Emmanuel Carrère: “Pedro Sánchez, en su resistencia hacia Trump, está siendo realista y eso genera respeto”
Emmanuel Carrère (París, 1957) no cree que haya diferencias entre la literatura y el periodismo. “Para mí son prácticamente lo mismo. Ahora bien, en el periodismo hay dos grandes familias: los que hacen el día a día, los editoriales, etc., y los que hacen reportajes. Yo pertenezco a este segundo grupo. Desconfío completamente de mis opiniones. Lo que hago es ir al terreno, hablar con la gente, escucharles, explorar las ambivalencias, fijarme en los detalles. En las contradicciones de la comedia humana es donde me siento más cómodo”, cuenta el escritor durante una entrevista con un reducido grupo de periodistas en Madrid, donde ha acudido para presentar su nueva novela, Koljós (Editorial Anagrama), que sigue las huellas de su familia materna de origen ruso-georgiano. Un libro que, como todos los suyos, es también un autorretrato y que comienza con el funeral de Estado que le dedica el presidente de la República a su madre, Hélène Carrère d’Encausse, personaje eminente, sovietóloga, historiadora y secretaria perpetua de la Academia Francesa.
Carrère describe con agradecimiento y con ironía el bien informado elogio fúnebre de Emmanuel Macron hacia su madre (“por supuesto se lo han escrito–aclara–, pero el negro tiene buena pluma y es posible que él haya añadido algunos toques personales”). Al escritor gusta espiar los gestos humanos del poder y tras acompañar a Macron en un viaje a los territorios franceses de ultramar en los inicios de su gobierno le apodó como “el hombre que no suda”. El pasado verano, le siguió de nuevo entre bastidores a la cumbre del G7 celebrada en Alberta (Canadá) y durante la entrevista recordaba las situaciones ridículas que se generaban cada mañana en el desayuno de los hombres más poderosos del mundo a causa de las ocurrencias del presidente norteamericano. “Estaban todos pendientes de él, de qué había dicho o hecho ese día y temerosos de cómo los tratarían cuando se encontrasen con él”.
A Carrère, Trump le parece un personaje “sacado de una novela del autor de ciencia ficción Philip K. Dick” y alabó la posición de España respecto a la guerra en Irán por su reacción pragmática en comparación con otros líderes políticos europeos. “El presidente español en su resistencia está siendo realista y eso genera respeto”. Tampoco le concedió mucha credibilidad a sus amenazas comerciales, ya que lo considera “una veleta que hace reset cada mañana y no se acuerda de lo que ha dicho el día anterior. Todo lo contrario a Putin, que no olvida nunca. Es obstinado, tenaz, glacial, paciente, no suelta su presa: por eso los ucranianos lo tienen tan negro”.
Hélène Carrère d’Encausse leía el Pravda todos los días (“como todo el mundo”, dijo una vez en televisión, y se convirtió en una especie de chascarrillo familiar), tuvo una relación muy cercana con Yeltsin y fue una especie de representante de la cultura rusa en Francia y viceversa. Una semana antes de la invasión, declaró en Le Monde que Putin era un hombre “que atiende a razones y jamás se embarcaría en acciones irreflexivas que entorpecieran su relación con Europa”. Emmanuel recuerda el momento de vergüenza y descrédito que significó para ella haberse equivocado: “Mi madre quería confiar en que Rusia iba hacia la democracia y hacia nuestros valores. Y se equivocó. Yo creo que Rusia no va hacia un destino europeo, que tiene un desprecio hacia Europa, a la que ve como su enemiga. Y creo que Putin está muy contento de que Trump tenga la misma manera de ver las cosas”.
En Koljós (traducción de Juan de Sola), donde diserta de lo personal a lo universal y de la historia familiar a la Historia en mayúsculas, Emmanuel Carrère es incluso más duro en su análisis: “Nos hemos engañado al creer que el putinismo era simplemente un régimen mafioso, movido por esa fuerza en resumidas cuentas tranquilizadora que es la codicia. Es algo muy distinto. Lo que busca es crear y mostrar al mundo entero un hombre nuevo, un verdadero ruso dominado por el sentimiento, la violencia, la crasa ignorancia y el malvado orgullo de haber comprendido que la vida es una guerra de todos contra todos”.
Durante la entrevista contó que en un reciente viaje a Ucrania, donde se dedicó a hacer entrevistas a los soldados en los trenes que iban de Kiev al frente, les encontró todavía con coraje pero más agotados que nunca. “Quieren paz, pero no la paz que les espera y se sienten olvidados por el mundo. Algo lógico, porque nuestra capacidad de atención y de compasión es limitada, y hay otros lugares del mundo a los que mirar, como Gaza”.
En el libro menciona la posibilidad de que tras la guerra con Rusia, emerja una guerra civil, “reconozco que es una hipótesis extremadamente pesimista y confío en que no ocurra, pero la sociedad ucraniana está ahora mismo galvanizada por el heroísmo, dividida entre los que han ido a luchar y los que se han marchado del país o han evitado el frente; y cuando la guerra acabe toda esa energía bélica acabará descendiendo a un estrato más social de algún modo”.
Nos hemos engañado al creer que el putinismo era simplemente un régimen mafioso. Es algo muy distinto. Lo que busca es crear y mostrar al mundo entero un hombre nuevo
En Koljós el autor divaga, diserta y ensambla materiales distintos sin abandonar esa voz narrativa fluida, clara y siempre descarnada con la verdad, que te arrastra consigo. “El puente entre el periodismo y la literatura lo acabó haciendo por cómo me afectan personalmente esas historias. He escrito mucho sobre Rusia, Georgia y Ucrania, pero no soy un experto y si lo hago es porque son lugares que resuenan desde lo íntimo en mi propia biografía”.
En El reino, De vidas ajenas, Limonov, Yoga… Carrère nos ha hablado de sus crisis de fe, de su juventud acomplejada, de su dandismo de derechas, del porno que le excita, de cómo sobrevivió al tsunami, de su sexualidad cruda y romántica, de su búsqueda de la bondad, de su abuelo colaboracionista, de sus dos sesiones de psicoanálisis semanales, de su internamiento en un centro psiquiátrico, de sus cenas bobo [bourgeois bohème]. Cenas mundanas de intelectuales, artistas o periodistas, donde escucha y anota.
Esta vez, sin embargo, empieza a tomar notas para su novela en el hospital de paliativos donde su madre ha decidido ir a morir. Ella, dama de implacable amabilidad con la que a lo largo de los años Carrère ha mantenido una tensa relación, sabe que va a convertirse en la protagonista de su nuevo libro, pero esta vez las verdades no van a ser tan crudas y el libro, pese a contener algunas críticas (sobre todo, con el trato que su madre le daba a su padre) es, sobre todo, un regalo.
Lo que podría haberse convertido en un ajuste de cuentas no es más que el homenaje de un buen hijo. Un homenaje también a las contradicciones y las flaquezas de esa mujer imponente, pero al fin y al cabo atravesado por la ternura que media entre tres camas: la materna en la que él sus hermanas cuando eran niños iban a hacer “koljós”, o sea, a acostarse todos juntos; la especie de diván incómodo, espartano, situado en su despacho donde dormía su madre sus últimas décadas, al que cada día le ponía y quitaba las sábanas; y su lecho de muerte. “Todo lo que tenía de problemática nuestra relación esos días desapareció. Entre que nos lo anunció y sucedió pasaron diez días. Afrontó la muerte como alguien que está listo. La manera que tuvo mi madre de morir me pareció admirable, estoica, majestuosa, con grandeza. Diría que me pareció un momento de gran belleza y mientras lo estaba viviendo tuve claro que iba a escribir sobre él”.
Luego el proyecto tomó sus derivadas y cuando poco después su padre también falleció y encontró entre sus papeles la procelosa genealogía de la familia materna archivada en carpetas, una investigación a la que Louis Carrère se había dedicado casi en secreto, obtuvo otra pieza de ese puzzle que acabaría siendo Koljós: un retrato de personajes de la familia a través de cuatro generaciones, donde hay regicidas, rusos blancos exiliados (taxistas ellos, costureras ellas) todos con el desdén aristocrático y a la vez elegante de no quejarse de la pobreza; pero donde sobre todo acaba emergiendo de la sombra (proyectada por la implacable Helène) un padre al que el autor reconoce haber amado “de forma distraída”. “Reconozco que algo que no vi venir –concluye Carrère– es que mi padre acabaría siendo el verdadero protagonista de la novela, que empieza con los fastos públicos del funeral de ella, y acaba con él buscando la intimidad en un bosque. Para mí ese es un momento luminoso”.