se percibe algo de autoconciencia de ello. Solo las actrices protagonistas parecen de vez en cuando genuinamente contentas de haberse reencontrado, mientras que todos los departamentos que la rodean lidian al unísono con una empresa que saben condenada al fracaso.
Prácticamente magia 2 intenta construir sobre lo que no fue sino un accidente feliz —algo tan esotérico como el encanto, algo tan irrepetible como el zeitgeist— y los únicos ladrillos de los que dispone para ello son el aplanamiento estético. O los guiños nostálgicos, que por supuesto se amontonan sin mesura en tanto a decisiones musicales —el Coconut de Nilsson— y secuencias tan delirantes como todo lo que supone el final, que ansía traer de vuelta la juerga eufórica de los 90 para en su lugar reconfigurarse como un after demacrado. Una cosa tan moribunda y deprimente que, de forma similar a lo conseguido este año por El diablo viste de Prada 2, llega a pugnar por que las discretas obras originales dejen de resultar simpáticas siquiera.