Entrevista

Elvira Navarro: “Somos la herencia aunque esté revestida de otros ropajes”

Carmen López

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Adriana siente que es demasiado mayor para adoptar el adjetivo 'huérfana' cuando muere su madre. Ya ha superado la treintena y considera que ese término es válido en la infancia o en una novela de Charles Dickens, no para ella. Pero cuando su padre sufre un ictus un año después, toma conciencia de la posibilidad de quedarse sola de verdad, sin una generación anterior de familiares de primer grado y, de paso, de su propia mortalidad.

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Esos son los pensamientos que bullen en la cabeza de la protagonista cuando empieza Las voces de Adriana (Random House, 2023), el último trabajo de Elvira Navarro. La escritora regresa a la novela después del libro de relatos La isla de los conejos (Random House, 2019), nominado al National Book Award de literatura extranjera 2021, con una historia dividida en tres partes de estilos diferenciados e intensidad progresiva.

Su nueva obra no se centra en un solo tema, aunque todos están relacionados. La familia, las pérdidas, las herencias simbólicas, la memoria, las relaciones personales o los conflictos internos forman parte del universo emocional de cualquier persona y Navarro se ha valido del suyo para desarrollar esta historia. No se trata de una novela autobiográfica exactamente porque parte de una experiencia personal para dar paso a la ficción. Es una cuestión que deja clara casi antes de que empiece esta entrevista. No es la primera que da en las últimas semanas –ahora, las giras de promoción de los autores son casi como las de los músicos– y la pregunta se ha convertido en una de las más habituales desde el discutido y cuestionado boom de la literatura del yo.

¿Cómo nace la novela? ¿Qué le llevó a escribirla?

Nace de un proceso de mi propio duelo a raíz de la muerte de mi madre. Pero aunque tiene una base autobiográfica, no lo es exactamente, hay un paso hacia la ficción. Yo siempre necesito un tiempo desde que vivo algo hasta que ese algo se acomoda en la memoria y puedo empezar a trabajar con ese material.

Está dividida en tres partes –El padre, la casa, las voces– que casi podrían ser un relato en sí mismos aunque compartan personajes. ¿Tenía decidida esta estructura o se configuró a medida que iba escribiendo?

Fue un poco las dos cosas. Digamos que cada parte corresponde a una herencia distinta y quería que hubiera una coherencia estilística con cada una. La primera es la del padre, que es la más ligera porque es el personaje más luminoso y optimista ya que ante la posibilidad de su muerte, hace una doble apuesta por la vida. La segunda es la de la casa de la abuela materna de Adriana, que es una narración sobre un espacio y pedía otros recursos. La tercera parte, cuando Adriana recrea las voces de la madre y la abuela, es la más emocional y eso también requería otro estilo. Digamos que mi obsesión era hacer bien los tránsitos. Estructuralmente yo pensaba siempre el libro como si fuera una escalera hacia abajo: empezamos desde el presente y vamos hacia el pasado.

La familia es uno de los grandes temas de la novela. ¿Es imposible dejar atrás las herencias simbólicas que nos deja?

Yo creo que es bastante difícil porque los años cruciales en los que nos conformamos como individuos son muchos y estamos en ella. La infancia y la adolescencia son muy largas e incluso creo que esa formación se prolonga hasta la primera juventud. Nuestro ambiente emocional, la cosmovisión, la ideología, la educación, todo está ahí. Incluso aunque te propongas dejarlo atrás, esa negación de la herencia ya es una afirmación. Obviamente, no es que seamos solamente eso, porque también te formas con el presente, con las personas que conoces, con tu época. Pero sí que hay mucho de repetición aunque esté revestida de otros ropajes.

Dice que la novela nació de un proceso de duelo personal. ¿Escribir sobre ello le sirvió de ayuda para superarlo?

Sí me ha servido porque para mí la escritura es, en primer lugar, una exploración de lo que me está sucediendo. Escribía y veía que estaba iniciando muchas vías. Al final se ha concretado en este libro, pero tenía más material. Cuando alguien está presente no te lo planteas mucho porque está ahí. Pero cuando desaparece, sobre todo cuando se trata de personas queridas, hay un impulso de retener y la única manera de hacerlo es la memoria.

Cuando una persona desaparece, sobre todo cuando se trata de alguien querido, hay un impulso de retener y la única manera de hacerlo es la memoria

¿Pensó en el público a la hora de escribir sobre esto? ¿Se planteó que pudiese ayudar a algún lector con su propio proceso de duelo?

Mientras escribo no suelo pensar en el público, porque es como un ente abstracto y hay muchos tipos. Además, para mí escribir es un ejercicio de mirar hacia adentro, sobre todo en un libro de este tipo. Pero sí que es cierto que el feedback que estoy recibiendo es muy personal, más que con cualquier otro libro. Se me está acercando gente a hablarme de sus duelos, sí.

La segunda parte está dedicada a la casa de la abuela de Adriana. Más que como escenario, la vivienda opera como un personaje y la protagonista siente su pérdida como la de un familiar más.

La madre deja a Adriana en esa casa cuando todavía tiene seis meses y la casa sustituye al cuerpo de su madre. Yo quería hacer una traslación de ese cuerpo que te abraza al propio espacio. Creo que esto se da cuando has pasado mucho tiempo en una misma casa, el factor tiempo es fundamental para establecer el vínculo y en el caso de Adriana es así.

Cuando estaba escribiendo esta parte, me venía a la mente todo el tiempo el Ensayo sobre el Lugar Silencioso de Peter Handke, donde el protagonista es el espacio y el lugar silencioso son los váteres. El libro es un ensayo casi fenomenológico de lo que es el espacio y lo tenía como referencia, porque tenía que hacer como si la casa estuviese viva, impregnar las habitaciones y las paredes de las vivencias de Adriana.

En el género fantástico o de terror, la casa es un escenario muy habitual y la parte más inquietante de su novela transcurre precisamente en el capítulo dedicado a este espacio. ¿Lo hizo a propósito?

Sí, porque la casa se prestaba a ello por ser muy grande. La típica de pueblo con algunas habitaciones que no tienen ventanas, en la que después de una habitación viene otra y está llena de espacios recónditos. El propio espacio, aunque yo no me lo hubiera propuesto, nos lleva de cabeza a pensar en una película de miedo.

Por otro lado, yo era consciente de que, aunque coquetea un poco con la figura del fantasma, es una novela realista. Pero sí pensaba en el concepto de impregnaciones que utiliza la parapsicología: algo que ha pasado repetidamente en un lugar luego se queda como impregnado en el espacio, así que en ese sentido sí que tiene un poquito de conexión con los fantasmas.

Después de quedarse viudo, el padre acude a las webs de citas para conocer a mujeres y la propia Adriana utiliza la aplicación de contactos Tinder. ¿Ha cambiado la forma en la que nos relacionamos de manera irreversible?

Todavía tiene que pasar más tiempo pero, a priori, diría que sí. Por un lado, hay mucha más facilidad para conocer gente. Básicamente se usan para eso, lo que pasa es que el primer acercamiento es como si entraras en una tienda a ver productos, pedazos de carne. Al mismo tiempo, están muy bien para la gente que está sola. El padre de Adriana ya no va de bares ni va a ampliar su círculo. Como todo, depende de cómo se utilice porque al estar expuestos como productos, inevitablemente se banaliza a las personas.

Adriana está aburridísima trabajando en su tesis y cada poco abre las redes sociales, que también se le acaban haciendo aburridas ¿Hemos perdido la capacidad de concentración?

Sí, incluso aquello con lo que nos distraemos es aburrido. Pero siempre pienso que esto en realidad ya pasaba. Tengo mi propio recuerdo de niña, que haciendo los deberes me distraía con todo lo que había en la casa. Creo que lo único que ha cambiado es la facilidad que hay para la distracción. Antes tenías que buscar con qué distraerte y ahora ya casi no hay tiempos muertos porque coges el móvil, abres una red social y ya lo tienes. Se convierte casi en un tic.

En la última parte hablan solo la abuela, la madre y Adriana ¿Por qué son solo las mujeres de la familia? ¿Por qué no los hombres?

Porque ella tiene tres personas determinantes en su vida: el padre, que todavía está vivo y no tiene sitio en esa parte; la madre y la abuela. El resto de hombres, como su abuelo, no tienen tanto peso para ella así que no es necesaria su voz.

Yo escribí esta parte a partir de ver una película de Carlos Saura que se llama Cría Cuervos, en la que hay un momento en la que la madre habla con la voz de la niña y viceversa. Me pareció muy bonito, porque es como poner luz en la enorme trasmisión que hay de una a otra. Así que la idea es que la voz de esas mujeres funcionan casi como un coro, en cierto punto parece que no se diferencian entre ellas.

La abuela y la madre expresan que ellas no utilizarían las palabras con las que se supone que están relatando su historia o que contarían ciertas cosas. ¿Es una manera de decir que modelamos nuestros recuerdos a nuestro antojo?

Absolutamente. Cuando alguien desaparece, tú ya no puedes recurrir a ese alguien para que te aclare si las cosas fueron así o para que te vuelva a contar su propia historia. Lo que nos han contado queda en nuestra memoria y a veces lo transformamos sin querer. Adriana es muy consciente de que tanto la madre como su abuela están hablando a través de ella, de ahí el leitmotiv de estas no son mis palabras, desconozco este lenguaje, etcétera. Yo quería que el lector entendiese que esas voces son recreadas y que incluso esas memorias también pueden serlo.

La familia de Adriana pertenece al bando ganador de la Guerra Civil. ¿Por qué? No es algo del todo común en la narrativa española.

Sobre todo porque tiene una base autobiográfica. La historia del fusilamiento de los dos hermanos viene directamente de mi propia familia y siempre se ha contado como una venganza. Claramente, en la historia de una guerra están los ganadores y los vencidos y en términos históricos los vencidos son las víctimas, porque además luego hay una dictadura larguísima en la que se les reprime. Pero cuando vamos a las pequeñas historias, en todos los bandos hay verdugos y víctimas. También creo que cuando hay una guerra hay un estado de excepción moral, en el sentido en que cuando tú perteneces a un bando, el otro es el enemigo y hay que aniquilarlo y dejas de ver a ese otro como una persona. Y ahí no hay ningún relato bueno.