Cuando se habla de la biografía de Shakespeare y su vida íntima, los investigadores y escritores se dan de bruces contra un muro. Hay muy poca información fidedigna. No se sabe casi nada de quién fue aquel; quizá el más famoso entre todos los poetas y dramaturgos del mundo. Tan poco sabemos sobre el genio inglés que elucubramos constantemente. Una de las hipótesis más comunes, que cada tanto sale a la luz, sostiene que quizá no fue él quien escribiera sus obras. Unos afirman que nunca existió, otros dicen que William, en realidad, fueron varias personas. Otros, que era católico y no protestante en una Inglaterra en la que el catolicismo se practicaba en secreto y era perseguido.
Si de Shakespeare se duda, incluso, de si se tiene un retrato real (los que se le atribuyen son sujeto de debate porque no existen pruebas definitivas de que sea él, aunque en algunos hay consenso de que sí podría ser), de su mujer y sus tres hijos se sabe aún menos. Pero, ¿y si Shakespeare hubiera dejado alguna pista? ¿Y si hubiera puesto al lector frente al espejo del evento que cambió su vida? William Shakespeare prestó a la más famosa de sus obras el nombre de un hijo muerto.
Escribe la autora bestseller Maggie O’Farrell (Coleraine, Irlanda del Norte, 1972) que, en la década de 1580, una pareja que vivía en Henley Street (Stratford) tuvo tres hijos: Susanna y Hamnet y Judith, que eran gemelos. Hamnet, el niño, murió en el verano de 1596 a los once años. Cuatro años más tarde, su padre escribió una obra de teatro titulada Hamnet.
Hamnet, Hamlet, dos nombres que son el mismo. Apenas varía una letra y hoy se sabe que la ortografía era un tanto inestable en el siglo XVI. Lo saben los estudiosos —son dos formas perfectamente intercambiables de un mismo nombre, según consta en los anales de Stratford de finales del siglo XVI y principios del XVII— y lo sabe O’Farrell, autora de Hamnet (2020; Libros del Asteroide, 2021), que juega con ello en una novela en la que fabula sobre la vida y la muerte del infante que, muy posiblemente, fuera el origen de la teatral Hamlet. Una novela en la que la irlandesa se olvida del genio, al que despoja hasta del nombre, y se centra en los personajes que quedaron al margen. Dos niños gemelos, una niña mayor y una mujer sobre la que, hasta hoy, no se había contado gran cosa. La mujer de. Anne Hathaway, a la que O’Farrell decide llamar Agnes porque así es como su padre, Richard Hathaway, la llamó en su testamento.
O’Farrell se alzó ganadora del Women’s Prize for Fiction en 2020 (uno de los galardones literarios más prestigiosos para obras escritas por mujeres) con la novela con la que indaga sobre los retazos biográficos que, quizá, William Shakespeare ocultó a la vista del gran público. Un libro en el que la irlandesa rebusca y fabula sobre la verdadera identidad de Agnes y el rol que tuvo en la vida del autor, cuál era la posición de las mujeres en la sociedad de la época, la devastación que dejan tras de sí las epidemias y, sobre todo, el vacío que le sigue a la pérdida de un hijo.
Publicado, precisamente, en plena pandemia, Hamnet no ha dejado de cosechar éxitos y lectores en Occidente. Nombrado como libro del año, también en 2020, por Waterstones (el equivalente británico a la Casa del Libro) ha vendido 200.000 ejemplares solo en España (cosechando también primeros puestos en las listas de libros del año tras su publicación) y, ahora, llega a la gran pantalla de la mano de la cineasta Chloé Zao, que se llevó el Oscar a la mejor dirección y película en 2020 por Nomadland. Además, ocupa un lugar preponderante en las quinielas de 2026 tras cosechar varios galardones en la 70ª Seminci (Semana Internacional de Cine de Valladolid), el TIFF 2025 y los Globos de Oro 2026.
Un éxito cocinado a fuego lento
La gran pregunta a la que atiende este reportaje es qué hace que una historia familiar del siglo XVI haya recibido semejante acogida en los lectores del siglo XXI. ‘El marketing’ es una de las primeras respuestas que da Luis Solano, editor de Libros del Asteroide, a elDiario.es. “En España fue clave el hecho de ser escogido ‘el libro del año’ en los principales suplementos literarios”, explica Solano para señalar que, para cuando llegó, ya se había convertido en un éxito en Reino Unido y Estados Unidos. “Vimos que era un fenómeno que se había replicado en varios países. Nosotros habíamos publicado ya tres libros de la autora, pero con esta novela dio un gran salto tanto para la crítica como para un público más amplio”, continúa el editor.
Para Solano, además, a pesar de que la trama esté ambientada en el siglo XVI, cuenta una historia desde una perspectiva actual, moderna. “Trata temas universales como la enfermedad y la muerte desde lo íntimo y pone en el centro a una figura femenina fuerte e independiente”, argumenta. Es algo en lo que coincide Concha Cardeñoso, traductora de O’Farrell: “Hamnet es una historia muy interesante contada y dosificada con la perfección de una escritora consumada, inteligente, experta y capaz de comunicar sin alardes, con sencillez, sentimientos y estados de ánimo difíciles de describir”. Insiste, también, en que el gran hallazgo de la obra es que, emocionalmente, no hay grandes diferencias con la actualidad.
Ese hombre ausente que carece de nombre, aunque el lector sepa perfectamente quién es, y el papel protagónico de una mujer que, históricamente, ha sido abandonada en una esquina, es lo que ha cosechado las loas de la crítica, como la de Rafael Narbona, escritor, crítico literario y profesor de filosofía. “Ha sido muy importante el hecho de que la novela esté escrita desde el punto de vista de ella. Una mujer que tenía fama de hechicera y de la que apenas se ha registrado nada más allá de que era la mujer de Shakespeare, que era mayor que él y que no se entendía con él. Una mujer relegada a un pie de página y sobre la que se dijeron pocas cosas y, en su mayoría, peyorativas”, apunta Narbona, que señala que esta perspectiva feminista también ha contribuido al éxito de la obra al acercarse de una manera “tan original y novedosa” a la vida de Shakespeare.
A la sombra del mito
La propia O’Farrell ha señalado en diversas entrevistas en medios que la elección de ponerla a ella en el centro del relato vino de la curiosidad, sí, pero también de las descripciones y calificaciones que encontró de Agnes en publicaciones académicas a lo largo del tiempo. “Se la describía de una manera muy misógina y se decía que era una mujer fea cuando no nos han llegado retratos de ella y, por los pocos datos biográficos que hay, parece que fue más bien todo lo contrario”, comentaba la autora en el podcast Not Just The Tudors.
“Hay que tener en cuenta que Agnes venía de una familia acomodada para la época, mientras que la de él estaba endeudada hasta las cejas y, sobre todo, es importante recalcar que, cuando se conocieron, él aún no era un poeta, no era nadie. El matrimonio resultaba ventajoso para él, no para ella, pero estoy segura de que ella vio algo en él, de que ella supo encender la chispa que después sería el Shakespeare que conocemos”, explicaba la irlandesa en conversación con Suzannah Lipscomb, la directora del programa.
“El personaje de Agnes es fundamental, pues vivimos la pérdida del hijo, de la madre y del marido a través de ella con la fuerza y la viveza de la mujer excepcional que es”, insiste, por su parte, Cardeñoso, quien señala que el tema de la familia y los hijos es una constante en toda la obra de la irlandesa. “Los toca con una fuerza y una profundidad que no puede dejar indiferente a nadie, sobre todo las mujeres”, explica. Narbona, por su lado, apunta que “es una novela que, además de poner el foco en un tema que está hoy a la orden del día, como es el de las mujeres olvidadas, está tan bien escrita, concebida y estructurada que no es de extrañar que se haya convertido en un superventas”.
Literatura y duelo
“Cualquier persona sabe estar con el dolor de otra persona”. Son palabras de Mar Cortina, psicóloga especializada en duelo, en concreto en niños y muerte, y autora junto a Agustín de la Herrán de tres ensayos: La muerte y su didáctica, Pedagogía de la muerte a través al cine y Educar y vivir teniendo en cuenta la muerte. “Sabemos acompañar, estar ahí, de manera natural. Está en nuestros genes. Es solo que durante muchos años, culturalmente, hemos barnizado el tema con una pátina de especialización, de tener que seguir determinados rituales, como si hubiera una sola forma correcta de afrontar la pérdida”, explica Cortina en conversación con este periódico para señalar que, muchas veces, los dolientes no se tienen que afrontar únicamente a la pérdida, sino a la expectativa socioeconómica que se posa sobra ellos.
Cortina, que también es lectora de Hamnet, opina que tanta gente ha entrado en la historia por la forma “bella y directa” de mirar al dejar de existir de repente, cuando “no tocaba”. “Esa idea del morirse antes de tiempo es un constructo. Puede ocurrir de repente, en cualquier momento, y hay que ser conscientes de ello”, continúa para recordar una anécdota, la de su madre diciéndole en las tardes de infancia que dejaran las camas hechas antes de salir de casa, por si pasaba cualquier cosa. “Eso es tener conciencia de tu mortalidad, como también la tenían las abuelas que se despedían con un ‘hasta mañana, si Dios quiere'”, ejemplifica Cortina. Y conciencia de mortalidad es también lo que despierta Hamnet en sus lectores.
“Al leer o acercarnos a las historias de duelo ajenas enseguida conectamos con los propios. Es una reacción muy humana y normal mirar hacia dentro y ver lo que te conecta o te aleja de la tragedia ajena”, continúa Cortina, quien leyendo Hamnet volvió a la pérdida de su sobrina de 5 años, por leucemia, hace ya una década. “Ver otras perspectivas, otras experiencias, ya sea en forma de ficción o testimonio, nos ayuda muchísimo porque conectamos con lo que les ocurre a los demás”, continúa la psicóloga, quien insiste en que duelos hay tantos como personas. “Los niños lo viven de frente, de manera natural. Somos los adultos los que con el tiempo le ponemos capas y capas y acabamos actuando, a veces, como su tuviéramos la vida comprada”, zanja la psicóloga, que quedó deslumbrada por el relato de una O’Farrell que mira a la vida como se mira a la muerte.